Entrevista: Jaime Roca. Cuando Ernesto Guevara quedó varado en Miami

Por Jorge Camarasa

KD9L4596Jaime Roca se acomoda en el sillón de su living, junto al gran ventanal del balcón terraza, y piensa antes de responder.

No– dice después. –De ningún modo pintaba para ser un revolucionario. Para nosotros era un bohemio, un aventurero. Nunca nos hubiéramos imaginado lo que sería años más tarde…

A los 84 años, Roca, “Jimmy” para sus amigos, habla de Ernesto Guevara con la familiaridad y la soltura de quienes lo conocieron antes de que fuera un mito.  En su caso, en 1952 lo hospedó durante un mes en su departamento de Miami, donde vivía mientras estudiaba, y el hecho, más de sesenta años después, agregaría un eslabón casi desconocido a la biografía canónica del futuro Che.

¿Guevara en Estados Unidos? ¿Y por añadidura en Miami, que años más tarde sería la capital del anticastrismo?

Por increíble que parezca, la historia es así.

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Miami, agosto de 1952.

Jaime Ramón Roca estaba viviendo en la pequeña ciudad de veinte mil habitantes, haciendo un curso en la Universidad de la Florida. Hasta entonces había estado en Michigan, donde su padre lo enviara a estudiar arquitectura, pero aquél verano había elegido las playas del sur para cursar inglés como materia electiva obligatoria. Hacía tres años que no venía a Córdoba, donde nació, y donde estaban su familia, sus afectos, sus amigos.

En esos años, en Córdoba nos conocíamos todos. Todavía era una ciudad chica, y mientras estudiábamos en el Montserrat y en el Belgrano, por las tardes, los muchachos nos juntábamos en el boulevard Chacabuco. Yo iba con mis hermanos y siempre nos encontrábamos con mis primos y mis primas Ferreyra, y también con los Garzón Maceda, los Losada…

En 1952, Roca, que había pedido una prórroga en el servicio militar, estaba en Miami compartiendo un departamento con otro estudiante. Miami no era el decorado hollywoodiano para nuevos ricos que sería después, los cubanos aún no la habían invadido y los turistas demorarían en descubrirla.

Jimmy Roca extrañaba Córdoba y contaba los días que le faltaban para volver, y estaba esperando que su padre le enviara el dinero para el pasaje.

En la ciudad solo había tres argentinos. Uno que trabajaba de mozo en el restaurant que tenía un español, un hombre de apellido Sanjurjo; otro que atendía el bar de un primo suyo, y yo. Algunos cordobeses pasaban de vez en cuando, pero solo estábamos nosotros. Y entonces, un día llego al departamento, y me lo encuentro a Ernesto esperándome.

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Guevara, que en 1952 todavía no era el Che, y Jimmy Roca, no eran amigos pero se conocían. Desde fines de los años cuarenta la familia de Ernesto había dejado Alta Gracia y se había mudado a Córdoba, donde vivían en una casa de la tercera cuadra de la calle Chile, y él, que había estudiado en el Deán Funes y luego se había ido a Buenos Aires a seguir Medicina, era amigo del clan donde estaban los Roca y sus primos Ferreyra. Aunque tenían algunas cosas en común, como la prosapia de las familias, Guevara se había acercado al grupo por un interés especial: María del Carmen Ferreyra, a quien llamaban Chichina, una de las primas de Jimmy.

Yo no era amigo de Ernesto, pero lo conocía porque festejaba a mi prima. Era tres años mayor que yo. Lo había visto algunas veces en Córdoba y también en Malagüeño, en la estancia de los Ferreyra, donde nos juntábamos seguido.

Mientras estudiaba para ser médico, el joven Guevara viajaba desde Buenos Aires cada vez que podía. Había conocido a Chichina en octubre de 1950, en el casamiento de una amiga común, Carmen González Aguilar, y a poco se le había declarado y le había propuesto un casamiento inmediato, con luna de miel en casa rodante incluida. Durante 1951 la había visitado en el palacete que los Ferreyra tenían frente a Plaza España, y también en la estancia, y sus apariciones sacaban de quicio a la familia: llegaba vestido con ropa usada que compraba en casas de remate, criticaba a Winston Churchill por demasiado conservador, proponía socializar la medicina, y defendía al peronismo gobernante porque sabía que Ferreyra padre era radical.

Mientras tanto, con otro amigo, Alberto Granados, habían empezado a preparar La Poderosa, una vieja moto Norton 550, con la que se lanzarían a recorrer Latinoamérica. Chichina, casi a escondidas, había ayudado como podía con esos preparativos, y luego se había ido con su familia a las playas de Miramar.

