Peligrosas derivaciones del derribo del avión de Malaysian Airlines

Por Pablo Esteban Dávila

UKRAINE-RUSSIA-POLITICS-CRISIS-MALAYSIAEl derribo del vuelo MH17 de Malaysian Airlines podría tener consecuencias aún más funestas que la muerte de sus 295 ocupantes. Sobre el filo de la tarde de ayer, un informante anónimo declaró a la agencia Interfax que la inteligencia rusa maneja la hipótesis que el misil que abatió el Boeing 777 estaba, en realidad, dirigido al avión del primer ministro Vladimir Putin, quien regresaba de su gira sudamericana, y que podría haber sido disparado desde un avión ucraniano. No es difícil suponer el giro dramático que podrían tener los acontecimientos si esta versión fuera la oficialmente aceptada por el Kremlin en las próximas horas.
Al despegar de Ámsterdam con destino a Kuala Lumpur, ni los tripulantes ni los pasajeros del vuelo MH17 podían sospechar el triste destino que les esperaba apenas dos horas después. Con el caso del vuelo MH370 sumido en el más completo de los misterios, las operaciones de Malaysian Airlines continuaban con normalidad en todas sus rutas. Además, el Boeing 777 (el modelo desaparecido en marzo y también siniestrado ayer) no aparentaba tener ninguna responsabilidad en aquél suceso, por lo que su empleo era el habitual en esta aerolínea y en otros usuarios alrededor del globo. Pero el misil disparado desde algún punto de la región de Donetsk en Ucrania ha vuelto a asestar un mazazo a Malaysian en particular y al mundo de la aviación comercial en general.
Una primera aproximación al asunto es el tema de la guerra. En la zona luchan desde hace meses el ejército regular con fuerzas separatistas de orientación pro rusa. La secesión de Crimea, acaecida con cierta tranquilidad en marzo pasado, animó a los rusófilos del oriente ucraniano a seguir su ejemplo. Pero, esta vez, el gobierno de Kiev reaccionó con dureza ante estos nuevos intentos cismáticos. Desplegó a sus fuerzas armadas y comenzó a luchar palmo a palmo para mantener la integridad de su territorio. Entretanto Moscú, que había apoyado abiertamente la algarada de sus simpatizantes en Crimea, tomó sin embargo alguna distancia de las milicias de Donetsk, probablemente convencido que las potencias occidentales redoblarían sus presiones ante lo que – entienden – son intentos descarados por anexionar regiones de su vecino.
Tanto las fuerzas regulares como los insurgentes cuentan con armamento moderno y con vocación de utilizarlo. Prueba de ello es que, en las últimas semanas, fueron derribadas dos aeronaves ucranianas (un An26 y un Su25) en circunstancias aún no aclaradas. El gobierno de Kiev acusa a Rusia de participar activamente en estos derribos, ya sea directamente (por medio de alguno de sus cazas apostados en la frontera) o indirectamente, gracias la provisión de sistemas superficie – aire Buk M1 a los rebeldes. Aunque, previsiblemente, Moscú niegue cualquier responsabilidad en estos sucesos, es claro que alguien provee de armas para que los separatistas puedan continuar combatiendo. No hay dudas que Putin se encuentra jugando en el terreno de la ambigüedad furtiva, un territorio que conoce ampliamente y que, de momento, le ha deparado crecientes cuotas de poder en la región.
Dentro de este contexto, la primera lectura del trágico destino del vuelo MH17 es que se trató de un accidente. O, para utilizar la jerga militar, de un “daño colateral” producido por la guerra civil que se vive en Ucrania. Pero, y aún en esta hipótesis, las consecuencias políticas pueden ser trascendentes. Si el gobierno del presidente Petró Poroshenko logra demostrar sus acusaciones sobre que un misil rebelde fue el responsable de la masacre, las escasas simpatías internacionales que despiertan estos grupos se desvanecerán rápidamente, un fenómeno que podría extenderse al discreto apoyo proporcionado por los rusos. Pero, si por el contrario, fueran los separatistas los que demostraran la responsabilidad gubernamental en el suceso, Kiev quedaría a un paso de la condena de la comunidad internacional, y sujeto a sospechas sobre la licitud de sus procedimientos para mantener la unidad nacional. En este punto, sería Putin quién batiría el parche sobre la desproporción de los medios utilizados por las fuerzas armadas ucranianas en relación a la amenaza que combaten.
