Sí, un Papa “garantista”… de un orden en crisis

Por Fernando Rosso
@RossoFer

Pope Francis welcomes Peres, Abbas
El papa Francisco recibió por separado en la Santa Sede a los mandatarios de Israel y Palestina, Shimon Peres y Mahmoud Abbas, respectivamente, antes de comenzar la ceremonia interreligiosa, en la que los tres líderes compartirán “una oración por la paz” en Medio Oriente.

La función y las intervenciones políticas del papa Francisco son nuevamente motivo de debate. En un artículo de enero pasado afirmábamos: “La experiencias de los gobiernos latinoamericanos de la última década, incluido el kirchnerismo, como procesos de “desvío”, contención e institucionalización pasivizante de movilizaciones y rebeliones populares, fueron útiles para la tarea política de Bergoglio frente a la crisis de la Iglesia. No faltaron quienes compararon los gestos simbólicos de ruptura del protocolo y acercamiento “a la gente”, con los del kirchnerismo de los orígenes, los de Néstor Kirchner. Y hasta llamaron al renunciante Ratzinger, “el Duhalde” de Bergoglio”. (Alfil 6/01/14)
En primer lugar hay que aclarar que el cuestionamiento y la crítica al rol político de la Iglesia Católica como institución en general, y del Papa en particular, no significan -ni mucho menos-, una impugnación facilista de las creencias religiosas de las personas, que respetamos, aunque no compartimos. Justamente culminábamos aquel artículo planteando que la famosa frase de Marx que sentencia que la religión es “el opio del pueblo”, expresaba una compresión mucho más profunda del fenómeno religioso, que una simple impugnación de consigna. Como toda ideología está estrechamente unida a las condiciones materiales de existencia.
Partiendo de allí, la reducción del debate sobre el rol del nuevo Papa a la cuestión del derecho penal, no termina de dar cuenta del proceso de conjunto. La elección de Francisco y la orientación política que está llevando adelante al frente de la Iglesia responden a dos fenómenos relacionados: la crisis de legitimidad de la propia Iglesia y la crisis económicas y sociales del mundo contemporáneo. El hecho inédito de la renuncia de un papa (Benedicto), obligaron al aggiornamiento y una política gatopardista, para intentar detener la caída en el desprestigio de una institución muy importante para el sostenimiento del orden. Desprestigio provocado por los escándalos vaticanos y de la Iglesia católica en el mundo, que van desde el lavado de dinero en el IOR (banca vaticana) hasta la pedofilia generalizada.
Si se lee con detenimiento el documento llamado Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio), la primera exhortación apostólica escrita por el papa Francisco, publicada el 26 de noviembre de 2013; puede encontrarse un verdadero programa de gobierno y propuestas de, para tomar la moda argentina, “continuidad con cambios”; con no pocas reminiscencias peronistas clásicas y hasta kirchneristas.
Es un documento verdaderamente significativo del momento por el que pasa la Iglesia, extremadamente político, “autocrítico” con los debidos límites, y profundamente lampedusiano. Allí pueden leerse afirmaciones como las siguientes: “Pero ¿a quiénes debería privilegiar? (la Iglesia NdR) Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos (…) algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, jamás ha sido confirmada por los hechos (…) Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común (…) Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real (…) El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos (…) Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia (…) En muchos lugares del mundo, las ciudades son escenarios de protestas masivas donde miles de habitantes reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza (…) La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde (…) Hay que repetir que «los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás» (…) Únicamente esto hará posible que «los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa (…) Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno (…)”.
