Giacomino, ¿el sucesor de Scotto dentro de las mini tribus K?

Por Pablo Esteban Dávila

daniel giacomino2Existe una ley física en política que señala que los espacios vacíos no tardan en llenarse. La monarquía inglesa la ejemplifica admirablemente desde 1272 con la expresión “el rey ha muerto, larga vida al rey”, en oportunidad de la sucesión de Enrique III por Eduardo I. Las repúblicas, menos mayestáticas, prefieren el camino de los vasos comunicantes, por el que un dirigente que abdica de su posición de poder no tarda en ser reemplazado por otros que aspiran a sucederlo, muchas veces en silencio.
Esto es lo que comienza a insinuarse en el kirchnerismo local tras la irresponsable renuncia de Carolina Scotto a su banca de diputada nacional. De una manera muy práctica, muchos de los integrantes de las minis tribus K habían depositado en la exrectora las esperanzas de una pronta redención política. Suponían que detrás del 15% obtenido en las últimas legislativas había nacido una estrella con la que iluminar el deslucido firmamento K. Pero la dama resultó ser una supernova, uno de aquellos soles que, en los momentos previos a su extinción, brillan con fuerza cegadora sólo para luego colapsar y desintegrarse en el espacio.
Se comprende, por lo tanto, que la desolación sea grande dentro de este archipiélago político aunque también se asuma que el luto no durará mucho. En este sentido, es altamente probable que uno de los primeros en abandonar la congoja sea el actual diputado kirchnerista Daniel Giacomino.
No puede decirse, a priori, que el exintendente sea el hombre del destino, tal como le espetó Winston Churchill a Charles De Gaulle en las horas sombrías de 1940, pero bien deberían reconocerse sus méritos. Giacomino es un verdadero self made man, alguien que se hizo a sí mismo y que, a pesar de haber navegado por intensas borrascas, todavía tiene mucho para dar. Su trayectoria política es meritoria.
De ser un reconocido director del Laboratorio de Hemoderivados de la Universidad Nacional de Córdoba pasó a ser viceintendente, luego diputado, finalmente intendente y diputado otra vez. Si bien en sus primeros años militó con Luis Juez –su mentor originario– nadie podría arrojarle el sambenito de la traición por el hecho de haberlo abandonado, pues su propio líder hizo lo necesario para que el discípulo terminara repudiándolo. Este antecedente lo releva de ser incluido en la categoría de los saltimbanquis, con su inevitable descrédito. Su pase al kirchnerismo fue leído, por lo tanto, como una consecuencia natural de un juecismo endogámico y empecinado en destruirlo, una comprensible estrategia de supervivencia que, en política, no tiene nada de reprensible siempre que opere (por supuesto) dentro de los márgenes de cierta estética que sólo la opinión pública es capaz de juzgar.
Tal linaje puede venirle como anillo al dedo en los próximos meses. Como la defección de Scotto ha dejado a las mini tribus en una etapa de incertidumbre, Giacomino bien podría reclamar su lugar. Sugerentemente, su perfil tiene un déjà vu con el de la malograda diputada. Al igual que Scotto, proviene de la esfera de las altas responsabilidades en la UNC y –lo que es altamente valorado en ciertos sectores del kirchnerismo progre– tampoco él es peronista. Si existiera un director técnico cristinista el enroque podría presentarse como el cambio de un delantero por otro, pero tal cosa no existe en Córdoba. Nadie duda que si el diputado quisiera convertirse en el indiscutido referente presidencial tendría que transpirar la camiseta, aún con su prosapia política.
Pero puede que otras circunstancias lo ayuden. A diferencia del kirchnerismo peronista (personificado por Mauricio Saillén y el incombustible Ricardo Moreno), los no peronistas saben mejor que nadie que su futuro es incierto. Descartan que tanto Saillén como Moreno se reacomodarán con cualquier justicialista que reemplace a Cristina Kirchner tan pronto esta abandone el poder, pero tal gracia no les será concedida a los que no saben cantar la marchita. Deben, pues, diseñar su propio bote salvavidas, así como Giacomino tuvo que hacerlo cuando terminó enfrentando a Juez y a sus concejales.
La sobrevivencia requiere, generalmente, un líder. No obstante, como dentro de las mini tribus el liderazgo es una substancia volátil, evanescente, es altamente seguro que se generará, a la brevedad, una importante discusión interna sobre quién debería conducir el “aterrizaje suave” del espacio de cara a 2015. Si se tiene en cuenta que existe mayor nivel de democracia y libertad allí donde no se encuentra un referente claro, bien puede afirmarse que los K mediterráneos se volverán (contrariamente a las actitudes de su jefa) profundamente democráticos en esta tarea. Y, a modo de bonificación política, no tendrán que temer los riesgos de libanización que podrían derivarse de tal estado de debate: las amenazas del entorno son lo suficientemente intensas como para disuadirlos de buscar horizontes por fuera de la alianza tribal que mantienen.
Se entiende que, ante este panorama, Giacomino pueda estar velando sus armas, aunque no debería suponerse que la estrategia debiera ser unidireccional. Porque, por más que tenga que agradar a la presidente y convencer a sus compañeros de ruta que la suya es la conducción que necesitan, sabe mejor que nadie que no se puede ganar una elección ejecutiva en Córdoba mostrándose monolíticamente kirchnerista. Entre aquel “soldado de Cristina” a este diputado correcto y de bajo perfil existe la sabiduría que dimana del duro aprendizaje de haber sido esmerilado desde todos los flancos por tan desafortunada expresión. Si las mini tribus terminan de consagrarlo como su “cacique provisional” (con esta gente nunca se sabe) lo será bajo las condiciones del exintendente, siendo una de ellas la moderación de su fe oficialista.
Algunas señales ha comenzado a dar. En los últimos tiempos reapareció con críticas a Ramón Mestre, a quien no lo percibe en su apogeo. Además, hace rato que desde la Municipalidad no se quejan de la herencia recibida, lo que siempre es buena noticia. A pesar de lo difícil que fue su gestión, Giacomino nunca renegó de ella ni se sumió en un silencio culpable. Por lo tanto, si el mandatario radical no levanta su imagen en los meses venideros, la puerta del Palacio 6 de julio quedará nuevamente entreabierta para otras candidaturas, incluida la suya. Nadie en el kirchnerismo –salvo la ya descartada Scotto– puede reclamar con éxito esta posibilidad.
A no sorprenderse: Giacomino podría demostrar, con próximas jugadas, la vigencia de la ley de llenado los espacios vacíos y, de paso, ratificar aquella otra máxima que sostiene que, en política, no debe darse por muerto a nadie que quiera seguir luchando. Dos lecciones al precio de una o –más apropiadamente– al de una diputada que decidió abdicar.