Un ensayo riesgoso

Por Gabriela Origlia

0 slide - copiaEl Gobierno nacional vuelve a instrumentar una receta que ya probó y que –en buena medida- lo empujó a la devaluación de enero. En resumidas cuentas busca reactivar la economía bajando la tasa y poniendo más pesos en la calle, todo sin tener dólares suficientes para hacer frente a las posibles (y previsibles) consecuencias que podría haber: que los pesos se vuelquen a los dólares, como ya pasó. De seguro el tema está “estudiado en profundidad” como le gusta decir a Axel Kicillof, indiscutido vencedor en la pulseada con el presidente del Central, Juan Carlos Fábrega.
A comienzos de año la decisión de la devaluación apuntó a frenar el drenaje de reservas. Se acompañó de un alza de tasas de interés que –aunque enfriaría la economía- ayudó a seducir a quienes tenían pesos dándole una opción al dólar. Era una medida que el kirchnerismo había pospuesto durante meses y mientras se quejaba de la preferencia de los ciudadanos por el dólar seguía de brazos cruzados mientras esa moneda era la inversión más rentable. Hace unos días la Presidenta advirtió –palabras más, palabras menos- que quienes compran dólares se equivocan. Lo cierto es que para cambiar conductas se necesitan más que palabras: si la percepción es que la divisa, por efecto de la inflación, está barata las expectativas de devaluación aumentan. Y ya se sabe lo que hace el que se “quemó con leche”…
El ensayo de Kicillof se basa en el concepto –ampliamente aceptado en el kirchnerismo aunque no más allá de ese círculo- que la emisión de dinero no provoca inflación. Es decir, ante la falta de otras fuentes de financiamiento, se le puede seguir dando impulso a la “maquinita”. El recorte del gasto público no entra en sus planes. Ni ahora, cuando algunas medidas expansivas se justificarían por la recesión, ni antes cuando el consumo era una fiesta. La mirada “Estado centrista” –que en otras oportunidades ya fue abordada en este mismo espacio- es determinante para no advertir que el ajuste lo están haciendo los privados.
Frente a ese problema la respuesta es más de lo mismo. Intervenir y prohibir por ley lo que la realidad empuja a hacer. El proyecto de Ley de Abastecimiento que está en debate apunta no a mejorar la calidad de los productos y servicios que reciben los ciudadanos sino a establecer qué, cómo y con qué márgenes deben operar las empresas. Un intento –al menos de varios de los puntos de la iniciativa- de consolidar lo que ya probaron en mercados como el de la carne o el trigo, con resultados conocidos.
En estos contextos como estos el Estado –como dijo la Presidenta- termina poniendo la plata que no ponen los empresarios. En parte no la ponen por cómo se comporta el Estado. Así hay círculo vicioso en vez de virtuoso que claramente condiciona la salida de los problemas que atraviesan la economía. Por el contrario, los retroalimentan. Frente a este panorama las proyecciones apuntan a que el frío de la actividad no sólo seguirá este año sino, muy probablemente, el próximo.
La luz amarilla es la situación social. Una señal de que hay preocupación es que los gremios ya se preocupan más por mantener los puestos de trabajo que por no perder poder adquisitivo. Saben que, por un tiempo, la prioridad cambia. Tienen experiencia de sobra de lo que significa tirar la cuerda en épocas de crisis.