Historias de amor y poder: Juan Domingo Perón & Eva Duarte (Primera parte)

El coronel y la actriz se encuentran en el Luna Park

Por Jorge Camarasa

Eva y Juan DomingoLos vestidos largos y los uniformes brillantes atraían todas las miradas. La gente había ido llegando temprano al gran recinto embanderado, y mientras caminaba las últimas cuadras de la calle Corrientes hacia el Bajo, trataba de identificar a aquel ministro, esa estrella de cine o aquella actriz de radioteatro que habían prometido asistir al acto.
Las puertas del Luna Park se habían abierto a media tarde del sábado 22 de enero de 1944, y por los alto parlantes colocados en las esquinas se escuchaba la transmisión en vivo que hacía Radio Nacional de la gala donde se iban a recaudar fondos para las víctimas de la catástrofe.
Una semana antes, los sismógrafos del Observatorio Astronómico Nacional habían saltado enloquecidos y llevado a todo el país las primeras noticias de que en San Juan, una ciudad recostada contra la Cordillera, mil cien kilómetros al oeste de Buenos Aires, había habido un terremoto. Con el correr de las horas, los indicios habían cedido lugar a datos más precisos sobre la tragedia. Poco antes de las nueve de la noche del 15 de enero, un temblor había destruido el noventa por ciento de los edificios y dejado un saldo que helaba la sangre: siete mil muertos y doce mil heridos que deambulaban sin rumbo, a la luz del reflejo de los incendios, por la ciudad devastada.
Pero San Juan quedaba muy lejos, y Buenos Aires se había tomado tiempo para reaccionar. Habían sido necesarios dos días de reuniones y conciliábulos para que el presidente, el general Pedro Ramírez, decidiera viajar a la provincia para llevar su apoyo, y antes de irse había designado a un hombre para que se encargara de coordinar toda la ayuda y fuera la cara misma de la actitud solidaria.
El elegido había sido el coronel Juan Domingo Perón.

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A poco de cumplir los cuarenta y nueve años, con una sonrisa perfecta y permanente que le había valido el mote de coronel Kolynos, Perón estaba a punto de iniciar el tramo final de su viaje hacia el poder.
Había nacido en un pueblo de la pampa bonaerense el 8 de octubre de 1895, en una familia de padre médico y madre campesina, y a los quince años había ingresado al Colegio Militar. Después de algunas misiones en el interior, a los treinta y un años obtuvo el grado de capitán, y en Buenos Aires conoció a quien sería su primera esposa, Aurelia Tizón, Potota, una maestra de piano de diecisiete.
Se casaron el 5 de enero de 1929. El matrimonio, del que Perón no guardaría más que un recuerdo piadoso, duró una década y no destacó por sus excentricidades: compraron su primer auto para hacer un viaje a Mendoza, la mujer aprendió a manejar el revólver y, sumisa, lo fue acompañando en su carrera militar que iba a llevarlo primero a las filas golpistas contra Yrigoyen, después a la frontera con Bolivia y más tarde como agregado a la embajada argentina en Chile, de donde sería expulsado bajo el cargo de espionaje.
A principios de 1938, de vuelta en Buenos Aires, Potota empezó a desmejorar, hasta que en julio la internaron y la operaron de un cáncer de útero. Murió el 10 de septiembre de ese año, tras una larga agonía, y Perón, solo, con un crespón negro en la manga izquierda de su uniforme, debió enterrar a la primera de sus tres esposas.
No habían tenido hijos.



