Historias de amor y poder: Juan Ramón Duarte y Fanny Navarro

Ascenso, apogeo y muerte de un cuñado presidencial

Por Jorge Camarasa

Al año siguiente, en 1935, Eva también se mudó a la capital. Su equipaje era parco: llevaba una valija llena de sueños y un pase libre al futuro. Su carrera, desde entonces, no iba a detenerse hasta el tiro del final, y comenzaría a acumular poder, influencia y riquezas a la sombra de Eva y el futuro Presidente. Un año después, Fanny se mudaría a un petit hotel de tres plantas y mil quinientos metros cubiertos en Barrio Parque, con pavos reales paseando por el jardín. Manejaba la industria del cine y adjudicaba los créditos de fomento; controlaba el abastecimiento de carne y participaba en bancos, cadenas hoteleras y empresas petroleras.
Al año siguiente, en 1935, Eva también se mudó a la capital. Su equipaje era parco: llevaba una valija llena de sueños y un pase libre al futuro.
Su carrera, desde entonces, no iba a detenerse hasta el tiro del final, y comenzaría a acumular poder, influencia y riquezas a la sombra de Eva y el futuro Presidente.

Si las vidas privadas suelen explicar parte de la política, la relación entre Juan Ramón Duarte y Fanny Navarro hecha una luz esquiva sobre los entresijos de la Argentina de los primeros años cincuenta.
Arrebatada y trágica, la historia de la pareja ilumina los rincones más oscuros de un poder casi sin límites.
De él, seductor y codicioso, con códigos pero sin escrúpulos, podría decirse que se quemó en su propio fuego. A la sombra de Perón y de Eva, su hermana, Juan Duarte hizo negocios que lo hicieron multimillonario: traficó con influencias, abusó de un poder regalado, se asomó a una vida de lujos y placeres con la que nunca había soñado, y al final acabó derrumbado con un tiro en la cabeza.
Su relación con Fanny Navarro sería legendaria y lo excedería con creces, y el final de la historia sería trágico. Para la mujer, un ícono de la cultura popular del peronismo, el horror comenzaría después de la muerte de Juan.

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Juan Duarte, Juancito, había nacido en un campo cerca de Los Toldos, en Buenos Aires, a finales de 1914.
Único varón entre cuatro hermanas, se había criado en una familia cercada por las carencias: el padre no lo había reconocido, y había tenido que salir a trabajar a los quince años. De sus hermanas, la última había nacido cuando él tenía cinco años. La habían bautizado Eva.
En 1930, los Duarte se habían mudado a Junín. Los primeros tiempos Juan trabajó en una farmacia y en el Consejo Escolar, y a los dieciocho empezó a tener una vida propia: las primeras novias, las salidas con amigos a jugar al billar; la rutina de un soltero de pueblo que se iba a morir siéndolo. Doña Juana, la madre, había transformado la casa en una pensión, y allí se alojaban viajeros a quienes también se les daba de comer. Dos de ellos, un profesor y un mayor del Ejército, acabarían casándose con dos de las hermanas Duarte. Empezaba a formarse un clan.
En 1934, cuando estaba a punto de cumplir los veinte, Juancito viajó a Buenos Aires para hacer el servicio militar. Al año siguiente, en 1935, Eva también se mudó a la capital. Su equipaje era parco: llevaba una valija llena de sueños y un pase libre al futuro.
Al principio, los dos hermanos vivieron en una pensión de Congreso, y luego en otra de la calle Libertad. Eva hacía sus primeros palotes como actriz, y Juan empezaba a trabajar como vendedor de jabones y productos de limpieza. Se había afiliado al radicalismo, y empezaba su alocado camino hacia la muerte.

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El encuentro de Eva con el coronel Perón, en 1944, estuvo signado por la tragedia: se conocieron durante un festival para ayudar a las víctimas del terremoto de San Juan. Al principio, Juan había asistido como espectador al noviazgo de su hermana, y después había empezado a rebañar las sobras del plato de los privilegios.
Eva le conseguiría una habitación en el hotel Jousten y un trabajo como inspector de casinos en Mar del Plata, y a mediados de 1945 le presentaría a Perón, quien lo haría su secretario.
Su carrera, desde entonces, no iba a detenerse hasta el tiro del final, y comenzaría a acumular poder, influencia y riquezas a la sombra de Eva y el futuro Presidente.
Las cosas fueron tan sencillas como cualquier milagro: Juan empezó a llevar la agenda diaria de Perón, a manejarle los ingresos al despacho, a apurar o demorar los trámites. Aunque llegaba a la Casa de Gobierno temprano y trabajaba hasta la noche, la imagen que iba envolviéndolo era la de un protegido díscolo, en la frontera de la legalidad, más dispuesto a los palcos en los cabarets que a la vida austera de funcionario.
Entre mediados de 1946 y mediados de 1947, con Perón ya Presidente, Juancito se transformó en millonario. Tenía caballos de carrera, hoteles de lujo, concesiones para la extracción de petróleo y licencias para importar automóviles. Vestía trajes de alpaca inglesa, vivía en un piso sobre la avenida Callao y tenía un mayordomo japonés. Sus amoríos eran itinerantes y efímeros, y picoteaba desde bailarinas a estrellitas de cine en ascenso.