Entonces, de ninguna manera pueden sorprender las intervenciones políticas de Francisco. La discusión es precisamente sobre el contenido de estas intervenciones y sus propuestas programáticas y estratégicas. El nuevo “relato” vaticano es efectivamente “garantista”, pero de un garantismo distinto al penal (aunque lo contiene). Francisco alerta sobre las consecuencias de la desigualdad social acrecentada en los últimos tiempos, pero no con el objetivo de acabar con ella; sino de hacer conscientes a los dueños del mundo que corren mayores peligros si no ceden “algunos de sus derechos”. Es un consejo a los “a los amigos y vecinos ricos”, a los que por supuesto también ama, para que vean que no funcionó la teoría de derrame y la no intervención del estado. Éste debe intervenir para ayudar, respetar y promocionar a los pobres, para devolverles lo que les corresponde. Léase bien, no para que dejen de ser pobres (que siempre los habrá “entre ustedes”), sino para que tengan lo que les corresponde, en tanto pobres. Ni más, ni menos. Darles más sería un “populismo irresponsable”, que el Papa está lejos (léase bien, “lejos”) de proponer. Darles menos, sería colmar las ciudades de manifestaciones. De esta manera, se puede lograr que los pobres pueden sentirse “como en su casa” (léase bien, “como” en su casa, porque no “es” su casa).
Imposible no recordar el famoso discurso de Perón del año 1944 en la Bolsa de Comercio, donde alertaba a los dueños del Argentina -de cuyos intereses se reclamaba el principal defensor-, sobre los “cataclismos sociales” que podía general la desigualdad “excesiva”, y convocaba a aceptar la tutela del estado, para lograr tener obreros tranquilos con algunas concesiones y palmaditas en la espalda.
Es desde esta ubicación política general, para nada sorprendente (más si se tiene en cuenta la siempre activa participación de la Iglesia en la política mundial), que puede comprenderse su posición sobre la cuestión penal. Ésta implica un debate mucho más amplio, imposible de abarcar en los límites de este artículo. El relato “garantista” busca, con elementos de verdad, los fundamentos de “la naturaleza, crueldad y desaprensión con que se comenten delitos en nuestros días”, en las raíces sociales (la pobreza, la falta de educación, la falta de alternativa para los jóvenes). Y efectivamente, salvo que se adhiera a alguna teoría “biologicista” o “psicologista”, que sostenga que existe una propensión “natural” de determinadas personas hacia el delito; allí se encuentra las causas últimas del mismo e incluso de la descomposición social.
Pero además, hay que tener en cuenta otros factores que no mencionan los partidarios del “manodurismo” y es que, entre las principales organizadoras del “gran delito” están las fuerzas policiales y de seguridad (y no pocas veces, la justicia cómplice). Las experiencias recientes de descabezamiento obligado de las cúpulas policiales de Santa Fe y Córdoba, y ni hablar de la fama de la poderosa “Bonaerense”, deberían alcanzar como muestra de hacia dónde hay que apuntar en primer lugar si se quiere avanzar efectivamente en la cuestión de la llamada “inseguridad”. Hay un reclamo de penas durísimas para las personas en situación de precariedad social que son víctimas de estas grandes redes de organización del delito, y un curioso “garantismo” para con las fuerzas de seguridad (organizadoras de la trata, el tráfico de drogas y otros tantos negocios), para las cuales exigen mayores atribuciones y más poder.
El garantismo, e incluso muchas veces el más radicalizado abolicionismo (1), encuentran el límite en la estrategia de “humanizar el derecho penal”, no peleando contra el conjunto contra el régimen social. Y en el caso de Francisco es parte de un intento de humanizar un capitalismo en plena descomposición.
Pero en última instancia su objetivo es salvarlo de las contradicciones propias que lo empujan permanentemente a crisis y catástrofes. La historia del siglo XX, demostró el fracaso de esta estrategia (y los avatares de la Argentina lo demuestran ahora), con resultados que siempre pagan, justamente los que “no son los dueños de casa”.
(1) Hay un interesante debate en los números 8, 9 y 10 de la revista Ideas de Izquierda, entre el abogado y jurista, Roberto Gargarella y el sociólogo y dirigente del PTS Matías Maiello, en torno al derecho penal. Puede leerse online en http://ideasdeizquierda.org/