Historias de Amor y Poder: Amalia Lacroze & Alfredo Fortabat

Cuento de hadas en efectivo

Por Jorge Camarasa

amor y poderEn 1935, cuando tenía catorce años, a Amalia Lacroze Reyes le había leído el futuro una gitana: “Te vas a casar con un maharajá”, le había dicho. Jamás olvidaría la premonición y después, con el tiempo, había llevado una vida de película. Los placeres iban a mezclarse con las dosis justas de adrenalina, y hasta se construiría a sí misma un mundo perfecto, encantado y hermético, donde iba a ser la única princesa.

Dueña de una cementera legendaria, de más de doscientas mil hectáreas de campo donde pastan doscientas mil cabezas de ganado; de helicópteros y aviones; de propiedades en todo el mundo; de telas de Van Gogh, Gauguin, Turner, Brueghel y Monet imposibles de tasar; de compañías petroleras y financieras, cualquiera podría decir con ligereza que esta self made woman lo tuvo todo, pero tal vez no sea cierto y tanto poder y riqueza quizás no hagan la felicidad.

La de Amalia Lacroze y Alfredo Fortabat fue una historia de amor del siglo XX, con un final un tanto melancólico. Diría ella: “Tuve una vida fantástica cuando era terriblemente joven, y mi esposo me adoraba, y me cuidaba mucho y me cubría de joyas. A veces pienso que sería maravilloso volver, nada más que por dos o tres días, a ser otra vez la señora de Fortabat de antes”.

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 En marzo de 1947, ella tenía veinticuatro años y él cincuenta y tres. Los dos estaban casados. Ella con Hernán Lafuente, de quien tenía una hija, y él con Elisa Corti Maderna.

La mujer y su esposo habían viajado a Europa, y él los había seguido. Una noche, en París, simuló encontrados casualmente, y con una desfachatez impropia para la época, la sacó a bailar.

-Yo sé que usted se va a casar conmigo -le dijo.

Ella, turbada ante la insolencia, alcanzó a improvisar:

-Usted no me puede decir eso. No es cierto. Dirá que le gusto…

El hombre insistió:

-Amalita, estoy enamorado de usted desde el día que la conocí.

Ella, Amalia Lacroze, había nacido en Buenos Aires en 1921.

Cuando cumplió un año, la familia se mudó a París. Su primer idioma fue el francés; luego vendría el inglés y por último el español. Alberto, el padre, era médico, pero sus inquietudes iban más allá de la anatomía: era astrónomo, poeta, recitaba de memoria La Divina Comedia, y fundaría el partido Demócrata Progresista. Analía Reyes, la madre, descendía de un presidente del Uruguay. Se dedicaba a la casa sin descuidarse a sí misma, y a los ochenta y seis años todavía iba a bailar en las fiestas del Chateau Frontenac de Mar del Plata, adornada de perlas y encajes negros.

El, Alfredo Fortabat, había nacido en 1894 en Azul. Era el menor de tres hijos de una pareja de estancieros, y como sus padres querían una mujer, los primeros tiempos lo vistieron de nena. Luciano, el padre, había hecho fortuna desde abajo, empezando como maestro de escuela. Cuando Alfredo había cumplido seis años, los Fortabat se mudaron a Francia y asistió a los liceos Michelet y Carnot de París, y después a la Sorbona. Dos años más tarde, de regreso a la Argentina, se instaló en Olavarría y empezó a levantar la fábrica de cal Loma Negra, que quedaría fundada en 1926.

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 Una noche de 1941, Amalita había ido con su novio Hernán Lafuente al teatro Odeón. El tapado de terciopelo que llevaba dejaba adivinar unas piernas perfectas, y el sombrero italiano realzaba su pelo rubio. Las manos finas, los ojos azules y la boca sensual, atrajeron la atención de Fortabat, que estaba en el palco de enfrente con su mujer.

Durante un intervalo le mandó una caja de cerisettes, que Amalita comió mientras cruzaba miradas con su admirador. A ninguna mujer podía serle indiferente un desconocido que le hiciera regalos delante de su pareja.

Unas semanas más tarde, Amalita y Hernán fueron invitados a navegar por el Tigre. El dueño del barco era Alfredo Fortabat, y en la proa del Pichi-Hue, aquella tarde, encontró la manera de quedar a solas con ella, y se le declaró. Fue rechazado: una señorita de la sociedad de entonces no podía romper su compromiso, y una mañana de septiembre de 1942 Amalita se casó con Hernán Lafuente.

Fortabat no fue a la ceremonia.