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El primer sueño de seductor que cumpliría, había sido la conquista de Elina Colomer.
Rubia platinada, lánguida, con un aire a lo Lana Turner, la había conocido en 1948 en el festival de cine de Mar del Plata, y en los meses siguientes la chica iba a convertirse en una diva: apenas había empezado a salir con Juan cuando le dieron la Mención Especial de Teatro y el protagónico en dos películas, y al año siguiente rodaría otras tres.
Era una relación sin exigencias y sin esperanzas, y Elina se limitaba a cumplir el papel de compañera de viajes, dama de compañía por las noches, y partenaire circunstancial en algún compromiso en el que Juan tenía que representar a Perón.
Con Fanny, las cosas serían diferentes.

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En 1949, cuando conoció a Juan Duarte, Fanny Julia Navarro era más que un proyecto de actriz. Había trabajado en una docena de películas, y no se parecía a Lana Turner sino a Rita Hayworth con ese pelo que se había teñido de colorado. Había estado casada, y desde la separación vivía con sus padres. En su familia no había peronistas.
Juan la había conocido una noche a la salida de un teatro. Los había presentado Iris Marga, y enseguida había comenzado el asedio. Le enviaba flores y cajitas de marrón-glacé, y aunque Fanny sabía de Elina, el hombre la atraía: tenía una billetera llena y dormía en los brazos del poder. Su resistencia cesó al cabo de unas semanas.
Si 1948 había sido el año de Elina Colomer, 1949 sería el de Fanny Navarro. Aunque hacía tres años que no filmaba, consiguió contratos para los protagónicos de “Mujeres que bailan” y “Morir en su ley”, a los que seguirían “Marihuana”, “Suburbio” y “Deshonra”.
Poco a poco, Fanny había empezado a transformarse en una estrella mediática oficialista, una imagen que después le haría daño. Se había afiliado al peronismo, y para mediados de 1950 militaba a tiempo completo entre los actores. En agosto de ese año, Eva Perón la llamaría para darle una noticia:
-La felicito- le dijo. -Desde hoy es la presidenta del Ateneo Cultural.
Pocos días después estaba instalada en unas oficinas flamantes a metros de la Plaza de Mayo, y sobre el escritorio tenía dos teléfonos negros, un tintero con pié de mármol y una foto de Eva en un marco de plata. Un año después se mudaría a un petit hotel de tres plantas y mil quinientos metros cubiertos en Barrio Parque, con pavos reales paseando por el jardín.

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La luz de Juan Duarte empezó a apagarse el 26 de julio de 1952. Al anochecer de ese sábado, Eva murió consumida por un cáncer de útero, y a partir de entonces fue como si se desatara una reacción en cadena. Todavía nadie se había sacado el luto cuando Juan quedó bajo sospecha. Primero fueron rumores y habladurías, y enseguida empezó a escucharse la palabra “negociado”, que era como se llamaba entonces a la corrupción.
Para ese momento, Juan Duarte tenía negocios incontables y había abierto cuentas difíciles de explicar. Les había regalado sendos Cadillacs a Fanny y a Elina, que había pagado con cheques de Presidencia de la Nación; vivía en un piso a nombre de la Fundación Eva Perón; tenía una estancia en Monte que había hecho arbolar con plantas sacadas del aeropuerto de Ezeiza; manejaba la industria del cine y adjudicaba los créditos de fomento; controlaba el abastecimiento de carne y participaba en bancos, cadenas hoteleras y empresas petroleras.
Parecía mucho para alguien que seis años antes vendía jabones por los pueblos bonaerenses.

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Sin la protección de Eva, cuando los rumores se transformaron en denuncias, el primero en soltarle la mano fue Perón, y el 6 de abril de 1953 Juan Duarte presentó su renuncia al cargo de secretario privado del Presidente de la Nación.
Tres días más tarde, el 9 de abril, aparecería muerto junto a su cama en el piso de Callao. La versión oficial fue de suicidio pero doña Juana, la madre, gritó ante el cadáver aún caliente: “¡Asesinos! ¡Me han matado a otro de mis hijos!”.
Cuando Juan Ramón Duarte, 39 años recién cumplidos, fue enterrado en la bóveda familiar del cementerio de La Recoleta, para Fanny Navarro la pesadilla no había hecho más que empezar.
Se quedó sin trabajo, no volvió a filmar, y en 1955, tras la caída del peronismo, fue llevada a declarar por una comisión investigadora formada por la Libertadora. El inquisidor que le tocó en desgracia se llamaba Próspero Fernández Alvariño, pero le gustaba que le dijeran “Capitán Ghandi”.
La interrogó en un despacho de la jefatura de policía, y en un momento teatral, shakesperiano, sacó de una caja de cartón el cráneo de Juan Duarte y se lo exhibió brutalmente hasta hacerla desmayar.
Es posible que Fanny haya tenido esa última imagen ante sus ojos dieciséis años después, el 18 de marzo de 1971, cuando murió casi en la miseria.