Historias de amor y poder: Mariquita Sánchez & Martín Thompson

La mujer que había nacido para ser hombre

Por Jorge Camarasa

thompson 001En la Casa de Ejercicios Espirituales de la esquina de Independencia y Salta, en el barrio porteño de Constitución, una de las celdas interiores tiene una placa de bronce en la que puede leerse: “Aquí estuvo recluida Mariquita Sánchez, por desobediencia a sus padres”.
La leyenda, que no pasa inadvertida para los visitantes al lugar histórico, remite a una historia de amor que revolvería las conciencias del Buenos Aires colonial.
La niña se llamaba María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez, y había nacido el 1° de noviembre de 1786. Sus padres, Cecilio Sánchez Ximénes de Velazco y Magdalena Trillo y Cárdenas, la educaron en casa y la instruyeron en arte, idiomas y modales, a la usanza de la época. Los Sánchez eran una familia de fortuna, y Cecilio gozaba del respeto y las prerrogativas de su condición de alcalde de primer voto del Cabildo y síndico procurador general.
Magdalena se encargaría de velar el crecimiento de la chica, y vería la forma de arreglarle un buen matrimonio. Las costumbres coloniales determinaban que los padres eligieran marido para las hijas. Cuando María llegara al altar, tendría que ser con un hombre mayor que ella, serio y responsable.
Así era siempre, y casi todas las chicas de sociedad se casaban jóvenes. Remedios de Escalada lo había hecho a los catorce, Isabel Calvimontes Agrelo a los trece, Magdalena Güemes y Bernardina Chavarría a los quince, y Carmen Quintanilla de Alvear, Juana Pueyrredón y Laureana Olazábal a los dieciséis.
Esa precocidad les permitía alcanzar en vida la cuarta generación.

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Martín Thompson, el primer marino criollo de carrera, había egresado de la Real Academia Naval de El Ferrol, en España.
Había nacido el 23 de abril de 1777, y había llegado a Buenos Aires en 1801. Como alférez de fragata que era, enseguida fue recibido en los salones, y comenzó a frecuentar la sociedad porteña. En una visita a casa de unos tíos lejanos, iba a conocer a una prima segunda de catorce años a quien todos llamaban Mariquita, a quien sus padres ya le habían elegido esposo. El prometido era el capitán Diego del Arco, de la Real Nobleza Española, y mucho mayor que la niña. Era viudo, había llegado al Río de la Plata en 1777 con la expedición de Pedro de Cevallos, y su propio padre decía que era mujeriego y calavera, y pedía que no se le hicieran préstamos pues no reconocía deudas.
A Marica, repentinamente enamorada del joven Thompson, no le interesaba un candidato semejante, pero cuando pidió a sus padres que reconsideraran la decisión, Cecilio se mostró inflexible.
Empezó entonces lo que pudo haber sido una versión porteña de Romeo y Julieta, pero con un final menos trágico. Por lo pronto, Mariquita contaba con la complicidad de la servidumbre y se comunicaba a través de ellos con Martín; además, se veían a escondidas en la iglesia de la Merced, y Thompson visitaba la casa de los Sánchez disfrazado de aguatero.
Cuando Cecilio se enteró de esas audacias, usó su influencia con el virrey del Pino para trasladar al alférez a las cañoneras reales de Colonia del Sacramento, pero Martín seguiría volviendo a Buenos Aires para ver a la niña. Un río no iba a ser valla infranqueable para un marino de El Ferrol.
Fue entonces cuando Sánchez, harto de la situación, decidió cortar por lo sano y apurar el matrimonio de su hija con Diego del Arco.



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Por costumbre, antes del casamiento se hacía una ceremonia de esponsales donde las parejas se comprometían, se fijaban las dotes y se establecían las fechas y las condiciones del contrato. Cecilio organizó la fiesta, mandó las invitaciones, y cuando Marica lo supo, le escribió a Martín. “Seré suya o de nadie”, le decía teatralmente en la carta.
Cuando la recibió, Thompson informó al virrey que María Sánchez iba a ser obligada a cometer perjurio, pues estaba comprometida con él bajo juramento, y le pidió que evitara el delito que se estaba por cometer.
La fiesta se estaba celebrando en la casona de los Sánchez cuando un oficial real llegó para pedir el consentimiento de los contrayentes. Marica, que hasta entonces había estado llorando a escondidas en su cuarto, bajó al salón ante las miradas de todos y se abalanzó sobre el recién llegado:
—Yo no puedo casarme pues estoy prometida a otro hombre —dijo.
Después de un silencio helado los murmullos empezaron a crecer, y el capitán del Arco, humillado, salió por última vez de la casa de los Sánchez.
Se dice que fue esa historia, la comidilla de todos los porteños, la que iba a inspirar a Leandro Fernández de Moratín su célebre “El sí de las niñas”.
Después de la vergüenza, Cecilio llevó a su hija a la Casa de Ejercicios Espirituales y logró que Martín Thompson fuera trasladado a un destacamento en Cádiz, donde estaría los siguientes tres años.
Con el pretendiente bien lejos de la ciudad, Cecilio se sintió seguro y su hija fue autorizada a volver a casa. Fue un error: ni bien pudo, Marica reanudó la correspondencia secreta con su enamorado, y le dio señales inequívocas de que el fuego seguía ardiendo. Cuando Martín Thompson regresó a Buenos Aires en 1804, el rígido señor Sánchez ya había muerto.
Un año más tarde, el 29 de julio de 1805, Mariquita Sánchez y Martín Thompson se casaban en la iglesia de la Merced.
¿Habían ganado la guerra?

