Historias de amor y poder: Juan Domingo Perón & Eva Duarte (Segunda parte)



eva y peron

Un casamiento por necesidad

Después de aquel encuentro en el Luna Park, durante el acto de solidaridad con las víctimas del terremoto de San Juan, Perón y Eva ya no volverían a separarse.
Aunque durante los meses siguientes seguirían manteniendo las apariencias de vivir en casas separadas, después de la primera cita Perón se había mudado al edificio de Eva, en la cuadra del 1500 de la calle Posadas, donde estaba el departamento que Imbert le había conseguido a la actriz, y en los hechos vivían en el que había alquilado Perón. No era muy grande y estaba mal amueblado, pero tenía un placard con abrigos de pieles de nutria y zorro plateado que Eva lucía en sus películas.
Poco a poco la pareja empezaba a dejarse ver, a salir en algunas notas de revistas y a mostrarse en público. La imagen que daban era la de un hombre musculoso, con sonrisa de galán de cine y sexualmente atractivo, y la de una mujer menuda, rubia (se había teñido el pelo para hacer la película “La cabalgata del circo” y había mantenido el color), llamativa pero no demasiado hermosa.
Perón, en una de las pocas descripciones con algún erotismo que hizo de ella, la definió así: “De frágil presencia pero de vigorosa voz, con una larga cabellera que le caía suelta sobre la espalda, y de ojos ardientes”.
La vida en común, en los primeros tiempos, tuvo decenas de testigos, y entre ellos hubo algunos que pusieron en duda la cantidad de calor que había en la pareja. Arturo Jauretche diría que ni Perón ni Eva estaban dominados por el sexo o enamorados, y que se trataba simplemente de dos voluntades unidas, dos pasiones por el por el poder que se expresaban comunitariamente.
Perón ya estaba lanzado de lleno a su carrera política, y en la calle Posadas se sucedían las reuniones con colaboradores, militares en actividad y empleados del ministerio de Guerra. Eva, que componía en la radio el personaje de Sarah Bernhard, llegaba al departamento por la noche y se integraba a los encuentros escuchando en silencio las conversaciones.
Aunque nadie los comentaba, todos conocían los chistes de moda. Uno de ellos había aparecido en un semanario y era una caricatura que representaba a Perón y al coronel Imbert. Perón decía: “¿Por qué no me saluda? Los dos hemos servido en el mismo cuerpo”.
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Durante 1944 y 1945 Eva vivió junto a Perón todo su ascenso, y en sus memorias él iba a recordarla más como una alumna que como su mujer: “Me seguía como una sombra, me escuchaba con atención, asimilaba mis ideas y las ejercitaba en su mente extraordinariamente ágil, y seguía mis directrices con gran precisión”.
Su carrera política tuvo su punto culminante el 17 de octubre de 1945. Ese día decenas de miles de personas, en su mayoría humildes trabajadores, dieron su apoyo al coronel y le permitieron conseguir lo que quería: formar un gabinete propio y ponerle fecha a su llegada a la presidencia.
Eva, más como militante que como amante, no fue ajena a esa batalla. En los días previos, Perón había sido detenido y encerrado en la isla Martín García, en el Río de la Plata, y ella había sido una de las personas que se había movilizado para lograr su liberación.
Perón le había mandado una carta desde la cárcel, y en ella por primera vez le proponía casamiento: “Mi adorable tesoro: sólo cuando estamos apartados de quienes amamos sabemos cuánto les amamos. Desde que te dejé ahí, con el mayor dolor que se pueda imaginar, no he podido sosegar mi desdichado corazón. Ahora sé cuánto te amo y que no puedo vivir sin ti. Esta inmensa soledad está llena de tu presencia. (…) Tan pronto salga de aquí nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio…”.
En otros párrafos de la misma carta, fechada en la prisión el 14 de octubre, el coronel había escrito: “Haré lo posible por regresar a Buenos Aires. Si se acepta mi excedencia nos casaremos al día siguiente, y si no ya lo arreglaré todo de una forma u otra. Pero sea lo que sea, pondremos fin a tu vulnerable situación”. Y terminaba: “Amor mío, tengo en mi cuarto aquellas pequeñas fotos tuyas y las contemplo todos los días con los ojos húmedos. Que no te pase nada o de lo contrario mi vida habría acabado. Cuidate mucho y no te preocupes por mí, pero quereme mucho porque necesito tu amor más que nunca”.
