“Siento vergüenza por esa justicia”

Testimonio: Marcelo Polakoff

KD9L2324Marcelo Polakoff (porteño, 47 años) es rabino del Centro Unión Israelita de Córdoba. Bachelor of Arts en Relaciones Internacionales por la Universidad de Belgrano y Master en Estudios Judaicos del JewishTheologicalSeminary de Nueva York, se graduó en el Senior EducatorsProgram del Melton Center de la Universidad Hebrea de Jerusalem y en el Programa de Directores “Leatid” de la Oficina Latinoamericana del JointDistributionCommittee.
Desde hace más de una década es profesor de Talmud y Halajá en el Instituto Superior de Formación Rabínica A. J. Heschel del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer, y desde 2004 integra el Congreso Judío Latinoamericano, donde dicta conferencias y participa de encuentros internacionales. Es asesor del INADI (Instituto Nacional de Lucha contra la Discriminación) y co-presidente del Comité Interreligioso por la Paz (COMIPAZ), y desde 2010 preside la Asamblea Rabínica Latinoamericana.
Como autor ha publicado Dios en la Era Posmoderna (Cien reflexiones desde el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam) y, en coautoría con el jesuita Rafael Velazco, En el nombre del padre y del rabino.
Marcelo Polakoff era estudiante del Seminario Rabínico Latinoamericano cuando ocurrió el atentado a la AMIA. Tenía 27 años y trabajaba en el edificio de la calle Pasteur coordinando un proyecto de micro emprendimientos y otro para jóvenes, y estaba volviendo de Holanda, donde había asistido a un congreso, cuando se enteró.
“Me había embarcado en Amsterdam, y en la escala en Madrid escuché algo sobre una bomba que había estallado en Buenos Aires. Mi avión salía inmediatamente y no alcancé siquiera a llamar por teléfono. Las trece horas que duró el vuelo fueron interminables. No sólo no sabía lo que había pasado, sino que no sabía si seguía teniendo esposa porque Judith, mi mujer, estudiaba en el Hospital de Clínicas, y todos los días a la hora del atentado pasaba caminando por esa cuadra…”
Recién lo supo en Ezeiza, cuando llegó, y ella lo estaba esperando. Pero el alivio le duró poco: desde el aeropuerto se fue directamente a la AMIA, y durante una semana no volvió a su casa.
“La primera tarea que me asignaron fue la de acompañar a la morgue a los familiares que iban a reconocer a las víctimas. Nunca más, hasta hoy, pude sacarme de encima el olor… No era el olor de la muerte, que después, como rabino, tuve que sentir tantas veces, sino un olor ácido, picante, a explosivo, que emanaba de los cuerpos…Todavía ahora, hablo de esto y lo vuelvo a sentir”.
Después de esa semana llegaría la hora de la reconstrucción, y Polakoff asumiría nuevos trabajos. Al principio debió coordinar una campaña de inscripción de nuevos socios a la mutual, y le tocaría hacer y recibir llamados telefónicos.
“Funcionábamos como una oficina de telemarketing con voluntarios. Un día llamó una mujer y dijo que ella sabía quién había puesto la bomba. La fui a ver; era una señora mayor, muy viejita, y al principio desconfiaba y no quería hablar. Buscaba asegurarse de que yo fuera a transmitir a las personas adecuadas la información que ella tenía, y cuando se convenció, me dijo: “Yo sé quién puso la bomba: fueron los antisemitas…””.
En los meses siguientes al atentado, Polakoff tendría la oportunidad de ver desde la primera fila cómo funcionaba la justicia y cómo se llevaba la investigación.
“En diciembre de 1994se hizo en la AMIA un congreso internacional sobre terrorismo fundamentalista que abarcó los dos atentados, el de la embajada y el de la mutual. Vinieron expertos de todo el mundo, entre los que había agentes de la CIA y de la Mossad, el servicio de inteligencia israelí. Yo estaba participando de la coordinación, y me tocó asistir como traductor a Steven Emerson, un norteamericano especializado en seguridad nacional, terrorismo y extremismo islámico. Como analista de inteligencia, un día Emerson fue convocado por la Corte Suprema para dar su opinión sobre la voladura de la embajada, y lo acompañé. Nos recibió el doctor Ricardo Levene, uno de los ministros, y en un momento de su exposición el americano advirtió que le faltaba un dato y preguntó si había un fax para poder comunicarse con su oficina en Washington y hacérselo enviar. “¿Un fax? ¿Y qué es un fax?”, preguntó el doctor Levene. Y Emerson se lo tuvo que explicar. Otra vez me tocó acompañarlo a una reunión con Galeano, que llevaba la causa AMIA, y estando en su despacho el juez tuvo que salir y nos dejó solos. Sobre el escritorio había órdenes de detención, pedidos de medidas de prueba y otros documentos presuntamente secretos. Nunca lo hablamos, pero creo que Emerson, un especialista en terrorismo islámico, se debe haber preguntado cómo iban a encontrar a los culpables de los atentados un ministro de la Corte que no sabía lo que era un fax y un juez que dejaba documentación reservada sobre su mesa… ¿Qué fue lo que pasó, entonces? Yo no creo que haya habido intencionalidad sino impericia, precariedad, negligencia… Siento vergüenza por esa justicia”.
Desde su formación religiosa, hoy Polakoff tiene una mirada cultural, casi filosófica, sobre lo que ocurrió y sus consecuencias:
“Como judío no tengo deseos de venganza, pero tampoco puedo perdonar. Son dos condiciones que no corresponden a los hombres sino a Dios. La condición del perdón es el arrepentimiento y la posibilidad de reparación. ¿Y cómo se repara una vida? ¿Cómo se reparan 85 vidas? En el Libro de los Proverbios de la Biblia hebrea, está escrito: “La esperanza que se demora, enferma el corazón”. Lo que activa el odio siempre empieza con el miedo; entonces, la única respuesta posible es la resignación ante el hecho consumado, irremediable, pero siempre con una esperanza activa en lo que vendrá. La esperanza, tikva en hebreo, es un camino, una cuerda, una escala que nos permite avanzar. Cada AMIA es un retroceso, muchos pasos perdidos, pero esa cuerda, hatikva, la misma raíz que esperanza,es la que siempre nos permite volver a arrancar…”