Pisar el acelerador

Por Gonzalo Neidal

lorenzetti_2_ramiro_10052014_aa_85186La presidenta fue clara: seguirá gastando lo que haga falta para sostener el consumo interno y no dejar caer la actividad económica.
Eso significará emisión monetaria y, entonces, mayor inflación.
Ese es el camino que marcó ayer la presidenta. Un camino, para llamarlo de algún modo, keynesiano ortodoxo. Y eso fue lo que anunció por la Cadena Nacional de ayer: créditos, estímulos al consumo, búsqueda de reemplazo de colectivos por parte de los empresarios del transporte, etc.
Es el manual clásico de las medidas contra cíclicas que todos los gobiernos intentaban desde mucho antes que Keynes naciera pero que han pasado a la historia como políticas keynesianas. Si la demanda cae, si entramos en recesión, entonces hay que impulsar la obra pública y medidas similares para estimular la demanda interna y de ese modo, contrarrestar la baja en la producción y el nivel de actividad.
El esquema de Cristina es sencillo: los problemas empezaron con la crisis en los Estados Unidos. Hasta ahí veníamos bien pero los imperialistas del norte, tan ávidos de dinero, generaron una crisis que se propagó por todos los países del mundo, entre ellos la Argentina, perjudicándonos.
Incluso la presidenta citó un párrafo de Adam Smith que le acercó –dijo- el ministro Kicillof. Allí, el economista escocés dice que ni el panadero ni el carnicero desarrollan su actividad por beneficencia sino para ganar dinero. Sin duda, un descubrimiento decisivo. Como quien llega a la conclusión que los Reyes son los padres.
En tiempos de recesión, las políticas de estímulo de la demanda son lo clásico. Lo más elemental que a uno puede ocurrírsele. El problema es que Kicillof y Cristina piensan que eso es TODA la economía. Que el secreto de esta ciencia consiste en inyectar dinero cada vez que cae la actividad. Y punto. Y eso es todo.

Seguridad jurídica
Hace un par de años, en ocasión de dar explicaciones sobre la expropiación intempestiva de Repsol – YPF, Axel Kicillof dijo que “seguridad jurídica” y “clima de negocios” le parecían expresiones horribles.
Quizá en ese momento no tenía todavía leída la frase de Adam Smith que ayer le acercó a la presidenta. Quizá en ese momento pensaba que, efectivamente, los inversores estaban dispuestos a hacer beneficencia. Porque tanto el clima de negocios (reglas claras que permanezcan en el tiempo, libertad para emprender) o bien la seguridad jurídica (que no te expropien la empresa, que no te fijen impuestos que cambien la rentabilidad, que no te pesifiquen, etc.) son condiciones que los empresarios tienen muy en cuenta al momento de poner dinero en un país.
Pero ahora da la impresión que el ministro cambió de opinión. Le parece importante la seguridad jurídica, a punto tal que fue lo que le exigió a… ¡los Estados Unidos! A la vez, le pidió al presidente Obama que le indicara al Juez Griesa cómo es que debe fallar en estos casos. El ministro no concibe que pueda existir la independencia de poderes. No entiende por qué Griesa no es alguien dócil como Oyarbide.

Lorenzetti 2015
Éramos pocos y apareció Ricardo Lorenzetti opinando, también, sobre la deuda argentina. Sabíamos que se trata de un experto en Derecho. Es nada menos que un ministro de la Corte Suprema. Nadie podría dudar de su idoneidad jurídica. Pero no conocíamos que fuera tan versado en temas de la economía o la política.
“Más allá de las cuestiones financieras, hay un pueblo que sufre las consecuencias de las ejecuciones, de las crisis. La deuda debe ser pagada, pero con el límite de los derechos humanos”, dijo Lorenzetti.
Esta frase sirve para todo. Si el pago a los holdouts, por ejemplo, pone en riesgo los derechos humanos, también lo ponen en riesgo el resto de la deuda que, además, es mucho mayor. Por otra parte, ¿cómo se determina cuándo una deuda pone en riesgo la vigencia de los derechos humanos? ¿Ejecutar una hipoteca, por ejemplo, los pone en riesgo? En este caso, Néstor y Cristina estarían complicados, dada su actividad pasada como abogados exitosos.
Muchos políticos hacen fila para, en esta circunstancia de discusión con los especuladores financieros, mostrarse como grandes patriotas. Y el patriotismo, entienden, consiste en no pagar. Y esto es muy fácil y beneficioso para el opinador. Por varias razones. Los efectos de no pagar deudas, no son nunca inmediatos. Nos saca del mercado de capitales y sus implicancias sobre la economía no son susceptibles de ser medidas en forma clara. Pero además, cuando puedan notarse algunas consecuencias nocivas de esa determinación de no pagar, habrá pasado el suficiente tiempo para que las culpas puedan ser cargadas a otra circunstancia o a otro gobierno.
Frases como las de Lorenzetti, que buscan hacer un guiño al progresismo posando de patriota, al provenir nada menos que del presidente de la Corte Suprema, son las que van creando la imagen de un país institucionalmente desvaído y deteriorado.
Pero el problema no es Lorenzetti, que muy probablemente no tendrá acceso a decisiones que puedan determinar la política económica del país.
El problema es que ese concepto de que puede hacerse cualquier cosa con las deudas, esa idea de que uno puede someterse a un tribunal, apelar y, ante un fallo desfavorable, no cumplirlo y acusar al Juez y al gobierno con gruesos calificativos, ese concepto está ampliamente difundido en la sociedad argentina.
En definitiva, entre Lorenzetti y Kicillof no parece haber un abismo: ambos parecen creer que la seguridad jurídica es una idea horrible.
El ministro de economía lo dice y milita en esa dirección.
El ministro de la Corte actúa con una gran liviandad al decir que las deudas deben o no pagarse según afecten o no los derechos humanos. Un concepto nebuloso que deja la juridicidad en un limbo indescifrable.
Una amplia franja de la dirigencia argentina hace fila para mostrar su patriotismo contra lo que llaman fondos buitres. Mientras esto ocurre, Cristina pisa el acelerador keynesiano en búsqueda del final de su mandato.