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La decisión de casarse, que en aquellos días aparecía tan firme, se había originado en razones distintas al amor. Perón y Eva estaban bien juntos, conviviendo sin papeles, y quizá así habrían seguido indefinidamente a no ser por los planes para el futuro: él quería ser Presidente, y no hubiera sido posible que un militar argentino llegara al cargo viviendo con una mujer que no era su esposa. Y sobre todo si, como era el caso de Eva, ella tenía una profesión que no se consideraba respetable.
En los círculos de poder podía permitírsele al coronel que conviviera con una mujer diciendo que era su hija, pero escondiéndola en el cuarto trasero. Dar el consentimiento para que formara parte de su vida pública, en cambio, era inadmisible para alguien que apostara a una carrera de soldado y de político.
Como única manera de resolver esta situación, Perón y Eva decidieron casarse y lo hicieron por civil en Buenos Aires y por iglesia en La Plata.
La primera ceremonia se hizo el 22 de octubre de 1945, y a los efectos legales no tuvo ningún valor porque los cónyuges falsearon sus datos personales: Eva la edad (declaró tres años menos) y Perón su estado civil (se anotó como soltero aunque era viudo). Por otra parte, aunque el acta fue preparada por un notario de Junín y fechada en esa ciudad bonaerense, el casamiento se realizó en la casa de la calle Posadas y tampoco se cumplió con el examen prenupcial obligatorio. Los testigos, que convalidaron todos los errores, iban a ser el hermano de Eva, Juan Duarte, y el coronel Domingo Mercante.
Un mes y medio más tarde, el 9 de diciembre, la ceremonia religiosa se celebró en la iglesia de San Ponciano,
en La Plata. Perón, sonriente, vestía su uniforme de coronel, y Eva un sencillo vestido blanco tocado por un sombrero de ala ancha. Juan Duarte fue el padrino de la boda.
Así terminaba el “escandaloso concubinato” del poco después presidente de la Nación. El futuro sería vertiginoso y no dejaría tiempo para la luna de miel.
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El 31 de diciembre de 1945 el coronel Juan Domingo Perón fue ascendido a general de brigada, y el 4 de junio de 1946 asumió como Presidente tras haber ganado las elecciones celebradas el 24 de febrero.
Los días entre el casamiento y los comicios fueron de trabajo sin descanso para los recién casados, durante los cuales casi no pudieron tener intimidad. Perón recorría el país en un tren y Eva lo acompañaba. Pasaron juntos el Año Nuevo en Santiago del Estero y después estuvieron en Mendoza, en Córdoba, en Junín y en Rosario. Era la primera vez que una mujer estaba junto a su hombre en una campaña presidencial, y en el interior era tan aclamada como él porque la gente la reconocía como actriz.
Una vez terminadas las giras, Perón y su esposa se mudaron al departamento B del edificio de la calle Posadas, dejando definitivamente libre el departamento A que Imbert le había dado a Eva.
Ella comenzó a ocuparse de pequeños detalles de la campaña electoral, se ganó las primeras antipatías del núcleo que rodeaba a su esposo, y sólo asistió a un mitin político sin Perón. Fue una reunión de mujeres que no la dejaron hablar en toda la noche: cada vez que empezaba su discurso, la interrumpía un grito de guerra: “¡Pe-rón, Pe-rón!”.
El primer acto oficial al que le tocó asistir fue el del 3 de junio de 1946, la víspera de la asunción de su marido, cuando debió presidir la mesa de los funcionarios salientes en un banquete ofrecido a las delegaciones extranjeras.
Ese día, Eva empezó a exigir que oficialmente se la nombrara como “Doña María Eva Duarte de Perón”.
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“Evita”, como obstinadamente empezó a llamarla la gente, cambió desde entonces su ritmo de vida.
En 1945 había filmado su última película, “La pródiga”, cuyos exteriores se rodaron entre Santa Rosa de Calamuchita y Calmayo, y aunque ese mismo año fue elegida presidenta de la Asociación de Actores, cada vez tuvo menos contacto con el ambiente artístico.