Ernesto y Granados pasarían por allí a poco de empezar su raid, y aquel viaje en motocicleta se haría legendario: desde fines de 1951 recorrerían la Patagonia, Chile, Perú, Colombia y Venezuela, con Machu Pichu y leprosario en el Amazonas incluido, y en agosto de 1952 acabarían en Caracas.

Granados se quedaría allí, y Guevara se tomaría un avión a Miami.

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Dice Jimmy Roca:

A mí me parece que Ernesto tenía planificado desde el principio el viaje a Miami. Había un tío de él, un Lynch, hermano de la madre, que tenía un avión y hacía viajes entre Caracas y la Florida. A veces llevaba caballos de carrera… Y creo que Ernesto tenía planeado el viaje, porque traía un billete de veinte dólares que Chichina le había dado en Córdoba para que le comprara acá un traje de baño. No sé… Pero bueno, el asunto es que llegó a Miami en ese avión.

La Florida, se enteraría Roca después, debía ser solo una escala de tres días y luego el vuelo seguiría hacia Buenos Aires, pero alguna clase de problemas lo haría demorar un mes, y Guevara se quedaría ese tiempo en su casa.

Uno estudiante y el otro viajero, para ninguno de los dos eran épocas de vacas gordas.

No teníamos plata– cuenta Roca. –A mí el giro no me llegaba, y estábamos muertos de hambre… Los mediodías comíamos algo en el bar que atendía ese argentino, y a la noche nos daba de comer el español Sanjurjo. Todo ese mes lo pasamos a cerveza y papas fritas, y yo estaba a punto de vender lo único que tenía, un Plymouth atado con alambre por el que me hubieran dado trescientos dólares…

Tenían un trabajito que les hacía ganar algún dinero: limpiaban por horas el departamento de dos azafatas centroamericanas que habían conocido, pero sobre todo iban para ver qué encontraban en la heladera. Guevara se aferraba a los veinte dólares que le había dado Chichina, y los intentos de Jimmy para que los usaran en comprar comida, terminarían en un fracaso:

-Yo le decía que los usáramos para comer, que cuando a mí me llegara el dinero desde Córdoba se los devolvía, pero no había caso y los usó para comprarle el traje de baño a mi prima. Yo lo acompañé a elegirlo. Daba vueltas y no se decidía, porque no estaba seguro del talle. “¿Será éste?”, me preguntaba. ¡Y yo qué iba a saber, si hacía tres años que no veía a mi prima! Al final vio que una de las vendedoras tenía un cuerpo parecido, le preguntó qué talle usaba, y compró ése.

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La convivencia con Guevara en Miami, a Roca no le resultó difícil.

-Yo no era complicado y él tampoco, así que nos llevábamos bien. Estábamos juntos, pero cada cuál hacía su vida. Yo iba a la universidad, y él paseaba y hacía sus cosas. Como estaba sin visa tenía que ir día por medio a Migraciones, y además se reunía con los pilotos para saber cuándo podían volver a Buenos Aires. Durante un tiempo tuvimos visitas, Iván Díaz y otros dos abogados cordobeses que estaban de pasada, así que salíamos con ellos a tomar cerveza. Durante todo ese tiempo no supe que hubiera conocido a ninguna chica. Pero bueno: andaba con la misma camisa que había usado en el leprosario… Yo le decía que se la sacara, que la tirara, pero él me decía que no había ningún riesgo de contagio.

-¿Hablaban de Argentina, del peronismo que entonces estaba en el gobierno?

-Nada, no hablábamos de política… Eso sí: me contó que una amiga común, Tatiana Quiroga, la que después sería mi esposa, lo había ayudado a redactar una carta a Eva Perón, para ver si la Fundación le podía dar un jeep para hacer su viaje. Como se imagina, nunca le contestó.

-Y usted dice que ni pintaba lo que vendría después: el Che, la leyenda, todo eso…

-No, para nada. Para nosotros era un aventurero, un bohemio…

-Pero debía ser un tipo con sensibilidad social. Había estado trabajando en un leprosario…

-No sé. Yo creo que estuvo un tiempo en el leprosario porque ahí le daban de comer…

-¿Lo volvió a ver?

-No… La última vez fue el día en que se fue de Miami. Lo acompañé hasta el aeropuerto y me subí con él avión. Estaba cargado con cajones de pollos vivos. Todo el avión lleno de pollos. Y así se volvió a Buenos Aires.

-Es la última imagen que tiene…

-Sí, entre los pollos… Nunca lo volví a ver. A Ernesto no lo vi más.