Veinte años de impunidad

Por Joge Camarasa

ilustra la amia (1)Aquél lunes 18 de julio de 1994 iba a ser otro día.
Buenos Aires se había desperezado en una mañana como cualquiera, y la ciudad se iba acomodando a su rutina. En la calle y en las oficinas se hablaba del triunfo de Brasil en el campeonato mundial de fútbol realizado en Estados Unidos, que había terminado hacía unas horas, y los diarios llamaban la atención sobre una veda de autos en el centro, la derrota del equipo argentino de tenis en la Copa Davis, y la muerte del maestro Sebastián Piana a los 91 años.
Excepto Clarín, que publicaba un informe especial, ninguno mencionaba la reforma a la Constitución que estaba en marcha, y que permitiría al presidente Carlos Menem ser reelecto por segunda vez.
Faltaban siete minutos para las diez de esa mañana, y en el barrio de Once, en el corazón de la ciudad, los tenderos aún trajinaban con sus camionetas, los negocios no terminaban de abrir y los vendedores ambulantes empezaban a vocear en sus puestos.
Seguro que iba a ser un día como otro cualquiera, pero fue en ese momento, a las 9:53,cuando el mundo se vino abajo.
Aunque pareció una eternidad, todo ocurrió en segundos. Primero fue la explosióny la columna de humo que empezó a trepar al cielo. Despuésun ventarrón caliente que pareció abrasarlo todo, y los ruidos. Ruidos deobjetos que caían después de haber volado enloquecidos, latigazos de vidrios que estallaban y siseo de metales que se retorcían, alaridos de las alarmas que se mezclaban con gritos, que al principio eran de sorpresa más que de dolor.
Una nube de polvo asfixiante y espesa sobrevolaba el lugar, la cuadra del 600 de la calle Pasteur, y unos minutos más tarde, cuando se asentara y se empezaran a escuchar las primeras sirenas, dejaría ver lo que había ocurrido.
Y lo que había ocurrido era que había sucedido otra vez.
El atentado a la AMIA (Asociación de Mutuales Israelitas Argentinas), del que hoy se cumplen veinte años, era el segundo ataque terrorista contra objetivos argentinos en territorio del país. Dos años antes, el 17 de marzo de 1992, la embajada de Israel en Buenos Aires había desaparecido entre escombros después de una voladura, y los argentinos quizás habían sentido en carne propia los costos de la inclusión con fórceps en el patio trasero del primer mundo.El atentado había dejado un saldo de veintinueve muertos y casi 250 heridos, y la reiteración del hecho dos años más tarde, para quien no lo hubiera entendido entonces, sólo podía significar que la Nación había pasado a ser parte del teatro de operaciones de una guerra no declarada.
Aquél 18 de julio, cuando el humo y la nube de polvo que sobrevolaba la calle Pasteur se hubiera disipado, quedarían ochenta y cinco muertos entre los restos del edificio de la mutual y sus cercanías, y un cráter de seis metros de profundidad relleno a medias de escombros, que era en realidad un agujero negro de preguntas sin respuestas.

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¿Quiénes habían sido los autores?
En rigor, hasta ahora, veinte años después de ocurridos los hechos, todavía no se sabe.
Aunque desde entonces en el país hubo media docena de presidentes y por la causa ha pasado una docena de fiscales, jueces y camaristas, hoy sólo hay sospechas, intuiciones, y la certeza brutal e inquietante de que la investigación se fue viciando y vaciando de pruebas.Dos pistas principales, hasta hoy, siguen dividiendo las aguas, y las dos tienen un ingrediente cordobés indirecto.
Por orden de aparición, la primera fue la pista iraní, y los investigadores locales y extranjeros (israelíes, europeos y norteamericanos) empezaron por mirar al Hezbolá, un grupo chiita nacido en el Líbano a principios de los años ochenta como reacción a la ocupación israelí, financiado y organizado por Irán. Las sospechas sobre la milicia fundamentalista se iban a acentuar ocho días después del atentado en Buenos Aires, con los escombros de la AMIA todavía humeantes, cuando también fuera atacada la embajada de Israel en Londres.
La hipótesis de que habían sido los iraníes a través del Hezbolá consideraba que el ataque se había producido por la suspensión unilateral del gobierno argentino de un programa de transferencia nuclear que Teherán consideraba clave, y encuadraba las razones en el complejo escenario del conflicto árabe-israelí.
Para los observadores, la teoría de que habían sido los iraníes requería inevitablemente de una conexión local que hubiera suministrado la logística del atentado, y lo primero que instalarían sería la teoría del coche-bomba. Y pronto empezarían a aparecer los indicios: una testigo diría que había visto una camioneta Trafic que avanzaba hacia la AMIA en el momento de la explosión, y algunos restos hallados entre los escombros parecerían luego confirmar la especie. La camioneta, iban a entusiasmarse los investigadores, habría estado estacionada a tres cuadras de la mutual, y el día del atentado se había estrellado contra la AMIA con una carga de cuatrocientos kilos de nitrato de amonio, nitroglicerina y amonal.
Dado que tenían la camioneta tenían también el nombre de un propietario, y así aparecería el primer sospechoso: Carlos Alberto Telleldín, un vendedor de autos flojos de papeles, acostumbrado a hacer sus negocios en sociedad con policías bonaerenses. El hombre llevaba un apellido conocido por los cordobeses: su padre, Raúl Telleldín, era un suboficial del Ejército que había llegado a ser jefe de la D2 de la policía de Córdoba, acusado de desapariciones y muertes durante la última dictadura militar.
La pista iraní, que encuadraba el atentado en una guerra fronteras afuera del país, sería la que con el tiempo cobraría más fuerza, y tenía la virtud de no formular preguntas que incomodaran a funcionarios del gobierno.
La segunda línea de investigación, que algunos empezarían a agitar más tarde, en cambio volvería las miradas hacia el corazón del menemismo.



