Las armas sin adiós

Por Víctor Ramés
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Luis F. Benedit, “Pelea de gauchos”, 1985, óleo sobre madera. (Foto: Gustavo Sosa Pinilla).
Luis F. Benedit, “Pelea de gauchos”, 1985, óleo sobre madera. (Foto: Gustavo Sosa Pinilla).

Viejos y fieles periódicos del siglo XIX y principios del XX nos dejan vislumbrar la presencia de las armas blancas y de fuego en la vida social de la época. Nuestro puñado de “instantáneas” sobre la convivencia con esos objetos capaces de herir y de matar, se ven como puntas de iceberg de un asunto que echa raíces en el grado de saturación de la violencia social: en las prácticas agresivas o defensivas de una población formada por culturas diversas, mosaicos de tradiciones y costumbres; mentalidades forjadas por las experiencias de la guerra, de la lucha de clases, de la delincuencia, de la brutalidad y los abusos oficiales y privados, entre otras fuentes de una cultura violenta. Y mención colateral corresponde a los efectos del alcohol, como chispa capaz de encender una agresividad que es muchísimo peor con armas a la mano.
En 1886, a fines de febrero, el órgano católico El Eco de Córdoba da noticia de una situación de abuso policial cometida contra “nuestro amigo, el joven Paz”. El susodicho “salía antenoche a las 9 de hacer una visita a una familia de su relación, cuando por orden del Comisario Luque fue detenido en la calle y registrado inmediatamente. Habiéndosele hallado revólver, le fue quitado y enviado a la Policía con un vigilante, adonde después de hacerle pasar una noche entera en el patio de los ebrios y haberle hecho pagar una multa de 5 pesos nacionales por cargar armas prohibidas, se le puso en libertad.” El articulista defiende el derecho del joven Paz, o cualquier ciudadano, a portar el arma y en cambio carga contra el abuso policial: “Ahora preguntamos, ¿qué derecho tiene un comisario o cualquier agente de la autoridad, para parar a un individuo en la calle y registrarlo? ¿De dónde se ha imaginado D. Marcos Juárez que tiene facultades que no le ha dado la constitución?”
Claro que, para le época, lo más común y accesible era el uso de armas blancas, y éstas podían salir a relucir al menor pretexto, como ocurrió en el episodio también registrado por El Eco de febrero de 1886: “Antenoche se hallaban en el almacén situado entre las calles Caseros y Ayacucho, varios individuos tomando la copa, como sucede frecuentemente en esta clase de casas. Parece que el albañil Isauro Quintana se dirigió a un viejo Sandalio, de profesión carrero, diciéndole que le echara unos viajes de carro al siguiente día, siendo este el principio de una ligera disputa que dio por resultado el que el viejo le infiriera una puñalada en el muslo, de bastante profundidad.”
Menos mal que la disputa fuese ligera, pensamos; la susceptibilidad del viejo Sandalio estaba efectivamente enturbiada por el trago. También pensamos que nos dan con ciento veintiocho años de retraso la dirección del boliche donde se podía “tomar la copa”. El hecho se queda corto, comparado con tantos otros episodios sangrientos por un quítame allí esas pajas, en la Córdoba finisecular del XIX, pero basta para muestra.
Avanzando a principios del siglo siguiente, llama la atención el cuadro de situación que formula La Voz del Interior de abril de 1906, producto de la observación callejera y cotidiana del cronista, enfocada en este caso sólo en las armas de filo, contrafilo y punta.
“Comprendemos que los vecinos de los pueblos de la provincia, los propietarios de las estancias estén armados hasta los dientes durante las largas noches en que las vidas y los intereses están a merced de los facinerosos; pero no acertamos a comprender por qué, en pleno día, cada hombre representa un arsenal, haciendo gala en las calles y en presencia de las mismas autoridades, de armas criminales como el facón y el puñal, que son prohibidos terminantemente por la ley.
Esos terribles asesinatos cometidos con refinada alevosía y cruel ensañamiento, se perpetran generalmente por causas nimias, por simples discusiones, inspirados casi siempre por el alcohol, y más de las dos terceras partes de esos dramas sangrientos, se evitarían si las autoridades fueran inflexibles, castigando inexorablemente como ordena la ley, a todos los que van provistos de esas armas exponiéndolas a la vista de todos los hombres de bien.”
Y para concluir, levantamos cita de La Patria de enero de 1909, en referencia a un arma de fuego: “Mientras nuestra policía no adopte enérgicas medidas de represión contra la inveterada costumbre del uso de armas y que tan funestos resultados ha producido debido a la imprudencia o falta de previsión de los que las llevan, tendremos que lamentar hechos sangrientos como el ocurrido anteanoche en casa de la mujer Inés González, dueña de una casa de citas en la calle Santiago del Estero, y del que ha resultado gravemente en el vientre el menor de 18 años Arturo Aquilino, siendo su heridor Luis Paredes, también menor de 21 años”. Como comentario del hecho, el reporte dice: “Tan arraigado está el habito de cargar armas que sin excepción, rara es la persona que no las lleva y principalmente entre menores, que nada de extraño es ver que en el más pequeño incidente que se produce, hacen relucir puñales y revólveres de grandes dimensiones en parajes públicos, como ostentando la complacencia de la autoridad que no procede a su secuestro y haciendo un alarde del mal índole que los domina.”
De un modo u otro, hay que asumir lo añeja que es la tradición de nuestra violencia.