La confesión de Máximo

Por Gonzalo Neidal

2014-09-14_MAXIMO_KAl igual que Maradona, Máximo Kirchner debutó en el estadio de Argentinos Juniors.
El gobierno, a través de La Cámpora, organizó un gran acto con miles y miles de jóvenes para presentar en sociedad al hijo de la presidenta y demostrar que habla y que quienes lo difaman diciendo que se pasa todo el día jugando con la Playstation faltan a la verdad.
Máximo habló y lo más importante que dijo fue, a modo de confesión, que el kirchnerismo no tiene un candidato para las elecciones presidenciales.
Por eso propuso que a Cristina, su madre,le sea permitido un nuevo mandato presidencial.
E hizo esta propuesta de un modo provocativo, como un desafío a la oposición. Casi mojándole la oreja. Dijo que si quieren en verdad terminar con el kirchnerismo, que compitan con Cristina.
Un acto desesperado. Un operativo “clamor” de entrecasa, a favor de su mamá.
¿Es que hay que explicar lo obvio? Cristina no puede ser candidato presidencial porque se lo impide la Constitución Nacional. La que ella misma votó en 1994. Del mismo modo que tampoco pudo serlo Carlos Menem por tercera vez consecutiva en 1999, pese a su intento descarado y dañino de pretender un nuevo mandato.
Si no tuviéramos esa cláusula presidencial, nos pareceríamos aún más a Venezuela y a otros países donde los presidentes pueden quedarse en el poder mientras les dé la gana.
El gobierno piensa que la prensa manipula a la opinión pública. Cómo no darse cuenta entonces que el poder, el gobierno, tiene infinitos recursos para una manipulación aún mayor. Que muchas veces no alcance no quiere decir que no exista. La prohibición constitucional es sabia y existe en todos los países serios del mundo. La pretensión de la permanencia en el poder sin límite, tal como Néstor Kirchner lo impuso en su provincia cuando era gobernador y tal como existe en varias provincias argentinas, significa una degradación de la democracia y un enderezamiento hacia la dictadura. El propio Simón Bolívar lo advirtió en un conocido discurso. Los países con gobernantes reelegibles “sine die” son siempre de baja calidad institucional, carentes de libertades y con escenarios de precariedad que incluyen también a la economía.

Máximo presidente
El gobierno siente que aún con el deterioro de la situación económica en marcha, aún con la creciente disconformidad de las clases medias, aún con todos los problemas presentes y en ciernes, Cristina Kirchner, si le estuviera permitido, podría enfrentar una nueva campaña electoral y salir triunfadora.
Detrás de esta idea está la convicción de que el rechazo que muestran las encuestas es un invento de la prensa y que, si fuera posible, Cristina podría demostrar que aún conserva la voluntad de voto de la mayoría de los argentinos.
Esto es algo que nunca sabremos en los próximos comicios. Pero tiene solución. Una solución mañosa pero solución al fin. Consiste en dar vuelta la provocación de Máximo.
Sería así: si Cristina piensa que aún tiene la mayoría y que, además, el país no puede prescindir de su gobierno, entonces Máximo Kirchner debería ser nominado precandidato presidencial, con el auspicio de Cristina. Como lo fue ella misma respecto de Néstor, en su momento. Y, como hace poco tiempo, fue consagrada gobernadora de Santiago del Estero la esposa del gobernador anterior, Gerardo Zamora, a quien la Corte Suprema le impidió una nueva postulación, en razón de que la Constitución provincial se lo vedaba. Él no tuvo empacho en postular a su esposa (mujer ajena a la política hasta ese momento) y el pueblo de Santiago del Estero la confirmó con su voto. Un horror institucional completamente legal.
En este caso podría hacerse algo igual. Igual de abominable pero igual de legal. La presidenta podría sponsorearlo. Si su ascendiente sobre los votantes es tan poderoso, entonces Cristina podría decirle a los argentinos: “Voten a Máximo. Él es mi candidato. Es lo mismo que si me votaran a mí pues está embebido de mis mismas ideas y propuestas políticas. Más aún: yo colaboraré estrechamente con su gobierno. Yo estaré a su lado indicándole qué debe hacer. Como es mi hijo, me obedecerá. El gobierno de Máximo sería como el mío propio”.
De este modo, los que aman las leyes y la Constitución por encima de todo, se morderán los labios pero no podrán objetar nada. Podrán decir que se trata de nepotismo pero deberán aceptar que no existe prohibición alguna que impida que esto suceda.
Máximo, a su vez, podrá hacer una campaña prometiendo que hará todo lo que su madre le diga. Podrá decir, por ejemplo, que la nombrará Jefa de Gabinete para que nos hable cada mañana como lo hace ahora Capitanich. Y que tampoco deberemos privarnos de escucharla en cadena nacional pues, como integrante del gobierno, Cristina podría hacer uso de ese recurso. Esto último, no hay que descartarlo, podría sumarle muchos votos.
Ya los periodistas del diario más oficialista han descubierto en Máximo dotes oratorias que permanecían ocultas o quizá reprimidas deliberadamente por él mismo para no quitarle protagonismo a su madre.
En poco tiempo más, es probable que los intelectuales de Carta Abierta avizoren en él a un nuevo teórico del Pensamiento Nacional y Popular. La tarea de Ricardo Forster en este punto puede ser de importancia fundamental. Suponemos que ya está trabajando en este tema.
Incluso cuenta el gobierno con el Instituto Dorrego para alinear a Máximo en la línea histórica que parte con Mariano Moreno en la Revolución de Mayo y, con algunas explicaciones, documentos y malabarismos históricos, no habría mayores problemas para que desemboque en el hijo de la presidenta.
A esta altura hasta podríamos adivinar que Daniel Scioli lo apoyaría en nombre de su lealtad al modelo, por ejemplo. Y ni qué hablar de personajes inclinados a la genuflexión aparatosa tales como Aníbal Fernández y Carlos Kunkel, que ya salieron a apoyar los dichos del hijo dela presidenta y a pedirle a la oposición que modifique la Constitución para que Cristina pueda continuar gobernándonos en beneficio de nuestra felicidad.
De todos modos, nos atrevemos a vislumbrar otro escenario. Es muy probable que en este año y pico que le quedan de mandato a Cristina, el deterioro de la situación económica, social y política sea de tales proporciones que, para esa fecha, la sola idea de un nuevo período presidencial suyo pueda causarnos risa. O bronca.