La decadencia del relator, la decadencia del relato

2014-09-09VICTORHUGOMORALESPor Pablo Esteban Dávila

Hubo una vez en que la izquierda progresista imaginó a los habitantes de las villas de emergencia como revolucionarios en estado latente. Allí estaban aquellos largos cordones urbanos, formados por casuchas apenas mejores que una choza, albergando la masa humana con la cual, algún día no muy lejano, se cambiaría para siempre el orden injusto del capitalismo.
Pero Víctor Hugo Morales acaba de dar por tierra aquella visión tan romántica como inexacta. Ayer se despachó desde su editorial en radio Continental con afirmaciones que, cuanto menos, causan sorpresa. “Las villas son lugares bastante dignos” – aseguró – porque, entre otras ventajas, están cerca del centro porteño y permiten concurrir cuantas veces se quiera al cine Gaumont, un espacio nacional y popular en el que se proyectan películas financiadas por el INCAA por sólo ocho pesos.
Vale decir que, para este pintoresco locutor oficialista, la vida en las villas permite alcanzar el sueño burgués de contar con una vivienda céntrica y con un aceptable acceso al arte y el esparcimiento. Lejos de Marx, muy cerca de César Pelli; las profundidades del kirchnerismo son insondables.
Claro que, para que esto ocurra, los habitantes de estos asentamientos deben violar, previamente, innumerables leyes y ordenanzas. Desde ocupar espacios públicos por la fuerza hasta construir viviendas en lugares sin servicios, sin impuestos y – muchas veces – sin ley. De estos detalles Víctor Hugo no sabe / no contesta.
Probablemente le resulte incómodo reflexionar sobre el hecho que el crecimiento de las villas de emergencia haya sido una constante del decenio K. Esto se encuentra a la vista de cualquiera, pese a las tasas chinas de crecimiento económico y a las supuestas bondades del modelo de acumulación con inclusión social. Las estimaciones más benevolentes cifran la pobreza en Argentina en un nivel cercano al 30%, similar al de finales del siglo pasado. No parece que hubiera mucho que festejar en este punto.
Entre otros aspectos, la vida en este tipo de asentamientos se ha consolidado y expandido porque el Estado ha dejando de ejercer su imperio también en los últimos años. Las villas son un emergente de un país dentro de otro, con sus propias regulaciones, códigos y sutiles autoridades. Puede que se encuentren geográficamente cerca, pero están situadas en otra galaxia en lo que respecta al orden legal que cualquier habitante debería cumplir y respetar.
Conste que, con orden legal, no se hace referencia al sistema penal ni nada por el estilo. Aunque no puede negarse que muchas villas son aguantaderos de criminales y narcotraficantes, esto no habilita a extrapolar tales atributos al resto de sus habitantes. Pero tampoco puede caerse en la tentación opuesta, que consiste en santificar los valores villeros y elevarlos a las categorías de universales. Quienes las habitan saben (o lo intuyen) que las tierras que ocupan no son de ellos, y que sólo les es dado hacerlo por una especie de anomia social que disimula la anomalía que entraña la apropiación indebida de terrenos.
Las villas suponen el abandono del Estado de sus responsabilidades. La primera de ellas, la patrimonial, por la cual se inhibe de proteger bienes públicos que son de todos. No importa si se ocupan terrenos del ferrocarril (como muchos asentamientos en la Capital Federal y el conurbano) o espacios públicos (como el Parque Indoamericano); el Estado nunca está. Y, cuando en ciertos casos finalmente llega, lo hace tarde y envuelto en polémicas.
Otras responsabilidades de las que abdica el Estado son las de proveer seguridad y servicios sanitarios a las poblaciones que terminan hacinándose en estos lugares. Ni la policía ni las ambulancias pueden entrar toda vez que no existen calles ni adecuados espacios de circulación. Las experiencias exitosas de urbanización de villas de emergencia han sido, hasta ahora, escasas y de poco impacto social, quedando reservadas al anecdotario voluntarista de la clase política. Esto termina produciendo el fenómeno señalado, en el sentido que estos asentamientos son virtualmente soberanos respecto de la ciudad (y aún del país) en la que se encuentran insertos, a modo de una mamuschka sociológica.
Son tan evidentes las disfuncionalidades sociales que mueven a la creación y mantenimiento del ecosistema villero que las reflexiones del señor Morales suenan a tomada de pelo. Claro que muchos dan lo que no tienen por vivir cerca del centro de la ciudad de Buenos Aires, pero esto no obra como una disculpa a lo irregular de la situación. Y, aunque pudiera celebrarse que tal cercanía permitiera el acceso sin restricciones a los filmes del cine Gaumont (una opción de entretenimiento del que se nos permite dudar que efectivamente se elija), tampoco esto es un motivo para justificar una patología urbana sin atenuantes.
Lo ideal sería que las villas no existieran, o que fueran urbanizadas inteligente y rápidamente. Pero, mientras esto no ocurra, el deber de cualquier funcionario es soñar con un futuro en donde estas desaparezcan o que, al menos, se reduzcan ostensiblemente. Si Víctor Hugo considera que son lugares “bastante dignos” pues que pruebe con vivir algún tiempo en algunas de las viviendas que allí pululan. Vería cuán dignas son las condiciones de personas sin agua corriente, sin cloacas, enganchados a la red eléctrica sin otra instalación que una lanza de metal y un cable y sin que ninguna autoridad las asista.
Es patético, después de todo, comprobar que el relato de la redención social que postulaba el kirchnerismo haya descendido a los infiernos del pragmatismo más conservador. Si las villas, lejos de desaparecer, han extendido sus dominios durante los benignos gobiernos de Néstor y Cristina, pues alguna ventaja deben de tener. De lo contrario no podría explicarse el porqué tanta gente decide continuar viviendo en lugares tan marginales después de haber sido largamente beneficiada por las ventajas del modelo. El kirchnerismo razona, en este punto, como aquellos patrones de estancia que, satisfechos con el status quo conservador a principios del siglo XX, ponderaban los valores de la peonada leal y servil como una proyección su propia felicidad, a pesar que, muchas veces, aquella se encontrase mal paga y con un resentimiento apenas disimulado.
En el mundo del señor Morales las villas son bastante dignas y el país anda bastante bien. Boudou es bastante inocente y Cristina bastante bien lleva la crisis de los holdouts. Pero lo que no parece estar bastante bien es su razonamiento; aun más, parece no estarlo en absoluto. Muchos maliciosos quieren creer que la decadencia del relator es un epítome de la propia decadencia del relato. Si el medio es el mensaje, la editorial de Víctor Hugo es entonces un adelanto de un amplio muestrario de futuras insensateces.