Hasta que la muerte los separó

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra lennon estatua libertadUna ciudad que no es cualquier cuidad. Muchas veces se la ha considerado el ombligo del mundo, pese a que ni siquiera es la capital de su país. Pero, claro, es allí donde se encuentra el polo de las finanzas globales, Wall Street. Y también allí se han ambientado tantas películas, tantas historias literarias, tantos musicales clásicos… que su presencia parece de una cercanía que no se corresponde con la realidad.
New York fue además, como si esto fuera poco, el sitio que John Lennon eligió para vivir, cuando la catástrofe económica que siguió a la separación de los Beatles lo mandó al exilio. Pero mientras el músico manifestó de todas las maneras posibles su amor por esa urbe cosmopilta, ésta no lo trató en consecuencia. De hecho, la relación entre ambos finalizó de la peor manera cuando en la noche del 8 de diciembre de 1980, Lennon cayera asesinado por los disparos de Mark David Chapman en la puerta misma del edificio Dakota donde vivía.
A su arribo a la costa este de los Estados Unidos, el ex Beatle se encontraba en plena ebullición ideológica, con letras que necesariamente manifestaban su oposición a la guerra, a las discriminaciones raciales y sexuales, y a todo tipo de violencia. Vale recordar que Estados Unidos llevaba largos años de combate en Vietnam, donde se acusaba a los norteamericanos de haber transgredido todos los límites éticos, en una escalada que incluía la cruel utilización del napalm.
En ese contexto, la radicación en Nueva York de un célebre pacifista de posiciones radicalizadas en su antibelicismo no podía ser bien vista por las autoridades, que se obstinaron en negarle el permiso de residencia y que varias veces estuvieron a punto de deportarlo. El menos interesado en que Lennon permaneciera en territorio estadounidense era el propio presidente Richard Nixon, embarcado en la búsqueda de una reelección que lo iba a encaminar a una deshonrosa caída en 1974, tras los chanchullos que destapó el llamado “caso Watergate”.
En el plano estrictamente personal, Lennon afrontaría en 1973 un duro golpe, cuando él y Yoko Ono optaran por separarse. A partir de ese momento, sobrevinieron 18 meses que se perpetuaron como el “fin de semana perdido” y en los que el ídolo rockero emprendió una interminable caravana de excesos, más por despecho que por otra cosa. En contacto con otras luminarias del espectáculo, su agenda lo llevaba de New York a Los Ángeles y viceversa, mientras Yoko esperaba pacientemente por una reconciliación anunciada.
Volvieron a estar juntos desde comienzos de 1975 y el 9 de octubre de ese año, para el cumpleaños número 35 del autor de “Imagine”, nacía su hijo Sean. A partir de entonces, iban a transcurrir cinco años durante los que la pareja se dedicaría por entera a la crianza del niño, sin que ningún otro estímulo vital lograra distraerlos de esa tarea. Cuando anunciaron el retorno a la consideración pública con el disco “Double Fantasy”, la locura de un fan acabó con la vida de uno de los mayores referentes de la música en el siglo veinte.
De esos nueve años en los que John y Yoko residieron en los Estados Unidos, se ocupa la muestra “John Lennon, sus años en New York” que recopila trabajos realizados por el fotógrafo Bob Gruen, quien acompañó al dúo en carácter de chasirete personal. Hasta el 1 de septiembre, las fotos permanecerán expuestas en el espacio 220 CC de la Plaza de la Música, como testimonio de una tumultuosa historia de amor entre un hombre y una mujer… y entre un hombre y una ciudad donde fue feliz hasta que la muerte hubo de separarlos.