Un personaje que incomoda

Por Gonzalo Neidal

ilustra boudou pokerPor algún motivo que los sociólogos deberán investigar, en un momento determinado el poder se quiebra y aparece el grotesco.
Podrá atribuirse a un fenómeno equivalente a lo que en física se suele denominar como “fatiga de los materiales”, frase enigmática con la cual se intenta explicar algún derrumbe atroz y, por supuesto, inesperado. Lo que hasta ayer era sólido y robusto, de pronto se disuelve en el aire.
Algo así le está pasando a este gobierno, que comenzó su tercer período continuado con un potente 54% de los votos. De la conciencia de esa fuerza arrasadora nació la amenazante frase “vamos por todo”, como un emblema digno de un poder que no podía ser discutido ante la evidencia de una confirmación electoral abrumadora.
Nada parecía hacerle mella. No le entraban balas. Ni el escándalo de la empresa Sueños Compartidos, ni la desaparición de dinero a manos del otrora mimado Schoklender. Nada. Hasta que comenzaron a llegar los problemas. Y cada día nos desayunamos con algún nuevo síntoma de una decadencia que se acelera con fuerza inercial.

Boudou salpica
Cuando Cristina presentó a Amado Boudou como su compañero de fórmula, habló de él como si se tratara de un genio. A él fue a quien se le ocurrió la idea de estatizar los fondos de pensión. Eso lo ponía al borde del Nobel de Economía, según las categorías que manejaba en ese momento la presidenta.
La primavera de Amado nos mostraba al vicepresidente despreocupado: se iba de gira en aviones oficiales con una banda de rock, rasgaba una guitarra eléctrica ejecutando un contoneo cadencioso, se paseaba en moto de alta cilindrada y, con una sonrisa, nos explicaba que la inflación perjudica a los más ricos.
Pronto nos fuimos enterando de que la economía ya presentaba algunas fisuras insalvables. Primero, la energía. Comenzamos a importar petróleo y gas. Luego, la inflación. La farsa de los números del INDEC ya resultó indefendible incluso para los más cercanos al círculo dorado del entorno presidencial.
Y pronto llegó el torrente: el procesamiento del vicepresidente por intentar apropiarse de una empresa impresora de billetes, la inflación recrudeció, el gasto público se disparó a las nubes y el círculo comenzó a cerrarse.
El gobierno reaccionó con un ajuste tradicional, ortodoxo. Necesitado de volver al mercado de capitales, comenzó a hacer buena letra: arregló las cuentas pendientes con Repsol, luego con el CIADI y más tarde negoció la deuda con el Club de París. Todo iba sobre ruedas. Incluso se animó a devaluar. Pero pasó algo impensado: el tribunal de Nueva York nos falló en contra en el juicio que los holdouts. Y todo comenzó a complicarse aún más.
Llegó otro juicio a Boudou por falsificación en la documentación de un automóvil y, a la vez, todos los problemas recrudecieron. Cristina rectificó el rumbo. Renunció a su intención de regresar al mercado internacional de capitales y se resignó a continuar financiándose con emisión monetaria. Ha calculado que esta vía le resultará menos costosa que la alternativa, consistente en negociar el pago con los bonistas.
Pero el vicepresidente se ha transformado en una presencia incómoda. En el Senado, los kirchneristas lo aceptan a regañadientes, para no violar la orden presidencial. Pero cada vez que Boudou asume la titularidad del cuerpo, sobreviene un pequeño escándalo. Como ayer, cuando el oficialismo se propone la aprobación de una ley que le permita abonar a los bonistas en una jurisdicción distinta a Nueva York.

A sangre y fuego
Boudou, apoyado por la presidenta, resiste a sangre y fuego su remoción. Mientras esto ocurre, aparecen datos pintorescos como la cantidad de multas que ha acumulado el vehículo del vicepresidente, o las patentes que debe al gobierno de la CABA. Sin contar la citación a la justicia de su novia, a quien le robaron del auto una computadora con fotos en las que aparece íntegramente vestida de Eva, aunque sin la protección de la pudorosa hoja de parra.
Y así todo: mientras la oposición cuestiona a Boudou, una de las principales espadas del gobierno, Aníbal Fernández, en plena sesión mira el partido de básquet de la selección nacional en su banca de senador.
Con diferencia de pocas horas, Jorge Capitanich se atreve a decir que el gobierno ha eliminado la indigencia y el hambre. Mientras tanto, la presidenta afirma que los concesionarios y las fábricas de autos se niegan a vender unidades.
Un par de días atrás, el canciller Héctor Timerman había hecho firmar una carta de respaldo a la posición argentina ante los holdouts a un economista fallecido dos años atrás. Berni pasa una topadora por un asentamiento precario; La Cámpora lo cuestiona pero la presidenta lo sostiene.
Ayer mismo la presidenta denunció, sin siquiera sonrojarse, la imposición por parte del gobierno de la ciudad de un tributo a los servicios que se adquieren por Internet (Netflix, por ejemplo), mientras ella mantiene el impuesto a las ganancias a los salarios.
Y así todo. Cada mañana nos levantamos con la idea que algún hecho grotesco tendrá lugar en el curso del día.
Y, hay que reconocerlo, en esto el gobierno nunca nos defrauda.