Braden o Cristina

Por Gonzalo Neidal

Carteles_Cristina_29072014_ddc_26087Y aquí estamos: otra vez en default.
Impensadamente en default, para algunos. Inevitablemente en default, para otros.
Eramos varios los que abrigábamos la posibilidad de un arreglo de último momento. Pero no ocurrió. El gobierno eligió mantener en alto “el relato”, es decir, su posicionamiento ideológico por encima de los intereses concretos y materiales del país.
En este caso se ha dado una situación curiosa. Inédita, diríamos. El país no reconoce que esté en default pues dice que tiene capacidad de pago. Sucede, empero, que se niega a pagar una deuda específica: la del fallo del juez neoyorquino.
Pero no nos engañemos. No se trata de una cuestión financiera, principalmente.
Ni siquiera de un tema económico. Al menos en lo fundamental.
Estamos en presencia de una cuestión ideológica.
El gobierno se atrinchera en su propio discurso y chapotea en esa charca estancada diciendo que está en juego la soberanía nacional.
Tira una línea y dice: los que están del otro lado, están con los fondos buitres, con el Imperio, en contra de los intereses del país. Los que están de este lado, del lado del gobierno, están del lado de la soberanía nacional, del lado de la Patria.
En los días previos al default, aparecieron en Buenos Aires afiches que comparaban este módico episodio a la trillada circunstancia histórica de Braden o Perón, allá por 1946 cuando en las elecciones del 24 de febrero de ese año, se buscó sintetizar ese momento histórico con aquella eficaz consigna.
El embajador de los Estados Unidos, Spruille Braden fue elegido por Perón como líder simbólico del conglomerado de clases sociales que se oponían a su elección.
Pero esta vez, el dilema planteado es apenas una caricatura grotesca de aquella historia. Allá se iniciaba un ciclo vigoroso en el que el país se abría con fuerza a un intento de modernización bajo la dirección del Ejército que veía en la industria el símbolo inequívoco del poder económico en la posguerra.

Las correcciones
Además, esa política anti norteamericana inicial, era una parte integrante de un nacionalismo económico que el propio Perón comenzó a corregir a partir de su segundo mandato presidencial.
Con el correr de los años, el líder justicialista advirtió que necesitaba inversiones y tecnología extranjeras y que –en ese caso- de ningún modo podía prescindir de los Estados Unidos. Por eso inició un proceso de reconstrucción de las relaciones con el país del norte, que culminaron con la visita del hermano del presidente de los Estados Unidos, Milton Eisenhower, el contrato con la Standard Oil de California, las negociaciones para la instalación de automotrices, la Ley de Inversiones Extranjeras y otras medidas complementarias.
Se buscaba de ese modo continuar el desarrollo industrial iniciado en los años previos, que había llegado a un nivel de estancamiento que hacía necesario un cambio de rumbo.
Ahora, en cambio, estamos al final de un proceso que despilfarró una década de recursos abundantes y que, ante los evidentes problemas económicos que se presentan, el gobierno se abraza con desesperación a su propio discurso a efectos de conservar, aunque sea, algunos jirones de representación política fundados en conceptos ideológicos que atrasan, cuanto menos, medio siglo.
La síntesis de nuestro problema es que nos sometimos a la justicia de los EE UU porque así lo prescribían los bonos, y el fallo nos fue desfavorable, como así también las dos apelaciones que siguieron. Y, como la sentencia no nos gustó, ahora no lo queremos cumplir. Así de simple.
En tal sentido, es falso lo que dice el ministro Kicillof y la propia presidenta respecto a que Argentina ha pagado sus compromisos. El tema en cuestión es una deuda específica: la de los holdouts, motivo de la controversia en los tribunales de Nueva York. Y esta deuda no ha sido afrontada por el gobierno pese a que acumula fallos en contra.
Pero no debemos buscar solidez en los argumentos del gobierno. No tienen importancia las enojosas palabras que lanza. Lo que verdaderamente interesa al gobierno es aparecer a los ojos de todo el mundo y especialmente del electorado argentino, en la vereda de enfrente de Griesa y de los Estados Unidos. Ese es el cálculo. Es que, al parecer, las encuestas registran que el gobierno mejora en la consideración popular cuando pega cuatro gritos en contra del imperialismo y los buitres, o no tan buitres, que quieren cobrar lo que se les debe.
“No pasará nada grave” es la frase que más se escucha entre los ideólogos del gobierno. Se suma algún que otro economista, entre ellos alguno que participó de la negociación que en su momento fue considerada exitosa pero que ahora nos lleva al default.
Es increíble que el gobierno extienda su ira y sus insultos, más allá de los fondos llamados buitres, al Juez Griesa, a la Justicia norteamericana y al propio gobierno de los Estados Unidos.
Y es infantil que piense que todo esto se arregla con un giro en la política internacional, haciéndonos amigos de Rusia y China, como si estuviéramos jugando al TEG, arrojando los dados al azar.
Lo cierto es que estamos en default. Y no sabemos por cuánto tiempo.
Eso significará créditos más caros, reticencia a invertir en el país, baja en la calificación, condiciones más gravosas en las transacciones internacionales.
¿Cuál es el beneficio para el país? Ninguno, claro.
Eso sí: quedarán en alto presuntos estandartes de una victoria virtual, más a tono con la Armada Brancaleone que con un país que aspire a lograr un sitio estimable en el concierto de naciones maduras y confiables.