Kicillof, traidor y héroe

Por Fernando Rosso
@RossoFer

DYN05.JPG“No nos compramos buzones” cuentan que era uno de los lemas de la agrupación Tontos pero No Tanto (TNT), que fundó y dirigió el actual ministro de Economía, Axel Kicillof, en sus años de militancia universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Era el tránsito dramático de un siglo a otro, que en el país del fin del mundo tomaba la forma de un desastre económico, social y político. El desprestigio en el que cayó la política en general en la Argentina y en el mundo -luego de los años de derrota del “neoliberalismo”- habían hecho emerger ciertas formas de militancia pretendidamente posmodernas, no solo en los ámbitos de la academia, sino en muchos otros terrenos de la vida social, donde el mundo podía cambiarse sin tomar el poder y una difusa “multitud” universal podía constituirse en nuevo sujeto histórico. El rechazo a los partidos tradicionales (y también a lo que llamaban la “vieja izquierda”) era parte del ethos de este tipo de agrupamientos que se autodenominaban “independientes”.
Pocos años después, el mismo grupo de cuadros que antes de compartir la militancia universitaria, había egresado del Colegio Nacional Buenos Aires (“El Cole”); funda el CENDA (Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino) ligado al oficialismo. Los documentos del CENDA evidenciaban cierta moderación frente a los años de rebeldías juveniles, cuando Kicillof llamaba “politiquitos” a los militantes socialistas con quienes disputaba la conducción del Centro de Estudiantes y cuando los TNT repartían “caramelos x un voto” en la puerta de la facultad como parte de las, “ejem”, creativas campañas electorales. Fue ese tránsito facilista que hacen muchas veces los anti-estatistas radicales hacia un estatismo rabioso. Sin embargo, incluso desde esa óptica limitada -más keynesiana que marxista-, los documentos del CENDA hacían algunas denuncias filosas.
“La trayectoria de las ganancias después de la devaluación: la ‘caja negra’ del crecimiento argentino” es uno de esos estudios, publicado en diciembre de 2007. El trabajo está disponible en el sitio de “Instituto Argentino para el Desarrollo Económico” (IADE), porque curiosamente si uno pretende dirigirse a la página web del (ex) CENDA (http://www.cenda.org.ar) se encuentra con un colorido portal de ofertas de viajes de turismo, es decir, no existe más. Con la entrada al corazón del Estado, se baja la persiana de la crítica.
En lo que hoy sería calificado por muchos kirchneristas -empezando por la misma Cristina Fernández-, como un imprudente pro-obrerismo, el documento denuncia que “La asimetría salta a la vista: mientras se discute a viva voz si los aumentos salariales son ‘razonables’ y se pide a los trabajadores que sean ‘moderados’ en sus reclamos, nada se dice, nada se exige y nada se recomienda acerca de la evolución de las ganancias de los empresarios”. En otra encendida acusación anti patronal y analizando los datos de concentración de la economía, sentenciaban que “Estos resultados explican el espectacular avance de la concentración económica en la Argentina de los últimos años. Entre 2001 y 2005 (último dato disponible), este grupo de 500 firmas aumentó en casi un 50% su participación en el valor agregado. Hoy controlan nada menos que el 23% del producto bruto nacional (valor que en 2001 era del 16% y en 1997 del 14%)”.
También señalaba que la vía más racional para impulsar las inversiones no podía ser aquella que exigía que “Una vez agotadas las superganancias auspiciadas por la crisis y la devaluación, no existe otro camino que generar las condiciones ‘establishment ambientales’ para que el empresario se levante por las mañanas de buen humor y rebosante de optimismo acerca de las ganancias futuras”.
Finalmente, el documento del CENDA-Kicillof llegaba a la conclusión de que “Para que se produzca un salto en la capacidad productiva del trabajo (…) no alcanza simplemente con sostener un tipo de cambio competitivo y dar ‘señales de confianza’ al sector privado (…), implica, obviamente, que los aumentos salariales se ubiquen por encima del crecimiento de la productividad”.