No obstante, esclarecer desde donde provino el misil podría ser una tarea ímproba. Como sucede en toda la geografía de la fenecida Unión Soviética, los arsenales de las nuevas repúblicas tienen el mismo origen. Es más que seguro que el artefacto que haya derribado el Boeing se encuentre en uso tanto entre los separatistas como en el ejército ucraniano, por lo que acusar a cualquiera de los dos bandos será perfectamente posible, sin que exista una prueba contundente para deslindar responsabilidades. Este podría ser uno de los posibles finales de la tragedia, con la opinión pública mundial aceptando a regañadientes y con lágrimas en los ojos que cosas como estas pueden suceder cuando la gente decide matarse con todos los medios a su alcance.
Sin embargo, la sospecha instalada ayer desde Moscú podría cambiar absolutamente esta perspectiva. Porque, en rigor, si el blanco fue el Ilyushin Il-96 al servicio del gobierno ruso, la lista de los sospechosos del ataque se acortaría dramáticamente. ¿Quién, si no el gobierno ucraniano, podría haberlo perpetrado? Desde ya no los rebeldes, cuyo principal objetivo es retornar a la madre Rusia y arrojarse a los brazos de Putin tan pronto puedan lograrlo, ni mucho menos Occidente, conocedor como el que más que un acto de esta naturaleza equivaldría a una guerra abierta. Definitivamente, el directo beneficiario de semejante magnicidio no sería otro que Poroshenko, liberado al fin de las manías expansionistas del presidente ruso.
¿Estaría dispuesto el Kremlin ha llevar esta hipótesis hasta el extremo de forzar explicaciones por parte de Kiev? A juzgar por los recientes antecedentes del señor Putin, esta vía de acción no sería en absoluto descabellada. La posición adoptada por Moscú en Crimea fue determinante para el éxito de la secesión y bien podría servir de modelo para una acusación de este calibre. Sin que mediase algún rubor, las tropas rusas se infiltraron con gran sigilo en la región, demostrando una versatilidad y capacidad de acción desconocida en el viejo ejército rojo. Su presencia (nunca reconocida) fue determinante para que el plebiscito relámpago convocado para legitimar el desmembramiento fuese un éxito, lo que permitió al parlamento de Simferópol declararse independiente. Con este historial no se advierte porqué ahora Moscú podría titubear en denunciar un complot abierto contra su presidente.
El hecho que sea un rumor no cambia el asunto. Alguien está interesado en que esta posibilidad sea tenida en cuenta, y puede que lo logre. La especie tiene, potencialmente, algún macabro encanto para Rusia. Vladimir Putin podría pasar de villano a víctima en un santiamén, siéndole perdonada por algún tiempo su vocación imperialista. Inversa sería la opinión sobre Ucrania, pues de agredida se convertiría en agresora, con todas las implicancias que encierra esta percepción. Kiev, previsiblemente, negaría enfáticamente cualquier responsabilidad, pero la semilla de la duda habría sido echada al viento y, con ella, las demandas de explicaciones.
Pueden que estas prevenciones se desinflen rápidamente pero, en un contexto de alta tensión y volatilidad política como lo es la guerra civil que se vive en el oriente ucraniano, nada puede ser descartado. Si el ataque al MH17 es presentado oficialmente como un casus bellis por parte del Kremlin, la escalada del conflicto está a la vuelta de la esquina. Es un riesgo que el mundo debe prever, porque han existido otros casos de infamias o “mentiras verdaderas” que han desatado guerras sangrientas, como el Telegrama de Ems, origen del conflicto franco – prusiano de 1870. Mientras tanto, debe aceptarse aquello que, en la guerra, la primera víctima es la verdad aunque, en este caso, esta se encuentre precedida por 295 inocentes, cuyo único error fue abordar un avión que, sin saberlo, rutinariamente enfiló hacia la muerte.