Racha

diapason

Mucho se ha hablado y se sigue hablando acerca de la sanción que le corresponde al vicepresidente Amado Boudou en razón de las fuertes presunciones existentes sobre sus intentos vinculados a la adquisición de la empresa Ciccone.
Si esto se comprobara sería, efectivamente, un motivo fundado para separar al vicepresidente de su cargo. Pero hay otra razón más sólida que esa, aunque más intangible y menos asentada en aspectos jurídicos.
Y es la mala suerte que tiene Amado Boudou.
Y esto sí es verdaderamente peligroso para los destinos de la Patria. Porque puede traernos consecuencias impredecibles e incontrolables.
En el caso de la empresa Ciccone, la mala suerte ya comenzó a ensañarse con él. Aparecieron vínculos completamente inexistentes entre Boudou, Nuñez Carmona y Vanderbroele, demostrados por el azar de comprobantes inesperados (pago de expensas, pago de servicios) de un departamento que el vice posee en Puerto Madero. Además, una empresa de turismo facturó indebidamente a su hermano pasajes de avión que él nunca compró.
Pero el colmo de la mala suerte se ha dado recientemente con un asunto menor, por así llamarlo. Como cualquier hijo de vecino, el vicepresidente compra un auto y trata de inscribirlo en el Registro de la Propiedad Automotor. Y, como se trata de una persona ocupada, de ningún modo podemos pretender que vaya él mismo, en persona, a hacer las fatigadas colas que demandan estos trámites. Pues bien, Boudou hizo lo que haría cualquiera de nosotros: contrató un gestor. Y aquí es donde la mala suerte se ceba con él: el gestor no tiene mejor idea que falsificar firmas y papeles. Y, de ese modo, mete al vicepresidente en un lío bárbaro.
¡No es justo! ¡Qué mala puntería para elegir gestoría!
Pues bien, volvamos a nuestro razonamiento. Estos hechos demuestran a las claras que Boudou está pasando por un momento de planetas desalineados. Un momento de esos en que nada la sale bien. Como si estuviera orinado por una tropilla salvaje de Tiranosaurios Rex. Una racha de mala suerte. Y esta situación podría ser, incluso, peligrosa para la propia Presidenta de la Nación y, en consecuencia, para el país.
Por ejemplo, no sería raro que al tener a Boudou como vicepresidente, el gobierno pierda prestigio. ¡Y esto sería muy injusto! O que los ciudadanos se vean desalentados por la mala suerte de su vicepresidente.
Es vicepresidente se ha de haber dado cuenta de su situación. Se lo ve un tanto preocupado. Por ejemplo, hace un par de meses el pobre necesitaba distraerse de este problema y se lo vio jugando al Sudoku en una sesión del Senado de la Nación, que él mismo presidía.
Su preocupación también se hace evidente cuando vemos que ya no se sube a los escenarios, con ropa informal y guitarra, para transmitirnos su alegría.
Tenemos en claro que la mala suerte de Boudou no constituye un motivo jurídicamente eficiente para pedir que sea separado de sus funciones. No figura en la Constitución Nacional ni en ninguna de las leyes. Pero es un motivo que amerita ser considerado entre las razones de Estado.
Por las dudas, el gobierno debería abstenerse de enviar al vicepresidente a negociar con los holdouts.
No vaya a ser que la cosa se complique y que aquello que Axel Kicillof tenía bien estudiado, termine en un zafarrancho.
DVG