Un gobierno peleado con todos

Por Gonzalo Neidal

DYN22.JPGUn gobierno es la representación social de sectores económicos. De clases sociales, diríamos si nos empecináramos en utilizar la terminología de los setenta. Responde a intereses sociales. La gente lo vota porque siente que su política la beneficia de algún modo.
En los comienzos del peronismo, a mediados del siglo pasado, se teorizaba acerca de qué sectores económicos y de clase representaba el movimiento que irrumpía en la sociedad de la posguerra. El nacionalismo de izquierda interpretaba que en el país se habían configurado dos bloques de intereses: uno, el del atraso, estaba formado por el país tradicional, la economía agropecuaria que había entrado en crisis en 1930 cuando Inglaterra decidió privilegiar a sus aliados (Australia, Canadá, Nueva Zelanda) en la compra de alimentos, postergando a nuestro país. Este bloque de intereses económicos, políticos y sociales estaba integrado por el grueso de los propietarios agrarios, los grandes empresarios de capital nacional y extranjero, amplias franjas de las clases medias urbanas y rurales. Los grandes terratenientes eran la expresión más lúcida y concentrada de ese poder.
El otro bloque de intereses, se teorizaba hace 60 años, era el configurado por el nuevo país industrial que pugnaba por emerger. Lo configuraban el grueso de los obreros industriales, los peones rurales, las clases medias urbanas de bajos ingresos, los pequeños empresarios nacionales. El peronismo surgió como representación política de este último bloque económico.

Según pasan los años
Aquella era la foto de la estructura económica y política de la posguerra, conforme a la versión nacionalista más difundida. Saltemos ahora setenta años adelante y tratemos de analizar la situación actual tratando de fijarnos en qué ha cambiado y qué permanece respecto de aquellos años.
Los cambios son sustanciales. En lo internacional, ya no existe la Guerra Fría. La pugna entre el mundo capitalista y el socialista, ha concluido. Ya nadie habla de un Tercer Mundo sino de países emergentes, que además son los que más han crecido y siguen creciendo en estos últimos años. El bloque soviético estalló y emergió una nueva potencia mundial: China.
A partir del crecimiento de los ahora llamados “emergentes”, principalmente el bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el precio de las materias primas se disparó en forma colosal. A tal punto que abolió la teoría cepalina sobre el deterioro de los términos del intercambio. El agro argentino, al que en los años ’40 se le imputaba improductividad, se ha transformado hace ya mucho en el sector más eficiente de la economía y, en su rubro, figura al tope de la productividad a nivel mundial. La industria argentina, en cambio, no satisfizo las expectativas que acerca de ella se abrigaban hace medio siglo.
En aquellos años, el peronismo se planteaba como la representación política de un bloque económico industrialista. La debilidad de los industriales nacionales, se decía, hizo necesario que fuera el Ejército el que tomara en sus manos la tarea histórica de la industrialización. Perón fue el cerebro y el líder (bonapartista, en tanto arbitraba “por encima” de varias clases sociales) de ese proceso trunco.
Muy a comienzos de esta larga década, el extinto Néstor Kirchner abogó por el fortalecimiento de una genuina “burguesía nacional”, una clase de industriales fuerte, con conciencia de su rol histórico, con ímpetu creativo, con vigor empresarial. Fue un atisbo que apenas tuvo concreción material en el entorno presidencial, si es que podemos contar a Lázaro Báez, Cristóbal López y alguna que otra empresa amiga del gobierno, como una expresión real de aquél deseo manifestado por Kirchner.
Con la crisis del campo en 2008, el gobierno revivió las viejas consignas anti oligárquicas de hace más de medio siglo, aún cuando es evidente que la estructura económica y la composición social del campo ha cambiado sustancialmente desde aquellos años. Ni qué decir sobre los niveles de eficiencia y productividad.

El Club de la Pelea
Intentemos reconstruir la lista de aliados y enemigos del gobierno. Veamos.
Los productores agrarios en casi su totalidad, se enfrentan al gobierno por su política tributaria, principalmente. Ese fue el motivo del estallido de 2008. Pero es claro que, además, se va sumando el retraso cambiario. En estos días la situación de los productores sufre un deterioro adicional debido a la baja de algunos precios en el mercado mundial, especialmente de la soja.
Los industriales tanto de la AEA (Asociación Empresaria Argentina, los más grandes) como los de la UIA (Unión Industrial Argentina, también importantes) están disconformes con la política económica y con la actitud del gobierno hacia el empresariado. En este momento, además, se sienten atacados por el nuevo proyecto de Ley de Abastecimiento.
Los trabajadores industriales organizados a través de las grandes centrales obreras, en su gran mayoría, enfrentan al gobierno por diversos motivos que van desde la inseguridad en la vida cotidiana al avance del Impuesto a las Ganancias sobre los salarios de los trabajadores.
Ni qué hablar de las empresas extranjeras. La exacerbación de la disputa judicial con los fondos especulativos y los holdouts han hecho recrudecer el discurso de la presidenta a punto tal que ayer anunció que denunciará penalmente a una empresa extranjera del rubro gráfico en razón de que anunció que cerrará su planta en el país. La presidenta toma esta decisión empresaria como un atentado desestabilizador hacia el gobierno nacional.
El furor del enojo presidencial porque las cosas no se están presentando conforme a sus previsiones, bordea lo irracional. Esto puede verse en el caso de las discusiones con la Iglesia Católica. Apenas se está reponiendo el gobierno del papelón perpetrado contra Jorge Bergoglio (a quien se cansaron de desairar mientras no fue Papa) cuando Jorge Capitanich se enoja fieramente con los obispos porque éstos osaron preocuparse por los despidos y la inseguridad laboral que ya es evidente en todos los terrenos y áreas económicas.
En este contexto, ajeno a un vínculo efectivo y fructífero con quienes producen, el gobierno apenas intenta exacerbar su discurso pretendidamente patriótico y seguir gastando en lo que llama “programas sociales” que contribuyen a promover la inflación y crear un espejismo momentáneo de que todo mejora porque el gobierno concurre con plata ahí donde escasea.
Es el ciclo populista en todo su despliegue.
Es un programa que siempre termina igual.
Y si esta vez ha durado más tiempo del que podía esperarse inicialmente, ha sido en razón de los extraordinarios recursos provenientes del aumento de los precios de los productos agrarios, por un lado y de la depredación de recursos, por otro.
Con esto último nos referimos especialmente a los fondos de las AFJP, a las reservas de petróleo y a la deuda con el Banco Central como consecuencia de la emisión monetaria.
Sólo queda el discurso.
Y la pelea contra el resto del mundo.