Marcos Juárez, capital política por un día

Por Pablo Esteban Dávila

Macri en Marcos Juárez (Foto2)El próximo domingo la ciudad de Marcos Juárez se convertirá, seguramente a pesar de sus habitantes, en la capital de la política argentina. No deja de ser altamente paradójico que esto ocurra. El artículo 175 de su Carta Orgánica municipal establece que “las elecciones ordinarias para la renovación de autoridades municipales (…) serán siempre anteriores a las elecciones provinciales o nacionales (…)”, con el claro propósito de evitar que los temas políticos de aquellas jurisdicciones contaminen las cuestiones estrictamente vecinales. Sin embargo, y debido a una serie de poderosas razones de, precisamente, la política nacional, las consecuencias de esta disposición legal han terminado siendo exactamente las opuestas: este año, la elección del intendente es un acontecimiento central, que será seguido minuto a minuto desde todos los rincones del país. Quienes esperaban soluciones locales a problemas locales pueden hacerlo sentados: la ciudad se ha convertido, apenas, en un pretexto para montar un complejo laboratorio electoral cuyos resultados serán interpretados en una clave ajena a cualquier interés municipal.
Esta elección tiene, además, un condimento central. Es la primera en el interior del país en la que un candidato macrista aparece como el favorito. Pedro Dellarossa fue el primero en lanzarse y en reclamar el favor de la encuestas, una actitud que la plana mayor del PRO nacional respaldó sin fisuras. Hasta tal punto la elección es importante para el partido amarillo que el mismísimo gurú electoral de Mauricio Macri, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, se encuentra en Marcos Juárez trabajando para Dellarossa, una posibilidad que apenas un año atrás hubiera parecido quimérica.
Para el jefe de gobierno porteño esta apuesta no tiene nada de filantrópica. Por más que valore el esfuerzo de su candidato y del PRO cordobés, es la perspectiva de triunfar en la única elección programada para el año lo que lo mueve a una generosidad sin antecedentes, al menos para la corta memoria partidaria. Macri razona que, si el domingo le fuera dado el levantar el brazo triunfante de Dellarossa, su imagen victoriosa radiará eficazmente hacia el resto del segundo distrito electora, Córdoba, y el resto del país, especialmente cuando los demás presidenciables no tendrán una oportunidad semejante dado la frugalidad del calendario electoral.
Macri es favorito porque se ha instalado que el PRO tiene las de ganar. Esto se trasunta en una constante migración de dirigentes de todo el país hacia Marcos Juárez, convertida ahora en la Meca partidaria. Pero tanto optimismo tiene un riesgo inherente a la política, que no es otro que el de perder. Y, si esto terminara sucediendo, nadie sindicaría a Dellarossa como el derrotado, sino a su líder nacional.
¿Puede, en rigor, suceder tal cosa? Aparentemente es una posibilidad. Más allá de la inicial confianza macrista en las chances del candidato (debe recordarse que este fue una novedad convenientemente amplificada por la maquinaria electoral del PRO) su ventaja inicial fue recortándose, tal como es previsible que ocurra en cualquier elección. A tal punto esto ha ocurrido que, en las últimas horas, ciertas encuestas señalarían un empate técnico con Daniel Fragazzini, el Director del Hospital Abel Ayerza y aspirante delasotista.
Fragazzini es, al igual que Dellarossa, un buen candidato. Despierta simpatías por su condición de médico (una condición que en las ciudades pequeñas goza de gran prestigio) y tiene fama de administrador eficiente. Aunque con menos tiempo de campaña, se las ha ingeniado para plantear un desafío importante para el comando electoral macrista; de ninguna manera puede descartarse una sorpresa.
Claro que mucho ha contribuido al repunte de Fragazzini el involucramiento electoral de José Manuel de la Sota. El gobernador, fiel a su costumbre, decidió pelear en una trinchera que sabía desprotegida y a pesar de los consejos de despegarse de un compromiso electoral que no parecía serle favorable.
Visitó Marcos Juárez las veces que pudo, envió a ministros para hacer anuncios de toda laya y hasta compartió un asado de campaña con Juan Schiaretti, un dirigente bien valorado por su firme posición en defensa del campo durante la crisis por la Resolución 125. En estas semanas ha quedado demostrado, una vez más, que si algo le gusta a De la Sota son las elecciones, las pierda o las gane, y que estas no son la excepción.
Sorprendentemente, las consecuencias de una eventual derrota serían menos gravosas para el gobernador que para Macri. Se ha instalado la idea que el porteño es el favorito, una sensación que se amplifica debido a su condición de presidenciable en ascenso. Por tal motivo, si finalmente los votos no le alcanzaran a Dellarossa para ocupar el palacio municipal, la frustración para el PRO sería mayúscula, pues no sólo no habría cumplido con un objetivo estrictamente local sino que – en forma harto maliciosa – el resto del universo político se coaligaría para remarcar sus severas limitaciones territoriales fuera de la Capital Federal.

Para De la Sota las cosas funcionan en clave diferente. Él es un presidenciable atenuado, cuya suerte está menos ligada a Marcos Juárez que a otros eventos de la macro política. Además, el justicialismo inició la campaña siendo un claro segundo o, lo que es lo mismo, con menores expectativas. Un triunfo sería una gran noticia que, por supuesto, sería convenientemente capitalizada, pero una derrota no equivaldría forzosamente a una catástrofe. Además, la ruptura con el vecinalismo después de tantos años de cogobierno proporcionaría una explicación plausible para demostrar que, en realidad, el gobernador tuvo que bailar con la más fea y que, a pesar de ello, su referente hizo una digna elección.
Ahora bien, así como los riesgos para el PRO son grandes de ser adversos los resultados, los beneficios pueden ser incalculables. De vencer, Marcos Juárez se transformaría en una cabecera de playa y su estrategia electoral un modelo de exportación. La UCR, aliada a Dellarossa, también tendría derecho a festejar y hacer sus propios cálculos. El intendente Juan Jure tal vez decidiría que ya es tiempo de sumar al radicalismo riocuartense a la movida, y el propio Ramón Mestre se sentiría con mayor fortaleza para terminar de convencer a sus correligionarios sobre las bondades de un entendimiento con Macri. Marcos Juárez podría representar algo así como la refundación de una oposición viable en Córdoba, algo que podría llegar a amenazar a la, hasta ahora, inconmovible posición del gobierno provincial.