En la praxis presente de Kicillof y ante la evidencia de su militancia y los documentos de un pasado no tan lejano, se despliega el famoso tema borgeano del traidor y del héroe, tan presente en la tradición nacional de la política burguesa y que llegó a ser un deporte en los años kirchneristas. O también el más gramsciano tema del “transformismo” que presuponen todos los procesos de pasivización, de los que el kichnerismo fue una variante sui generis.
Porque Kicillof llegó al gobierno y luego al Ministerio de Economía a finales del 2013, en un momento en que comenzó la disminución de la participación de los salarios en la renta nacional que tuvo su punto más alto justamente en 2007 (37,5%), muy lejos del cualquier recuperación y mucho menos “por encima” de la productividad. Pero no solo en términos salariales empeoró la situación de los trabajadores. Medidas como la devaluación de enero pasado y el aumento de la tasa de interés llevaron un enfriamiento de la economía que tiene hoy como consecuencia despidos en fábricas autopartistas como Gestamp o Lear en Buenos Aires y miles de suspendidos en la industria metalmecánica a nivel nacional.
Pero la devaluación que se jugó a un tipo de cambio competitivo a costa de la disminución salarial (dos principios impugnados por el CENDA), también fue acompañada por otros generosos acuerdos en búsqueda de “señales de confianza”. Uno de ellos con el Club de Paris, por 9.700 millones de dólares, cuando los registros oficiales daban cuenta de la existencia solo de 6.000 millones de deuda. Por tanta generosidad se pudo excluir al FMI del monitoreo del acuerdo. Dicho en otros términos, el pago de jugosos intereses garantiza la “autonomía”, siguiendo la misma escuela del “desendeudamiento” de pagadores seriales. O el desembolso de la indemnización a REPSOL por el paquete de acciones expropiadas en 2012 y que sumó otros 6.000 millones de dólares. Es decir, se optó claramente por generar las condiciones “establishment ambientales” para el buen humor de los empresarios.
En el marco de las negociaciones abiertas con los llamados “fondos buitre” (ver “Amenazar para negociar”, Alfil 18/6), Jay Newman, gerente de cartera en Elliott Management, uno de los principales ‘holdouts’ en disputa con Argentina, perteneciente al multimillonario Paul Singer afirmo: “Las estructuras de los acuerdos con Repsol y el Club de París son muy buenos modelos de cómo se vería para un arreglo para los bonistas impagos”. Parece que las condiciones “establishment ambientales” también son “buitre ambientales”. El ambiente argentino generado en la fase superior del kirchnerismo parece muy cómodo para todas las fracciones del capital internacional.
Ese mismo establisment consiente ciertas frases desbocadas y discurso encendido, con algún dejo de los no tan lejanos años juveniles: “Habría que fundir al señor Rocca”. “Seguridad jurídica y clima de inversión son dos palabras horribles”. Hay que repudiar a los “economistas faranduleros”. “Maestros del pesimismo” cuyas “profecías horripilantes” no se cumplieron. “Papanatas”. “Perejiles”. “Guitarritas del libre mercado”. “Papagayos” de “cacareo sin ningún sentido”. Disparó el ministro en diversos ámbitos.
Total, empresarios de Ternium Siderar –la empresa de ese mismo Rocca que había que fundir-, como el CEO Martín Berardi, “se levanta por las mañanas de buen humor y rebosante de optimismo” y en un torneo de golf en Pilar les dice a sus gerentes que la empresa “pierde un director, pero gana un ministro” (BAE, 22/11/13), en los días en que Kicillof tuvo que dejar el directorio como representante estatal para asumir el Ministerio de Economía.
Aquel “tonto, pero no tanto” -el ministro que hoy Siderar cree que “ganó”-, no solo compró el buzón, sino casi todo el correo entero de la escuela del neoliberalismo. Desconocemos si en el camino dejó ilusos traicionados, lo que es seguro es que los Martin Berardi y muchos de su clase consideran que están ganando un verdadero héroe.