La columna vertebral

Por Gonzalo Neidal

28-08-2014_santiago_del_estero_la_presidentaEn otro tiempo, el movimiento obrero solía ser la “columna vertebral” del peronismo, según las palabras del propio Perón.
Hoy, en cambio, la mayoría de los sindicatos le paran al gobierno. ¿Qué ha pasado entre aquel escenario del pasado y el actual? ¿Dónde fueron a parar los trabajadores que refrescaban sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo el 17 de Octubre de 1945?
El peronismo irrumpió en la historia como el movimiento vindicador de los trabajadores argentinos. De su mano llegaron las leyes sociales, la jubilación, el aguinaldo y un nuevo estatus para los obreros industriales que habían hecho su aparición en los años previos, especialmente durante la década de los años treinta, a la sombra de la protección defensiva de la llamada “década infame”.
“Los trabajadores argentinos llegaron al socialismo si pasar por la revolución”, solía decir el intelectual y político argentino Jorge Abelardo Ramos, en referencia al hecho de que las conquistas obreras y el mejoramiento de su condición social habían llegado de un modo pacífico, desde el estado conducido por el líder, Juan Perón.
Pasados los años, con idas y venidas, el ciclo peronista se ha repetido bajo el reinado de Néstor y Cristina Kirchner. Y ha sido –mutatis mutandis- un calco del anterior: expansión en los primeros años fundada en condiciones muy favorables en materia de disponibilidad de recursos, crecimiento sostenido del gasto llamado social, inflación, pérdida de poder adquisitivo de los salarios, problemas económicos diversos, decadencia. En suma: la parábola populista.
Hoy, los trabajadores están insatisfechos. El gobierno que los defendía, ahora se ve necesitado a morder una parte de sus salarios con el impuesto a las ganancias, otrora reservado para gravar a los ricos. Para colmo de males, la inflación se ha restablecido y cada día se come una parte mayor de los salarios. El de Cristina ha dejado de ser un gobierno amigo para transformarse en una administración que, lejos de defender los intereses de los trabajadores, ataca sus ingresos.

Todo cambia
Moyano es el mismo dirigente sindical que ayer nomás llenaba la cancha de River para Cristina. Es el mismo que decía que Boudou era el único ministro de economía “amado” por los trabajadores. ¿Qué ha pasado?
El peronismo clásico fundaba su poder electoral, principalmente, en la clase obrera organizada. En los sindicatos, en su panoplia de legislación social, en la mejoría real de la situación de los trabajadores y su incorporación a la sociedad formal, sus escuelas, Universidades, su consumo, el acceso a la vivienda, la incorporación a una sociedad capitalista en expansión que, además, cuidaba sus ingresos y nivel de vida. Las dádivas y los subsidios que existían eran el complemento de un ascenso social real y palpable. Cierto es que el propio Perón quiso limitarlo a partir de 1950, cuando llegó el tiempo del ajuste inevitable pero la memoria popular eligió preservar aquellos años de progreso social inigualable.
Hoy esos trabajadores, los que tienen la suerte de desempeñar su actividad “en blanco”, constituyen una franja privilegiada. Quedan a un costado los millones de marginales que la economía formal no ha podido ni puede absorber. Cada vez está más claro que tenemos leyes sociales propias de un país altamente desarrollado, aplicadas a una industria y a empresas que carecen del nivel de productividad para soportarlas. Los aumentos salariales de los primeros años del kirchnerismo no parecen haber sido sustentables para la economía, que les reclama una devolución.
Pero el gobierno se niega a ajustar. Abomina realizar esa tarea que considera indigna para un gobierno “nacional y popular”. Cuando esto ocurre, el ajuste no se suspende sino que es realizado por la economía. En este caso preciso, por la inflación.
De todos modos, el gobierno aporta lo suyo: no puede prescindir de cobrarle impuesto a las ganancias a los trabajadores. Y no es que éstos ganen más en términos reales. Se trata de un truco inflacionario que crea la ficción de un mayor salario para lograr una recaudación de la cual el gobierno no puede prescindir.
Este peronismo ofrece a los trabajadores un menú que resulta difícil de aceptar: disminución de los salarios reales, cierre de empresas, suspensiones, etcétera. El peronismo ha llegado al límite de su oferta de beneficios. Es imposible retornar a los primeros años del kirchnerismo y menos aún a los primeros años del peronismo de Perón. Esto es lo que hay. Y esto es lo que habrá.
Por eso avanza la izquierda en los sindicatos. Para ellos ha llegado el momento soñado: el peronismo muestra su impotencia “burguesa”. Los dirigentes sindicales peronistas se encuentran entre la espada y la pared. No pueden hacer concesiones al gobierno porque eso significaría el avance de los grupos de izquierda en los sindicatos. Ahora ya no les resulta tan fácil negociar con las patronales y obtener la anuencia del gobierno peronista. Al contrario: Cristina desearía que los reclamos salariales fuesen menores, para no sumar puntos a la inflación.
El gobierno piensa que el cierre de empresas es una conspiración internacional para desestabilizarla. En realidad, es la simple consecuencia de sus propias políticas. Los sindicalistas peronistas miran hacia la Casa Rosada y hablan de “traición” a las banderas del peronismo. Se ilusionan con Daniel Scioli y, sobre todo, con Sergio Massa, pensando que alguno de ellos podrá torcer el rumbo y enderezar el país hacia el rumbo glorioso de los primeros años del gobierno, los años de Néstor, los años de abundancia.
Se trata de un esfuerzo vano. Es probable que no haya peronismo más auténtico que este que está en el gobierno.
Pero ésta es una realidad que no resulta fácil aceptar.