Apuntes sobre “Un viaje a la India” de Gonçalo Tavares



Por Gabriel Ábalos
gabrielabalos@gmx.com

“Pero recordemos: Bloom tuvo que partir de París,
/ lo que era peor que terminar un libro / cuando todavía se desea leer mil páginas.” (Canto VI, 3).

Tavares“Un viaje a la India” es un libro que podría duplicar sus páginas, y a la vez un libro al que, comprendida la consigna narrativa, tanto podemos seguir leyendo como cerrarlo, saciados.
Un personaje que a su vez es la sombra de otro personaje llamado igual que él: Bloom, emprende un viaje desde Lisboa y hace algunas estaciones europeas en su camino a la India. Cada página del libro está consagrada a trasladar los pensamientos, las opiniones formuladas y el punto de vista de Bloom, con pocos cambios de la voz principal, cuyo narrador habla como Bloom. El viaje es una aventura textual, lo que no es raro ya que hasta los viajes vividos acaban convertidos en texto. Y en el texto hay pretextos: las alusiones a Camões, a Homero, a Joyce lo son, en cierto modo.
La escritura abierta de Gonçalo Tavares avanza entre una exuberancia de metáforas. El modo en que unas imágenes llevan a un tema, o una palabra a un giro en el discurso, muestra el tipo de inspiración que puede tornarse ilimitada, con su flujo incesante de ideas, figuras, síntesis, sensaciones, definiciones, etc. Su carácter fluvial parece reclamar unas formas, unas medidas, y es lo que Gonçalo Tavares encuentra al volcar su poesía/prosa en el molde de “Os Lusiadas”, obra maestra del poeta portugés del siglo XVI Luís de Camões. El texto canónico de la poesía portuguesa le sirve a Tavares, no sólo como signo tutelar de su propia obra y resonancia nacional, en un mundo de naciones difusas, sino como estructura de la misma, cuyo número de Cantos y versos replica, para narrar una epopeya paralela que se mueve entre los restos de la modernidad.
La inspiración fluvial de Tavares, con sus volutas que giran en torno a la vida y a los valores actuales de la sociedad, a los elementos, a los acontecimientos, a los gestos, al hombre posmoderno que podría emprender su búsqueda espiritual estimulado hasta por la televisión, pacta con la forma de ”Os Lusiadas”. El pacto funciona como ansiolítico creativo para el autor de “Un viaje a la India”, e incluso por momentos puede notarse –como signo vital, no como “error”- el esfuerzo por llenar los compartimentos construidos por Camões quinientos años atrás. A veces es necesario entretener al público unos minutos más de lo calculado.
Decimos también que podríamos cerrar el libro, y es preciso aclarar la opinión. Una vez que uno ha tomado contacto con la palabra de Tavares, la lectura del libro y la atención del lector pueden quedar inmersas en la propia forma de presentar las ideas. Es como si Tavares pretendiese constantemente correrse de la ilusión de la perspectiva, buscando con mirada picassiana revelar otras figuras que se superponen, exposición tan digna de enseñanza como la “original”. El relato, la mayor parte del tiempo, está detenido en las volutas poéticas del propio texto, en la voz de Bloom que por momentos revela un cierto tono de Zarathustra: pontificando incansablemente sobre cada cuestión que emerge en el rizoma del horizonte textual. En ese sentido, el viaje es la exposición, el caudal que propone el propio texto, una historia narrada por el agua y no por Homero, donde, entre otras cosas, las naves surcan la superficie rumbo a sus destinos.
Hay fluir y volutas, y la carpintería de esas volutas es exquisita. El enunciador del texto posee el don –sin duda conquistado- de encantar con su palabra, capaz de referir el revés de la trama, recurriendo a veces al animismo, o tendiendo otras veces relaciones a primera vista inconsistentes; o atribuyendo voluntades a los elementos, o al tiempo, o contigüidades entre dimensiones, velocidades, órdenes y categorías inconmensurables.
“Viajar no hace bien solo a los hombres, / también es bueno para los mismos recorridos / tener hombres que los recorran.” (Canto V, 4)
“Y nada es intocable cuando estamos / suficientemente lejos (¡qué paradoja!). / Desde el avión nos parece posible tocar un país entero / como se toca una naranja. Y tal sensación / es magnífica y alimenta los dedos durante meses. Tener sillas efímeras posadas a mitad el cielo es un invento / de locos, y Bloom, agarrándose a la silla, / piensa y repite varias veces: estoy sentado / en medio del cielo”. (Canto V, 9)
Es un clásico del deseo autoral encontrar en el verso la narración, en la narración el tono poético. Tavares trae a colación la epopeya de Camões, el poema que construye una historia, y toma por el camino de una poesía donde resuena también la ciencia, un texto dispuesto como una prosa quebrada. No basta una cierta disposición de las líneas para ser poesía, pero el tono poético –e incluso profético- domina indudablemente la obra.
La lectura del texto de Tavares constituye una verdadera experiencia literaria. El hábito a sus giros y a su forma de revelar mediante diversos tipos de deslizamientos una verdad general, procede como un postulado poético esencial: desautomatizar la percepción de lo real. El autor portugués lo hace indistintamente por medio de la demostración y por medios poéticos de transmitir la emoción de unas certezas. Al tomar contacto con la escritura de “Un viaje a la India”, es como si se descorriese un velo frente a una escritura imprescindible, la que nos da algo que no se parece a la droga, ya que nos deja siempre ansiosos, sino a las dosis que nosotros mismos elijamos de algo que parece inagotable. Podemos cerrar el libro, aunque ya no dejaremos de leerlo.