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La llamada pista siria iba a rozar de manera casi obscena la estructura del poder.
En líneas generales, la hipótesis era así: en 1988, en los días iniciales de la campaña que lo llevaría a la presidencia, Carlos Menem habría conseguido en Damasco una sustancial ayuda económica de Haffez Al Assad, el dictador sirio, y a cambio se habría comprometido a proveer a ese país de un reactor nuclear y la tecnología de los cohetes Cóndor II, que se estaba desarrollando en la planta cordobesa de Falda del Carmen.
El Cóndor II, derivado de un proyecto meteorológico, era capaz de transportar una cabeza explosiva a mil kilómetros de distancia, y en 1993 la presión de Estados Unidos derivaría en su cancelación. Según la hipótesis, el atentado de 1992 a la embajada israelí en Buenos Aires había sido una advertencia de los sirios, y la voladura de la AMIAuna sanción al incumplimiento del pacto con Al Assad.
Algunas declaraciones de Menem (“Esto me lo hicieron a mí…”, “Les pido perdón”) iban a acentuar las sospechas, y la suposición de que los sirios habían estado detrás del ataque, en todo caso, parecía explicar algunas irregularidades injustificables en la investigación oficial: se le habían pagado 400 mil dólares a Telleldín para que involucrara a policías bonaerenses y funcionarios de la embajada iraní en Buenos Aires, habían desaparecido pruebas, se había desestimado indagar a un sirio residente en el país, Alberto KannoreEdul, sobre el que había dudas fundadas…
El problema de la pista siria era que confrontaba con la hipótesis oficial sostenida por los dedos acusadores de los gobiernos de Washington, Tel Aviv y Buenos Aires, negaba la idea de que hubiese habido un coche-bomba y un conductor suicida, y especulaba con que el atentado, aunque claramente antisemita, no había tenido que ver con el conflicto de Medio Oriente, sino con un ajuste de cuentas por supuestas promesas incumplidas con el gobierno de Damasco.
Hasta 2003, cuando cambiara su punto de vista, una de las principales espadas que defendían la pista siria era la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner, quien presidía la comisión parlamentaria que investigaba el atentado.

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A la causa AMIA, que lleva más de 250 mil fojas, le han correspondido también los tiempos habituales de la justicia argentina.
Tras la separación en agosto de 2005 del primer juez, Juan José Galeano, a quien la Corte Suprema destituyó por inculpar sin pruebas a funcionarios iraníes, en septiembre de 2007 el presidente Néstor Kirchner denunció a Irán por su falta de colaboración para esclarecer el atentado, y acusó a Menem y a quien había sido su ministro del Interior, Carlos Corach, de encubrir los móviles, y por lo tanto a los asesinos.
La última iniciativa del gobierno argentino, acordar con Irán el interrogatorio en Teherán de los iraníes acusados, terminó rodeada de polémica dentro y fuera de la comunidad judía, y el intento fue declarado inconstitucional tras la presión de la DAIA y la misma AMIA, instituciones madres de la colectividad.
Dado que los acusados son hombres públicos, políticos y funcionarios del gobierno iraní, en el caso que el intento hubiese prosperado, habría hecho acordar a Estado de sitio, la película de Costa Gavras que narra el secuestro y la muerte en Montevideo de un agente de la CIA que a principios de los años setenta instruía a los militares uruguayos en cómo infligir torturas a los guerrilleros tupamaros. En el filme hay una escena donde se interpela en el Congreso al Presidente de la nación, y allí un legislador opositor le dice: “Señor Presidente, si usted sabía que en este país se torturaba, es culpable por permitirlo. Y si no lo sabía, es culpable por ignorarlo”.
A veinte años de la voladura, pocas cosas están claras. La principal quizá sea que aunque la comunidad judía de la Argentina es la más numerosa de América latina y una de las principales del mundo, muy pocos dudan ya de que el ataque fue una agresión a toda la sociedad argentina.
Pero, ¿hubo Trafic o no hubo Trafic? ¿La que lleva a buen puerto es la pista siria o la pista iraní? ¿La conexión local la integraron policías bonaerenses o federales? ¿La impunidad fue el resultado de la intención o de lanegligencia?
Quién sabe.
A veinte años y media docena de presidentes del peor atentado terrorista ocurrido en el país, la justicia argentina aún no ha podido/querido/sabido (táchese lo que no corresponda) encontrar a los culpables.

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