Los enemigos subterráneos

Por Víctor Ramés
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2014-08-05CORDOBA_COLONIAL_webLos peligros, una vez conjurados, pueden dar lugar a la risa o la sonrisa, sin perder nunca de vista la perspectiva de quienes vivieron su amenaza. En este caso se trata de un hecho histórico de muy antigua data (aunque medido en tiempos cósmicos, por cierto, ocurrió apenas ayer). La ciudad de Córdoba sufrió un ataque, una invasión que vino a sumarse a las tantas contingencias que la historia les depara a sus criaturas y a sus emplazamientos, y que la ilusoria distancia de los años ha sabido reemplazar por nuevas amenazas.
En 1647, a setenta años de su fundación, la capital cordobesa era una aldea que contaba un puñado de alrededor de cuatrocientas casas, sus órdenes religiosas, sus conventos, su cabildo, su universidad, una aldea con pretensiones y proyecciones cuyo desarrollo no se detendría por cuatrocientos años. Los mayores peligros que habían amenazado la supervivencia de la ciudad provenían de los ataques de los naturales a efectos de la propia belicosidad de los conquistadores, las inundaciones, hambrunas y tempranos despoblamientos. Pero lo que puso en jaque a la ciudad en el año que mencionamos fue un enemigo que provenía de la naturaleza circundante: la invasión de “unas sabandijas que llaman vizcachas”, en palabras del capitán Juan Albarracín Pérez Valdez, alcalde ordinario, que nos ha conservado el acta de sesión del Cabildo abierto del 7 de octubre de 1647.
Roedor herbívoro de gran voracidad, la vizcacha no sólo arrasa las pasturas del ganado; hasta se atreve con las plantas cultivadas, aproximándose a la vivienda humana cuando tiene oportunidad y avanzando incluso, si las dejan, hasta el centro mismo de las aglomeraciones urbanas. Por tratarse de excavadoras consumadas de túneles en la tierra, donde instalan sus madrigueras, representan un grave peligro para el asentamiento del suelo. Las cuevas de anchas galerías tienen un par de metros de profundidad y se ramifican en varias salidas. Por esto, para los jinetes y los ganaderos criollos, siempre han representado un revés las vizcacheras, que debilitan el llano y son ocasión de que caballos y vacas se fracturen al hundir pies o manos en los pozos. Un accidente de esa naturaleza, aparte del peligro para un jinete, era muy triste ya que la tradición gaucha nos ha enseñado que el caballo mancado se sacrificaba.
Volviendo a la locación de la Córdoba colonial, y al discurso del alcalde ordinario en la sesión del Cabildo, expresaba éste que las vizcachas son “tan perniciosas que tienen contraminadas y socavadas las casas del vecindario”. A su juicio, “es un enemigo tan perjudicial, que sin poderlo remediar tiene arruinada la ciudad; y es una sabandija fecundísima que está aumentando, habiendo perdido el miedo de tal modo que, con todo descaro, anda por calles y plazas, esperándose que en pocos años con su abundancia, acaben de arruinar la ciudad”. ¿No sabrían en aquel entonces prepararlas al escabeche?
El cuadro no sería bonito y sus consecuencias resultaban alarmantes, ya que, según el capitán Albarracín, “los edificios en su mayor parte están caídos y no se pueden levantar”. Lo que convocaba a los vecinos era la necesidad urgente de construir una acequia, entre otras cosas para mantener a raya al animal invasor. Se trataba de un proyecto que requería muchos sacrificios a la población, ya que su costo avaluado en tres mil pesos excedía los recursos del tesoro público. Por lo tanto, lo que se discutía en el Cabildo abierto era la aprobación de un impuesto con el que se gravarían productos de consumo como la carne de carnero, el vino y la yerba del Paraguay. El gravamen ofrece un atisbo a ciertos productos de la canasta colonial, aunque no de primera necesidad, discriminados para obtener recursos extraordinarios de su consumo.
El proyecto de la acequia era una vieja aspiración, que había sido concretada y malograda por las crecientes en dos ocasiones anteriores, la última en 1615. El problema de las vizcachas imprimía urgencia, pero no era la única razón para construir la acequia, ya que la toma resultaba necesaria para dotar de agua a las quintas del valle donde se levantaba la ciudad. “Construida la acequia, el agua correría también por las calles de la ciudad y las mujeres no tendrían que ir a buscarla al río como las indias; y no habría ocasión de ofender a Dios como al presente sucede, teniendo que ir por la noche”. Esos chispazos de mentalidad de época pueden resultarnos candorosos, aunque sus efectos morales sobre las personas no siempre serían risueños.
Los argumentos de los capitulares buscaban sin duda ejercer sobre los vecinos una fuerte presión, ya que se nota el rango de razones expuestas en la sesión pública. Hasta podríamos pensar que la cuestión de las vizcachas, sin ser un problema menor, era agigantada por los oradores con el propósito de convencer a los pobladores de la pequeña Córdoba del XVII. En su alocución, final, el alcalde ordinario expresó que, de no resolverse a conformidad la construcción de la acequia, “protesto en nombre de los habitantes de la ciudad”, haciendo responsables a los capitulares por los daños ocasionados por las vizcachas, obligándoles a responder con sus bienes propios.
La historia consta en los archivos municipales, y trae noticias de ella el relato publicado el 2 de abril de 1898 en el diario La Libertad, bajo la firma de Constancio Florio.