Kirchnerismo menemista: Máximo quiere la re-re

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra maximo y cristinaY un día, finalmente, habló Máximo. Cuando muchos pensaban que el heredero de la dinastía Kirchner adoptaría la estrategia de Hipólito Yrigoyen (famoso por no hablar nunca en público) como su paradójica técnica comunicacional, de repente tomó el micrófono y arengó a los militantes de La Cámpora en el estadio del descendido Argentino Juniors.
Lo que dijo, por cierto, dio que hablar: “Si Cristina es tan mala o no sirve, si están tan interesados en terminar con esta experiencia política, si quieren acabar con el kirchnerismo, ¿por qué no compiten con Cristina, le ganan a Cristina y sanseacabó?”. Justo es decir que el país político vibró al ritmo de los conceptos del hijo presidencial. Al respecto, bien podría modificarse la memorable reflexión de Cornelio Saavedra sobre Mariano Moreno para adaptarla a este insospechado Demóstenes: “Hacían falta semejantes palabras para ahogar tanto silencio”.
Sin embargo, hablar de un tema del que ya nadie discute puede no ser el mejor camino para darse a entender. Porque, en rigor, ¿qué es lo que Máximo quiso decir? ¿Que la oposición es cobarde por no querer enfrentar a su madre? ¿O que la cobardía reside en no conceder una reforma constitucional que habilite a Cristina a presentarse a un nuevo período? En todo caso, parecería impropio llamar cobardes a quienes sólo pretenden que se cumplan los preceptos constitucionales. El valor que reclama el hijo de los Kirchner no es otro que el que debe tenerse para romper las instituciones; es un hecho que aún los déspotas más crueles pueden ser perfectamente valerosos.
Bien podría decirse que Máximo eligió mal el tema para su primer discurso. Debería recordar que la reelección de Cristina fue sepultada oportunamente tras las legislativas de 2013, cuando los candidatos del gobierno tuvieron un importante traspié electoral. Y, si su modelo fue el de Carlos Menem hacia finales de los ’90, no estaría mal que recordase recordar algunas diferencias con el actual momento.
En aquel entonces, el riojano impulsaba solapadamente sus intenciones reeleccionistas tras haber obtenido casi el 37% en las elecciones legislativas de 1997, casi cuatro puntos más que el Frente de la Victoria en 2013. Además, nadie discutía su liderazgo dentro del Partido Justicialista (una ventaja de la que no goza la presidente), pese a que Eduardo Duhalde había comenzado a enfrentarlo cada vez con mayor fuerza. Menem gobernaba apoyado por una liga de gobernadores que, cada uno por sus propias razones, parecía cómoda con el estatus quo, en tanto que secretamente contaba con utilizar, llegado el momento, el antecedente de Eduardo Angeloz quien, en 1991, había sido habilitado por la justicia cordobesa a presentarse a la re reelección tras interpretar que una nueva Constitución suponía un mandato diferente al fenecido.
La situación de Cristina es, claramente, muy distinta. Ni tiene el apoyo político como para intentar una aventura de este tipo ni cuenta con ninguna exégesis creativa sobre el texto constitucional. La oportunidad de quedarse en la Casa Rosada la tuvo el año pasado, con los resultados a la vista. Nadie, hasta ahora, había vuelto a señalar la conveniencia que permaneciera en el poder. Sólo Máximo se atrevió a romper este tabú discursivo, sin que se sepa exactamente a guisa de qué los hizo.
Es probable que, para la gran mayoría de los argentinos, sus dichos sobre que “Cristina quiere seguir gobernando” hayan sonado a una boutade propia de un adolescente tardío. Pero, para muchos kirchneristas de paladar negro, aquellas fueron expresiones de gran exquisitez. No es de extrañar, por lo tanto, que Axel Kicillof (uno de los subproductos de mayor poder emanados de La Cámpora), las haya calificado de “intervención esclarecedora”, elogio que razonablemente podrían suscribir los miles de funcionarios entronizados por esta organización dentro del Estado nacional.
Probablemente haya que tomar los dichos de Máximo como otra de las máximas brutalidades a las que nos tiene acostumbrados el relato kirchnerista. No es infrecuente escuchar, con una periodicidad que mueve a asombro, afirmaciones tales como que “está todo controlado”, o que la pobreza ha sufrido “una reducción abrupta, intensa y a través de políticas públicas” de parte de importantes referentes del gobierno. Si este hubiera sido el caso, no habría mucho más que decir: el joven Kirchner sólo habría verbalizado los deseos ocultos del pensamiento materno, sin importar demasiado si parecen una locura o una mojada de oreja a los escasos instintos institucionales que aún perduran en la Argentina. Siempre es bueno recordar que decir cosas que ya no significan nada forma parte del estándar K, que no es otro que el de una dialéctica sin síntesis.
Pero tal vez haya un metamensaje con menor dosis de torpeza tras este orador debutante. Insistir con un tema ya sepultado significa, después de todo, recordar a cualquier posible sucesor que su madre está lista para regresar tan pronto tenga una oportunidad o, en forma algo más inmediata, para marcar la cancha al que decida apartarse del modelo nacional y popular que ella cree estar llevando adelante con tanta solvencia. No sería extraño, por consiguiente, que este fuera un intento de poner en valor el nombre de Cristina de cara a su inexorable eclipse político.
Si se midiera el éxito de un discurso por sus repercusiones, todo indicaría que el pronunciado por quien era, hasta ahora, el silente hijo presidencial fue todo un suceso. Puso sobre el tapete aquel deseo pagano de Diana Conti sobre la necesidad una “Cristina eterna” y marcó el final del estilo yrigoyeniano al que había acostumbrado al mundillo de la política. Esto no quiere decir, por supuesto, que sus palabras hayan sido ni acertadas ni convincentes. Simplemente fue un adoctrinador haciendo docencia kirchnerista ante un auditorio fanático y, a la vez, preocupado ante la perspectiva que le piquen el boleto dentro de poco más de un año. Si esta pieza oratoria será algo más que fulbito para la tribuna se verá con el tiempo, cuando Máximo o Cristina deban mantener a esta militancia de condotieros sin los jugosos recursos que les otorga la Nación.