Franja Morada: certezas y dudas sobre la estrategia electoral

Por Gabriel Osman
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SIN CONCURSO
SIN CONCURSO – UNIVERSIDAD

Para el peronismo, la UNC siempre ha sido una actividad de extensión y por eso le ha dedicado, invariablemente, una módica cantidad de combustible. La suerte que le tocó a autoridades del gobierno provincial con el “plan ensamble” que había armado con el radicalismo para la Asamblea Universitaria de marzo de 2013 fue, entonces, proporcional. La caída del intento por desalojar al kirchnerismo del Rectorado resultó, sin embargo, muy costosa, porque desde el multimedio que maneja la UNC –los SRT -salieron los peores dolores de cabeza para la administración que encabeza José Manuel de la Sota. Inversamente, para el radicalismo la UNC siempre ha sido un coto natural, al extremo de convertirse en gueto en los doce años de sequía, cuando la UCR fue eyectada del poder político provincial y municipal. Pero el retorno de la UCR a la Municipalidad parece haber languidecido, paradójicamente, esta pulsión casi natural del radicalismo. Al punto de que muchos están repensando la estrategia a seguir para 2016, cuando el cuerpo electoral de la UNC defina al próximo rector. Y lo hace al calor de la ronda electoral que se avecina en mayo, con elecciones en los cuatro claustros y designación, en julio, de decanos en siete de las trece Facultades que existen. Cuando en febrero de 2013 algunos cuestionaban las posibilidades de Alfredo Blanco de ganar la pulseada –esto incluía al hoy desaparecido Rubén Martí-, las dudas fueron descartadas criteriosamente por inoportunas. Desde Julio César en adelante, nadie debe dudar cuando se está cruzando el Rubicón. Pero ahora hay más tiempo. Todos coinciden en que el ex decano de Económicas sería un gran rector, pero sí hay más vacilaciones sobre si el economista es un buen candidato. La Franja Morada tiene y ha tenido un gran perfil desde que asumió Francisco Tamarit, pero para muchos, incluidos referentes del brazo estudiantil del radicalismo, es notable la languidez con que enfrenta la emergencia política el resto del radicalismo universitario.

Este año híper electoral en la UNC –la ronda de mayo va a designar a tres cuartos de la Asamblea Universitaria de marzo de 2016, nada menos- trae de yapa la elección del presidente de la obra social universitaria, hoy en manos de Gabriel Tavella. El ex múltiple decano de Ingeniería llegó en 2012 a la conducción por un acuerdo entre el principal operador que entonces tenía el scottismo, el hoy rector Tamarit, y el decano de Médicas, Gustavo Irico, pero muy rápidamente su base de sustentación se deterioró. Con Irico, cuando debió designarse al gabinete de Tavella, en especial la estratégica Secretaría de Salud; con Tamarit, cuando en vísperas de la Asamblea Universitaria de marzo de 2013 Tavella trazó un paralelo entre la elección de Hugo Chávez en Venezuela y sus ulterioridades, para criticar la oportunidad de la candidatura de quien después fue elegido rector. Ninguno de los dos se lo perdonó y difícilmente estos rencores hayan prescripto. Tavella más que administrar la Daspu ha durado en el cargo. No es poco lo que logró el ingeniero –subsistir- haciendo una portentosa exhibición de equilibrista, una virtud que todos le reconocen. Los electores de Tavella en 2012, los nueve integrantes del Consejo Directivo, son los mismos que deben resolver ahora su confirmación o tramitar su juicio sucesorio. Sería una verdadera hazaña política si lo logra, aunque debe señalarse que aún siendo los mismos, esos consejeros no responden, en todos los casos, a la misma razón social que los llevó a la banca. Que lo terminen eyectando los m ismos que lo eligieron explica un poco el verdadero caos que es la obra social universitaria. No por responsabilidades de Tavella sino por el desorden político objetivo que existe en la UNC y por el estatuto que rige a la obra social, que le da al presidente dos años de mandato y tres a los miembros el Directivo, generándose una administración semiparlamentaria en donde el presidente debe gobernar con un “parlamento” distinto al que lo eligió.

La Bisagra, la falange estudiantil del oficialismo rectoral, enfrenta un desafío que en lógica se llama disyunción excluyente: o se aggiorna o queda fuera del plato, sin terceras opciones. El dilema de los bisagristas es que tienen un rector muy pragmático que intenta no soslayar los cambios políticos que han operado en el gran escenario, lo que incluye el inexorable repliegue del kirchnerismo. Estos activistas estudiantiles lucen como principistas, aunque también, hay que reconocerlo, se han tenido que tragar una buena cantidad de sapos. Si fueran lo que dicen ser, kirchneristas, deberían tener el paladar curtido. Su problema es que sufren una variante de la esquizofrenia –psicológicamente, disociación específica de las funciones psíquicas- que surge de asumir completo el discurso K pero no todos sus actos de gobierno. Algo muy parecido a lo que pasa con los signatarios de Carta Abierta. La diferencia que es que estos intelectuales no son, en la mayoría de los casos, profesionales de su militancia. Los muchachos de La Bisagra, al menos sus principales referentes, tienen cargo, y la cláusula no escrita de este enrolamiento es responder a su empleador. En palabras del discurso del socialismo español en su paso por el poder, “el que se mueve no sale en la foto”. La próxima bifurcación del camino es inminente: la ronda electoral de mayo cuando el Rectorado ensaye asociaciones políticas diversas con la mira puesta en la captación del peronismo disperso y otros sectores que tiendan a cerrar un círculo alrededor de la Franja Morada, aislando profilácticamente al único sector propiamente activo de la oposición.