Después de asumir la presidencia, Perón y su esposa se mudaron al Palacio Unzué, en la esquina de avenida Libertador y Austria, y establecieron allí su residencia permanente. Se levantaban a las seis de la mañana (Perón recordaría luego que era una costumbre de cuartel), desayunaban juntos media hora más tarde, y luego Eva era la primera en salir a trabajar rodeada por una custodia de policías en moto.
Aunque no tenía cargos formales en el gobierno, colaboraba con su marido ocupándose de la ayuda oficial del Estado. Los primeros tiempos dispuso de oficinas en el cuarto piso del Correo Central y luego decidió mudarse al Ministerio de Trabajo, donde se comportaba como si fuera el ministro.
Era temperamental y agresiva pero de una lealtad inquebrantable hacia Perón, que la veía con orgullo: “Evita merece una medalla por todo lo que ha hecho en pro del trabajo”, dijo una vez, y agregó: “Para mí, ella vale más que cinco ministros juntos”.
Eva regresaba a la residencia presidencial a mediodía, donde Perón ya la estaba esperando; almorzaban juntos y después de una siesta que dormían por separado, a la tarde salía a recorrer fábricas, escuelas y barrios pobres.
La pareja llevaba una vida ordenada, tan tranquila y apacible como puede ser la vida de un Presidente y su esposa.
Casi nunca salían de noche si no tenían obligaciones protocolares, y preferían recibir amigos en la residencia, fundamentalmente al presidente de la Cámara de Diputados, Ricardo Guardo, quien llegaba de visita acompañado de su mujer Lillian Lagomarsino. El propio Perón bajaba a la calle para abrirles la puerta del auto.
En el Palacio Unzué, en pleno corazón de Recoleta, el matrimonio tenía tres perros caniches, dos ciervos, dos gacelas y un mirlo amaestrado que se subía al hombro del general. Había más animales en la casa de fin de semana, una quinta en San Vicente: además de los perros y algunos caballos, tenían allí quince avestruces, ocho cigüeñas, dos flamencos, cinco llamas y once chajás. Ese era el lugar que más le gustaba a Eva. Vestía pantalones y cocinaba empanadas mientras Perón, con bombachas de campo y botas, hacía asados para los invitados que llegaban.
Esas comidas de fin de semana fueron la única conspiración contra la silueta de Eva, quien debió preocuparse de su peso. Una dieta rigurosa y el frenético ritmo de su vida hicieron que pudiera mantener una figura delgada y esbelta.
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Aunque la pareja nunca pareció consumirse en el fuego del sexo y de la pasión, entre ellos había una relación hacia adentro y otra distinta hacia afuera. Perón interrumpía con frecuencia sus actos y sus discursos para besar a Eva, y la multitud deliraba en medio de un regocijo hipnótico.
Fue un periodista extranjero quien lo advirtió más claramente. En un artículo publicado en la revista New Yorker y titulado “Love, love, love”, Philip Hamburger escribió: “El clásico romance de revista sensacionalista de nuestros días puede muy bien convertirse en ‘Las fabulosas aventuras de Juan y Eva Perón’ o ‘El amor todo lo puede”.
Y también: “El amor hace girar a Juan y Eva Perón. Toda su actuación está basada en el amor. Están constantemente, locamente, apasionadamente, nacionalísticamente enamorados. Y así se comportan con las personas, de una manera completamente abierta. Son los amantes perfectos: generosos, amables, siempre considerados y atentos, tanto en los asuntos importantes como en los insignificantes. Su amor lo abarca todo y siempre está presente. Se deja caer como un manto blanco sobre los amados, y les proporciona calor y protección además de la oportunidad de un sueño bueno y duradero”.
Era cierto: Perón estaba totalmente fascinado con su mujer, y en su presencia se comportaba como un adolescente enamoradizo. Cada vez que ella partía en uno de sus frecuentes viajes al interior; la despedía con una cortesía casi pasada de moda: se inclinaba ceremoniosamente y la besaba en la frente.
De ella hacia él, en cambio, la relación era la de una alumna hacia su maestro, pero con agregados místicos: “Dios, que no pudo concebir el cielo sin su Madre, a quien amaba tanto, me perdonará porque yo tampoco puedo concebirlo sin Perón”, escribiría en sus memorias.