El bolsillo le ganó al relato

Por Gabriela Origlia

Los últimos meses se tornaron vertiginosos en materia económica, se suceden medidas a una velocidad que hacía tiempo no se veía. Devaluación, suba de tasas, intento de buscar un techo a las discusiones salariales, sinceramiento de las mediciones oficiales de inflación y de crecimiento, flexibilización del cepo, suba de tarifas de agua y gas. Puede debatirse la elección de las palabras para hacer los anuncios –que, en general, no coinciden con los términos empleados en esta nota-, pero lo importante es lo que pasa, no cómo se lo cuenta. Y, en ese escenario, la síntesis es que el bolsillo le ganó al relato.
La pérdida récord de reservas y un aumento del gasto público por encima de todos los registros históricos terminaron dejando desnudo al rey, que tuvo que hacer lo que durante casi una década proclamó que no haría. Los funcionarios kirchneristas y la militancia pueden llamarlo como prefieran y como más le guste para disimular, pero lo que se está poniendo en marcha desde el inicio del año es un ajuste. Un intento por acomodar los números y llegar a diciembre de 2015 sin más sobresaltos que los ya sufridos. No hay señales de que desde el Gobierno esté pensando en sus sucesores, en cómo les dejarán el escenario. Simplemente quieren terminar lo mejor posible su gestión, lo que es absolutamente lícito.
Este ajuste –que todavía es una muestra de lo que se necesitaría para ordenar las cuentas- por primera vez en muchos años en la Argentina no se debe a una herencia. El kirchnerismo se debe ajustar a sí mismo. Lleva once años en el poder y, aunque siga hablando de los ’90, es el responsable mayoritario de todo lo bueno y lo malo hecho en este período.  Todas las medidas las toma sin cambiar las formas, insiste en elegir metáforas como reacomodamiento, deslizamiento, precios cuidados, consumo responsable…pero las palabras no logran cambiar la realidad.
El ministro Axel Kiciloff al anunciar la inflación de febrero desafío a las consultoras privadas y a los periodistas a que expliquen cómo miden la evolución de la canasta. Eso sí, ni se le ocurrió detallar cómo hizo el Indec para que el crecimiento 2013 que el 21 de febrero le daba 4,9% pasara, un mes después, a 3%. Entenderá que él, como funcionario, está en su derecho de no explicar y de acomodar la mentira a sus necesidades. De la misma manera que intenta hacer creer al resto que la suba de tarifas ahora es una política anti cíclica, cuando la lógica es que decisiones como esa se apliquen en épocas de vacas gordas, no de restricciones.
El jefe de Gabinete en su aporte matutino al relato negó que los aumentos tarifarios incidan en la inflación sino que la medida “implica un efecto redistributivo”. Ni una mención a un dato clave que sus colegas –sin entrar en detalles- transparentaron: la mitad de los subsidios a la energía van al 20% mejor posicionado en la pirámide social. Si eso es equidad distributiva hay que revisar todos los textos académicos de los últimos siglos.
En la última semana la presidenta Cristina Fernández apareció en dos oportunidades en público (una en cadena nacional). Los ejes de sus presentaciones fueron el catering de Aerolíneas Argentinas  -elogió la “bandejita” que en realidad es una cajita y erró al decir que ninguna otra compañía da gaseosas a sus pasajeros-, los alfajores triples o chiquitos y una serie de anécdotas personales sobre aires acondicionados y calefacción. Mientras ella contaba sus historias tenía al lado a Daniel Scioli, gobernador de una provincia donde los chicos llevan 17 días sin clase. Para ese tema, ni una mención.
Así sigue el esfuerzo por describir un país que no parece ser el mismo donde transcurre la vida de 40 millones de personas, pero mientras se dice una cosa se hace otra. Bien podría aplicarse aquí el dicho popular de “billetera mata galán”; adaptado sería “bolsillo mata relato”.