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La pareja se fue a vivir con Magdalena, a la casa familiar. Esa casa sería, con el tiempo, un lugar mítico que Vicente Fidel López describió así: “Con cinco peldaños de mármol a la entrada y tres ventanas de rejas, estaba adornada con muebles de caoba, arañas de plata, cortinas de brocado amarillo, porcelanas, relojes mecánicos, un clavicordio, un arpa, un laúd, sahumerios y espejos venecianos; en el patio, azahares, un precioso aljibe y numerosos esclavos que servían el chocolate”.
La pelea que había dado por defender su relación con Thompson había hecho de Mariquita una especie de heroína, y Juan Bautista Alberdi la llamaría “la personalidad más importante de la sociedad de Buenos Aires, sin la cual es imposible explicar el desarrollo de su cultura y buen gusto”.
Tal vez exageraba, pero por el salón desfilarían Rodríguez Peña, Belgrano, Cayetano Rodríguez, Larrea, Azcuénaga, los Escalada y Matheu, que discutirían vehementemente acontecimientos como las invasiones inglesas, las jornadas de Mayo, la epopeya sanmartiniana y la Independencia.
Y sin embargo, la felicidad no sería eterna.

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El 9 de febrero de 1816, a instancias del general José de San Martín, Thompson había viajado a Estados Unidos al frente de una misión diplomática, y allí había enfermado gravemente. Tras ser hospitalizado en Washington se había embarcado rumbo a Buenos Aires, pero moriría en alta mar el 23 de octubre. Su cuerpo había sido arrojado por la borda, y Marica, que ni siquiera había podido velarlo, quedaría sola a los treinta y un años con los cinco hijos que había tenido.
Lo primero que hizo fue desprenderse de algunos bienes, y puso en venta la casa. El luto la había apartado de la vida social, y su consejero fray Cayetano Rodríguez le había sugerido la conveniencia de volver a casarse.
Quien primero empezó a cortejarla fue Juan Bautista de Mendeville, cónsul francés en el Río de la Plata. El hombre, miembro de una noble familia francesa, había tenido que dejar París tras batirse a duelo. Mundano y culto, seduciría a Marica con su pasión por la música y ella, después de algunas resistencias, iba a resignar la plaza.
El 24 de abril de 1820 contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, y de a poco las cosas empezaron a ser como antes: el salón volvió a recibir visitantes, y ella volvió a tocar el arpa mientras su nuevo marido la acompañaba al piano.
Dispendioso con el dinero, Mendeville lo derrocharía, y en poco tiempo Marica tuvo que desprenderse de una quinta que Thompson le había dejado en herencia.
En marzo de 1861, a los setenta y cinco años, le escribió a su marido: “¿Sabes por qué hago esta vida agitada? Para no pensar y volverme loca, pues te aseguro que cuando pienso en mi casa, en mis casas de campo,en mi confort, y veo cómo vivo en la vejez, cuando más se necesita el regalo, te confieso que padezco mucho de vivir aquí, porque no sólo el amor propio está humillado, sino que veo que sería rica si se hubiera conservado algo”.
Cuando Mendeville recibió esta carta, ya no vivía en Buenos Aires sino en París. Durante el gobierno de Rosas se había puesto bajobandera a los residentes franceses en el Río de la Plata, y cuando habían tratado de huir se los había detenido y confinado en un pontón en medio del río. Él, como cónsul, había participado en el rescate de los prisioneros, y se había tenido que ir del país dejando sola a su esposa.
Rosas, su amigo de la infancia, le escribe entonces: “Conocí antes una María Sánchez buena y virtuosa federal. La desconozco ahora en el billete con tu firma que he recibido de una francesita parlanchina y coqueta”. Y ella respondió: “No quiero dejarte en la duda de si te ha escrito una francesa o una americana. Te diré que desde que estoy unida a un francés, he servido a mi país con más celo y entusiasmo (…) En tu mano está que yo sea americana o francesa. Te quiero como a un hermano, y sentiría que me declararas la guerra”.

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Eso sucedería finalmente en 1837, cuando María Sánchez supiera que la situación ya no daba para más, y pidiera su pasaporte para exiliarse en Montevideo. Al enterarse Rosas de su pedido, le mandó él mismo el documento, con una esquela de su puño y letra: “¿Por qué te vas, Mariquita?”. Y ella contestó en el mismo papel: “Porque te tengo miedo, Juan Manuel”.
En febrero de 1852, tras la caída de Rosas, Marica escribe desde Montevideo a su hija Florencia: “Puedes pensar cómo está mi pulso, mi cabeza y mi corazón. ¡Si veo la libertad en mi país y que Dios me haya conservado a los míos, cuánto se lo agradezco!”.
En la misma carta hay una frase enigmática -“Yo nací para ser hombre”— cuyo concepto se repite en la correspondencia con Juan Bautista Alberdi en noviembre del mismo año: “Mi vida es la de un hombre filósofo por fuerza, más bien que la de una mujer, con la desgracia de tener corazón de mujer, cabeza de volcán y no tener la frivolidad del sexo para distraerme”.
Tenía entonces sesenta y seis años, y todavía viviría otros dieciséis, hasta el 23 de octubre de 1868 a las siete de la tarde, cuando muriera en su casa de la actual calle Florida, rodeada por sus hijos Florencia, Juan y Julio, sus nietos y la servidumbre.