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En la primera fila de butacas del Luna Park, frente al escenario, una mujer de piel pálida, ojos marrones y pelo castaño con bucles, esperaba ansiosa la llegada de un hombre. Todavía no había cumplido veinticinco años, y aunque no era una gran belleza atraía Ias miradas. El festival en solidaridad con las víctimas del terremoto, que ella había ayudado a organizar, iba a cambiarle la vida.
Desde su origen humilde en Los Toldos, donde había nacido en mayo de 1919, María Eva Duarte Ibarguren había recorrido un largo camino. El empuje inicial, según la mayoría de sus biógrafos, lo debía a un cantor de tangos, Agustín Magaldi, quien la había llevado a Buenos Aires cuando la chica tenía quince años.
En enero de 1935 Eva había desembarcado en una pensión del barrio de Congreso, y parecía que había sido tocada por una varita mágica. En marzo ya debutaba en el Teatro Comedia con la compañía de Eva Franco en “La señora de los Pérez”, y en julio, mientras estudiaba declamación y arte dramático, empezaba a trabajar en “Cada hogar es un mundo”. Por esa época, aunque su sueldo era apenas suficiente para comer, tenía un aspecto elegante y risueño, y mandaba plata para su madre y sus hermanas que habían quedado en Junín.
Aunque estaba lejos de ser una actriz estupenda (“Era terrible, incapaz de conmover al público”, diría de ella su colega Pierina Dealessi), entre 1936 y 1939 las ofertas le llovieron y actuó con las compañías de José Franco, Pablo Suero y Armando Discépolo. Alternaba el teatro con el cine, y compartía cartel con los grandes del momento: Pedro Quartucci, Amanda Varela, Luis Sandrini, Libertad Lamarque y Pablo Palitos. Posaba para la publicidad de jabones, peluquerías, peleterías y casas de moda, y en radio formaba pareja con Pascual Pellicciotta en “Los jazmines”.
En 1942, cuando le tomaron fotografías para la revista Cine Argentino, los moralistas se escandalizaron porque aparecía mostrando sus piernas, los hombros y el nacimiento de los senos. Cuando terminó la amistad con Magaldi, Eva dejó la pensión de Congreso y se mudó a una casa en La Boca. Allí estuvo siete años sola, y la soledad le enseñó a elegir con más cuidado sus relaciones cercanas, entre las que no había ninguna mujer. Por entonces, sus más íntimos eran actores como Pellicciotta y Pedro Quartucci, empresarios como Juan Llauro, directores de revistas como Emilio Kartulovich, dueños de teatros como Pablo Suero, y altos cargos del gobierno, como el coronel Aníbal Francisco Imbert.
Imbert, director nacional de Correos y Telégrafos desde la revolución del 4 de junio de 1943, militar de rígida formación prusiana, controlaba personalmente la radiofonía, exigía que sus empleados civiles se cuadraran para saludarlo, y elegía a dedo quién podía trabajar y quién no en las radios del país. A poco de conocer a Eva Duarte, el coronel le consiguió un cómodo departamento de Posadas 1567, en el Bajo, y comenzó a visitarla.
Aquél 22 de enero de 1944, Imbert y Eva habían llegado juntos al Luna Park.

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Perón llegó a las diez de la noche con la comitiva que acompañaba al presidente Ramírez. Su cara y su tarea de organizador le eran familiares al público, y fue ovacionado. Saludó con su eterna sonrisa y las manos en alto, hizo su discurso sobre la solidaridad con los sanjuaninos, y cuando fue a sentarse advirtió a su camarada.
Imbert se adelantó, y cometió un error estratégico propio de un viejo militar devenido cartero y verdugo de actores: presentó a su acompañante.
La mujer, que llevaba puesto un vestido negro, guantes largos del mismo color y un sombrero con plumas, años más tarde escribiría esta frase increíble: “Me puse a su lado (de Perón). Tal vez esto hizo que me prestara atención, y cuando tuvo tiempo para escucharme le hablé lo mejor que pude: ‘Si como tú dices la causa del pueblo es tu propia causa, nunca me alejaré de tu lado, hasta que muera, por más grande que sea el sacrificio’”.
Aquella noche, cuando Perón se fue del Luna Park, Eva Duarte lo acompañaba colgada de su brazo.

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La primera vez que Eva y Perón estuvieron solos, fue en la madrugada del domingo 23 de enero de 1944, en el departamento que él tenía en Arenales y Coronel Díaz, en Barrio Norte.
La casa estaba momentáneamente vacía porque su otra moradora, una adolescente que a veces también vivía allí, había viajado a Mendoza. Perón, que la había conocido en Cuyo mientras estaba al frente de un batallón de esquiadores, la llamaba hija y la relación había dado pie a ciertos equívocos.
A partir de 1943, cuando se había convertido en la figura ascendente del flamante gobierno, algunas revistas habían comenzado a interesarse por él. La norteamericana Time daba cuenta de que “es viudo y tiene una linda hija de diecisiete años llamada María Inés”. Según otra publicación, Perón estaba “consagrado a su encantadora hija de dieciocho años llamada Isabelita”.
Lo único cierto es que esta supuesta hija era una chica mendocina que Perón había encontrado durante su destino en la Escuela de Alta Montana, y a veces compartían el departamento. Aunque su nombre ha quedado en el olvido, él no la llamaba María Inés ni Isabelita: la llamaba Piraña, por la voracidad con que comía.
Sin esa joven rondando, Eva pasó allí Ia noche del sábado 22 y todo el domingo 23, y al lunes siguiente llegó a su trabajo en Radio Belgrano en un coche del Ministerio de Guerra conducido por un chofer.
Mucho tiempo después, cuando algunos historiadores quisieran evocar ese momento, Perón habría de desdibujarlo: primero diría que había reparado en Eva cuando ella había hablado en una reunión de artistas que iban a participar del acto, y después, que le llamó la atención cuando se quedó, una vez terminada otra reunión, para ayudar en los detalles de la organización.
Lo cierto es que esos contactos, de haber existido, no fueron más que prolegómenos para el encuentro definitivo, y que ese encuentro ocurrió el sábado 22 de enero de 1944.
Iban a estar juntos los siguientes ocho años y medio.

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