La capital del default

Por Gonzalo Neidal

DYN54.JPGEl gobierno se siente holgado, se siente distendido. Probablemente sienta que tiene bajo control todos los problemas.
Ha de ser por eso que ha lanzado, con la frivolidad que se le está haciendo costumbre, un viejo tema: el traslado de la Capital Federal hacia el interior del país. Concretamente, hacia Santiago del Estero.
La presidenta tiró el tema al azar (tomándolo de un hombre de su entorno), como quien arroja los dados después de batir el cubilete. Como un mohín de picardía o un guiño de presunta inteligencia.
Nadie cree, por supuesto, que se trate de un tema que el gobierno ha estudiado profundamente. Nadie piensa que la presidenta ha encerrado en un torre custodiada a un puñado de sabios de diversas disciplinas para que, cruzando ideas, previendo efectos, estudiando los distintos impactos sociológicos, haya dictaminado después de varios meses de desvelos, cuál es el lugar exacto para dar este paso monumental que significa el abandono de la capital histórica del país, su ciudad más importante y significativa, por Santiago del Estero, la ciudad más antigua de todo el territorio nacional.
Un hecho tal, es casi un acto fundacional. Sería apropiado para un gobierno que suponga una gran coalición ampliamente mayoritaria. Sería indicado para el comienzo de una etapa que pueda vislumbrarse como fundacional. El traslado de la capital sería visto entonces como el gesto de una voluntad transformadora indubitable que intenta transmitir optimismo y acción.
Pero no es ese el momento histórico que estamos viviendo. No es esa la situación que se percibe en estos días. Más bien al contrario: el país está dividido en dos bloques de difícil reconciliación. La presidenta es la cabeza visible de uno de ellos, el que va perdiendo fuerza a medida que transcurren los días. La situación de la economía y la sociedad no invita de ningún modo a pensar en horizontes optimistas. Y, como si todo ello fuera poco, la presidenta está yéndose del gobierno sin siquiera poder designar a su sucesor.
Con todos estos datos a la vista, es claro que la propuesta de trasladar la capital carece de entidad. Es un mero juego para divertimento de los muchachos de La Cámpora o los ya no tan muchachos de Carta Abierta.
Temas como éstos son los ideales para que un gobernante intente sacar patente de estadista. Un asunto tal hace que la gente piense que un gobierno no anda en la tontería de controlar el precio de los tomates sino que piensa en el largo plazo.
Pero es evidente que en este caso no se trata de eso. El gobierno no puede parar al dólar, no consigue detener la inflación, no logra vivificar el movimiento de la economía, está quedando afuera de los circuitos financieros internacionales, no logra que ninguna empresa importante piense en invertir en el país.
En definitiva, un gobierno que está llevando el país nuevamente al default no está en condiciones de hacernos creer que piensa seriamente en llevar la capital del país hacia el interior.

Otro tiempo
También Raúl Alfonsín tiró el tema sobre la mesa. Pero los tiempos eran distintos. Su propuesta de llevar la capital a Viedma ocurrió en su tiempo de apogeo, cuando –aún bajo los influjos benéficos del Plan Austral- soñaba con una modificación de la Constitución, rodeado por los intelectuales del Club Socialista, su Carta Abierta.
El planteo de traslado de la Capital no es nuevo. Muchos lo han pensado como un recurso para sustraer alos gobiernos de la Nación de las presiones perniciosas que pudieran provenir de la concentración portuaria donde tienen sus sedes las empresas más poderosas. Otros quizá piensen en distanciarla de las manifestaciones multitudinarias y de los múltiples problemas potenciales que significan las inmensas concentraciones poblacionales del Gran Buenos Aires.
Como fuere, no es un tema que pueda ser tomado a la bartola, con disipación y ligereza. Se trata de un proyecto que llevaría años de estudio y consultas.
Hoy, la presidenta lo tira quizá con la vana intención de que se transforme en un eje de discusión y distracción que pueda pasar a un segundo plano los temas perentorios que se están incorporando aceleradamente a la agenda cotidiana de los argentinos. Si esta fuera realmente la intención presidencial, puede afirmarse que nuevamente la percepción de la presidenta adolece de serias fallas.
Ya es tarde para que pueda ser confundida por una estadista, una mujer preocupada por grandes temas, que siempre significan grandes consensos.
Cristina marcha hacia el encuentro de su destino. Quizá sea conveniente que sus asesores la enderecen hacia temas más pedestres que demandan un abordaje perentorio y que amenazan con estallidos inminentes.
El gobierno no está para siestas santiagueñas. El febril contexto portuario es el que más se adapta, hoy por hoy, a los tiempos que nos están llegando.
Con un default a la vuelta de la esquina, no parece razonable ponerse a hablar –aunque fuere en chiste- de mudarse al voleo.