Vocación para complicar

Por Gonzalo Neidal

DYN25.JPGA medida que la situación económica va empeorando (y lo hace cotidianamente), el gobierno va apurando las páginas de su manual keynesiano. Y esto no hará más que agudizar algunos problemas.
Uno de ellos, es que terminará de dirimir la disputa entre el ministro de economía Axel Kicillof (claramente respaldado por la presidenta de la Nación) y el titular del Banco Central, Juan Carlos Fábrega. Ambos tienen ideas distintas acerca de cómo funciona la economía y, en consecuencia, qué debe hacerse en un momento como éste, como el que estamos viviendo. Mientras Fábrega tiene una visión más “ortodoxa”, por así llamarla, Kicillof insiste en su receta intervencionista.
La situación se está complicando en varios frentes. La inflación sigue su marcha pero el gobierno encuentra que los responsables son los empresarios. Por eso promueve una serie de modificaciones a la Ley de Abastecimiento, consistente en introducir regulaciones a los precios y a los márgenes de ganancias. Quiere multar a los empresarios que muevan los precios. Es la línea de Guillermo Moreno pero potenciada. Una intervención creciente en la vida de las empresas, que éstas rechazan y que, todos sabemos, no podrá obtener resultados satisfactorios en el terreno de la inflación. Este combate ya ha comenzado y tenderá a empeorar si el gobierno no renuncia a semejante dislate.
Kicillof quiere combatir la recesión con abundancia de dinero. Es su receta, que atribuye a Lord Keynes. Lo dijo la presidenta en un reciente discurso: hay que consumir, no hay que ahorrar pues el que ahorra, pierde. Una fórmula muy sencilla y rústica. Por eso, Kicillof quiere bajar las tasas de interés y de hecho lo está haciendo. Fábrega se resiste a ello. El argumento del ministro es también sumamente simple: si se bajan las tasas se estimula el consumo, eso reactivará la economía y entonces la recesión amainará.
Es que el gobierno ha tomado nota de los cierres de empresas y comercios, de las suspensiones en varios sectores, de la caída del consumo y la inversión. Aunque a Kicillof le parezca una frase horrible, lo cierto es que no hay un buen clima de negocios. Ya se lo dijo Méndez: en estas condiciones, nadie está dispuesto a invertir en el país.

Populismo a fondo
Si la economía fuera tan sencilla como parece pensar Kicillof, no sería necesario estudiarla. El ministro vive congelado en la crisis del ’30, cuando apareció Keynes y dijo que había que promover el consumo, aumentar el gasto público y, si fuera necesario, emitir.
Está claro que, en ciertas condiciones, el estímulo de la demanda incide benéficamente sobre el nivel de actividad económica. Nadie podría dudarlo. Pero pasados ciertos límites, el exceso de gasto opera como un bumerán: desata la inflación y quita ingresos a los más pobres. Luego viene la caída del nivel de actividad que, si se pretende sostener con nueva emisión, lleva a situaciones fuera de control. Y hacia allí pareciera que nos estamos dirigiendo.
Pero el descontrol inflacionario no es el único problema. Hace pocos días una gran imprenta de capital extranjero decidió cerrar su planta y abandonar el país. Al parecer, uno de los problemas mayores que sufre es la falta de insumos, provocada por la pastosa administración de las importaciones que realiza el gobierno, necesitado de ahorrar dólares. Por su parte, Héctor Méndez, el titular de la UIA, señaló que debido al tipo de cambio revaluado, a las empresas del interior del país, todas ellas pequeñas o medianas y vinculadas a producciones regionales, se les hace imposible exportar. Son dos caras de un mismo problema.
Incluso el economista Aldo Ferrer afirmó que es preciso lograr un “tipo de cambio competitivo”, eufemismo que, como todos sabemos, supone una devaluación. Pero está claro que una devaluación será un nuevo balde de nafta al proceso inflacionario, por lo cual se trata de un remedio que resultaría peor que la enfermedad.
Por todo ello, el gobierno parece decidido a apoyar su programa económico en dos variables. Una, la épica: “Patria o buitres”. La pelea contra Griesa, Obama y, si fuera necesario, la OTAN. Esto suma apoyos patrióticos, según cantan las encuestas. La otra, el manual populista: gasto, emisión y peleas con los empresarios.
Para colmo de males, la soja ha bajado. Luego de rozar los 2.700 pesos por tonelada en Rosario, descendió debajo de los 2.400 y ahora repuntó apenas. Esto supone menos dólares y reticencia a vender por parte de los productores, que esperan un mejor precio que el actual.
Todo es muy elemental y precario. El gobierno carece de filtros. Ningún sector interno se anima a decirle a la presidenta que va por un camino peligroso. No hay disidencias. Un proyecto enviado al Congreso, tiene la garantía de ser aprobado sin chistar. Todos levantarán la mano para aprobarlo. Así funciona la política nacional. No hay margen para la discusión. Lo que dice la presidenta es lo que se hace, obedientemente.
Una democracia de cuarta categoría, sin debate interno, sin diferencias de opinión, sin aportes de nuevas ideas. Sin flexibilidad. Y esto ocurre aún cuando se pueda tener la evidencia que vamos por mal camino.
Ya casi no quedan economistas que aprueben el rumbo fijado. Incluso lo rechazan los propios profesionales que otrora apoyaron al gobierno o respaldaron sus puntos de vista más centrales. Van quedando la presidenta y su ministro de economía. Y los chicos de La Cámpora. Así estamos.