-No pude soportar ir a su casamiento -le confesaría al día siguiente por teléfono.

Le había enviado de regalo una pulsera de oro.

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 El mundo en que se crió Amalia Lacroze era un mundo de novela. Los fines de semana la familia iba de paseo en un Renault con techo, si era invierno, o en un Cadillac descapotable si era verano. Siempre conducía el chofer.

Aunque hizo la primaria en un colegio estatal, sólo iba a clase en los meses de verano, porque su padre tenía miedo a los contagios. Durante el invierno, Amalia y sus hermanos estudiaban con profesores particulares. Tenía una institutriz británica, Miss Campbell, quien le grabó a fuego tres reglas de oro que jamás olvidaría: “Never complain. Never explain. Never cry in public”,  “Nunca quejarse. Nunca explicarse. Nunca llorar en público”.

Los Lacroze pasaban las vacaciones en Mar del Plata, y allí Amalita aprendió a nadar con un profesor sueco. Cubierta con un traje de baño de lana, tiritando en la pileta del Yacht Club, Miss Campbell la obligaba a seguir nadando hasta que aprendió a hacerlo a la perfección.

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 A mediados de 1944, un año y medio después de casarse con Hernán Lafuente, nació Inés, su única hija. Pero ni eso hizo cesar el caballeresco asedio de Fortabat. Cuando la beba cumplió diez meses, la pareja fue invitada por Alfredo a su estancia San Jacinto, en Olavarría, donde en las propias narices de Lafuente siguió cortejando a su mujer. Delante del padre, Fortabat alzaba a Inés, jugaba con ella y le enseñaba a dar sus primeros pasos.

Después de la visita a la estancia, Amalita y su marido viajaron a Europa de vacaciones. Recorrieron Italia, el Egeo y Francia, y una noche, durante un baile de gala en París, Fortabat apareció de nuevo en escena y ese encuentro fue decisivo: de regreso a Buenos Aires, Amalia pidió el divorcio a Hernán Lafuente, y al mismo tiempo Alfredo Fortabat se separó de Elisa Corti Maderna, con quien no había tenido hijos.

La actitud de la joven sacudió las estructuras de la hight society porteña, pero todavía nadie sabía qué se traía bajo la manga.

Fortabat no era hombre de dar ventajas, y la apuró:

-Casémonos ya- le pidió.

Pero aunque había ido lejos, Amalita tenía los pies sobre la tierra y una hija que quería conservar con ella, y hasta que no saliera el fallo del divorcio la opción era de hierro: amarse a escondidas.

Fortabat lo aceptó a regañadientes, y puso su fortuna y sus amistades al servicio de los trámites. Después de casi dos años de papeles y discusiones, los divorcios salieron vía Uruguay.

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 Amalita y Alfredo se casaron en Montevideo. La ceremonia, secreta, fue el primero de los cinco casamientos de la pareja. La luna de miel los llevó a Nueva York, Los Angeles y San Francisco, y luego a Europa y a Oriente. Estuvieron en París, Atenas, las islas griegas y Egipto. El año nuevo los encontró en El Cairo, y lo festejaron con Alí Khan, Rita Hayworth y el rey Farouk. La profecía de la gitana, intuyó Amalita, se había cumplido.

Cuando regresaron a Buenos Aires, Alfredo comenzó a llamar “hija” a Inés Lafuente.

Amalita y Fortabat estuvieron juntos treinta años. El 10 de enero de 1976, al morir a los ochenta y uno víctima de un accidente cerebral, el fundador de Loma Negra dejó una fortuna incalculable. Para amasarla, no había descuidado a la única mujer que lo enamoró: si algún fin de semana Amalita se quedaba en Buenos Aires en lugar de acompañarlo a San Jacinto, el lunes lo veía llegar con un ramillete de violetas, todavía húmedas por el rocío, que había cortado antes de salir de la estancia.

Los regalos que le hizo fueron legendarios y tuvieron un papel protagónico durante el único incidente (conocido) que sobrellevó la pareja. Según publicó la revista norteamericana Vanity Fair, Amalita habría abandonado a Fortabat poco antes de su muerte, y se habría llevado todas las joyas a Europa a bordo de su jet particular. “Cuando Fortabat le habló por radio en mitad del Atlántico y le dijo que había hecho copiar sus joyas y que las verdaderas las tenía él, ella ordenó al piloto que diera la vuelta”.

Tal vez sea cierto, o tal vez sólo parte de la leyenda. La de Amalia Lacroze y Alfredo Fortabat, más que una historia de amor, fue un cuento de hadas del siglo XX.