Un inesperado obsequio a De la Sota

Por Pablo Esteban Dávila

scotto_vota_36861Carolina Scotto prometió “hablar de Córdoba” durante la campaña que la llevó a la Cámara de Diputados de la Nación. No llegó a hacerlo. Renunció antes que pudiera decir nada relevante sobre la provincia o el país. Además, su único proyecto conocido terminó volviéndose en su contra: proponía que, entre otros posibles, ninguna escuela llevara el nombre de Juan Domingo Perón.
Las excusas formales para su renuncia han generado unanimidad: nadie las toma en serio. Las razones “de índole personal” invocadas para dejar la banca sugieren una perífrasis sobre las verdaderas causas del acontecimiento, que no serían otras que una distancia del mundo K y de sus modos de relacionamiento interpersonal.
Los más comprensivos dirán que es natural que una persona inteligente descubra, tarde o temprano, la natural perversidad del kirchnerismo; los menos, que nadie –especialmente Scotto– podría haber ignorado tal característica desde el mismo momento de su incorporación al espacio. ¿No sabía de aquellos modales la exrectora al cuando decidió aceptar su candidatura?
Al kirchnerismo pueden reprochársele muchas cosas, pero la duplicidad no es una de ellas. Son gente brutal, diríase que primitiva, en su estilo de praxis política. Esto lo sabe cualquiera. Por lo tanto, renunciar a una banca porque ninguno de los laderos parlamentarios de la presidente respetó las promesas supuestamente hechas por Cristina a la dimitente es, por decirlo de un modo elegante, una excusa infantil. Esta imprevisión descalifica intelectualmente a alguien que, en forma paradojal, hizo de sus capacidades científicas uno de los ejes más visibles de la pasada campaña electoral.
Además, debe agregarse que el supuesto “aprendizaje” sobre las triquiñuelas K fue bastante rápido. Si se descartan los meses de enero y febrero (en los que ya era diputada pero que, en los hechos, no fungió como tal), debe colegirse que en tan sólo cinco meses Scotto fue capaz de medir las dimensiones humanas y el compromiso político de sus compañeros de bancada y concluir que ninguna de las miserias detectadas en ellos tendría arreglo ni posibilidad de mejora en los casi cuatro años que todavía restaban de su mandato. Si este fuera el caso debería hablarse de una aguda observadora de la realidad y, en forma concomitante, de alguien sin ninguna voluntad de poder.
No hay renuncia tan precoz a un cargo electivo en la provincia de Córdoba desde 1983 en condiciones comparables. Podría argüirse que existe un antecedente en el caso de Germán Kammerath, electo vicegobernador a mediados de 1998 y luego renunciante para asumir como intendente de Córdoba a finales de aquel año. Sin embargo, la similitud termina en la anécdota de la cantidad de meses que ejercieron sus funciones. En aquel entonces era público que el ucedeísta permanecería poco tiempo en el despacho de la vicegobernación. Unión por Córdoba lo había proclamado candidato en elecciones internas y sólo había que esperar las elecciones generales para que intentara llegar al Palacio 6 de julio. Era una estrategia conocida por todos y que nunca se intentó disimular.
No es el caso de Scotto. Su candidatura prometió un quiebre con respecto a la oferta electoral del resto de los partidos. Secundada por Martín Gil (otra destacada autoridad universitaria), la lista del Frente para la Victoria parecía un ateneo. Este armado tuvo un mérito innegable porque, en forma sorpresiva, el raquítico kirchnerismo cordobés se alzó con un meritorio 15%. El pegajoso estribillo respecto a que “con la fuerza de Argentina, ¡vamos, vamos, Carolina!” logró convencer a muchos sobre que aquella académica de hablar pausado y amable bien podría no tener techo en el mundo de la política.
Pero se equivocaron de cabo a rabo. En menos de un semestre Carolina tiró la toalla. Cuando tuvo que vérselas con un medio hostil al que no estaba familiarizada decidió abandonar el buque. Al margen que esto no habla bien de su templanza (recuérdese, la verdadera virtud de los poderosos), su solidaridad con el proyecto nacional y popular quedó fuertemente en entredicho. Los maledicentes podrían solazarse afirmando que, al final, no llegó demasiado lejos con “la fuerza de Argentina”, una comprobación que –analizada objetivamente– tampoco habla bien de la potencia del país.
Debe asumirse que el episodio daña profundamente la imagen de Scotto de cara al futuro. Porque no sólo renunció a los honores sino que también renunció a la lucha, una doble resignación que la aleja de cualquier simbología peronista e imaginario del poder. Se duda que el electorado pueda ver a una personalidad tan frágil como alguien capaz de conducir una ciudad como Córdoba, no ya la provincia. Quizá la exrectora nunca debió aventurarse más allá de los límites de la ciudad universitaria, una suerte de República de San Marino rodeada por el lodazal político de la vida real. Muchos de los que creyeron ver en ella a un cuadro de recambio deberán aceptar, con las pruebas a la vista, que esta golondrina no hizo ningún verano.
Quedará para la especulación el que será de sus votos. Porque es preciso aceptar que, el 15% del Frente para la Victoria, un porcentaje importante (¿quizá más del cinco?) le correspondían a ella. Por el perfil que se imagina de sus electores, podría suponerse uno de corte intelectual, progresista, de aquellos que a cualquier político les gustaría tener. Podría suponerse que Luis Juez, necesitado como anda de apoyos y cortejado –en su momento– por ciertos intelectuales K, saldría a la caza de este segmento pero que también Oscar Aguad podría hacerlo, dados sus públicos elogios sobre las capacidades de Scotto. Aunque, pensándolo bien, buscar los votos scottistas en este momento sería algo así como intentar emular a aquel loco que refería Niestzche que “en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”. Lo más lógico sería intentar seducir a la dimitente como una forma de acercarse a su electorado, no obstante que esto también supondría un problema: ¿se puede contar como aliado a alguien de carácter tan voluble y decisiones imprevisibles? ¿Premiaría la opinión pública, nuevamente, a una mujer que se agotó sólo en sus promesas?
Qué lástima Carolina. Querer hablar tanto de Córdoba y elegir el silencio como único argumento. Quizá, en el fondo, no haya tenido gran cosa para decir, un inesperado obsequio a José Manuel de la Sota.