Cristina y Putin

Por Daniel V. González

p11-1La política internacional argentina va fijando algunos hitos que resultan incomprensibles incluso para los analistas más avezados.
Tras el insólito acuerdo con Irán, ahora en el olvido, y el apoyo entusiasta al gobierno de Maduro en Venezuela, que ha cometido decenas de crímenes auxiliado por fuerzas parapoliciales, la presidenta ha creído conveniente meter sus narices en Crimea, bien lejos de casa.
Pero no se entiende bien qué es lo que ha querido hacer. Repasemos un poco los hechos recientes para tratar de comprender la posición argentina.
En su gira europea la presidenta fue muy clara: cuestionó el “doble estándar” de las potencias occidentales (Estados Unidos e Inglaterra). Y no está mal esta crítica: ellas rechazan el reciente plebiscito en Crimea – que decidió su anexión a Rusia- y aceptan uno similar realizado en Malvinas y que favoreció a Gran Bretaña.

Doble estándar y mamarracho
Hasta ahí, todo perfecto. Incluso el voto argentino en el Comité de Seguridad de la ONU donde respaldó la posición de los Estados Unidos. Uno puede pensar que nuestra cancillería tuvo un ataque de realpolitik pero la presidenta se apresuró a aclarar que el voto argentino simplemente defendía la integridad territorial de Ucrania para no incurrir, justamente, en el doble estándar que le achacamos a las potencias occidentales.
En otras palabras, Cristina de Kirchner estableció un parangón entre ambas situaciones, donde Rusia es comparada con Inglaterra y Crimea con Malvinas. Este parangón deja a Rusia como potencia ocupante de un territorio que no le es propio y a Ucrania como país víctima de una amputación, al igual que Argentina.
Hasta ahí todo sigue bien. Pero llegó un llamado de Putin que sinceró la posición argentina y la tiñó de hipocresía.
En efecto, Putin habló para agradecer al país su posición sobre el tema Rusia – Crimea. ¿Por qué habría de agradecer si Argentina puso a Rusia a la altura de Inglaterra, potencia colonialista que nuestro gobierno no se cansa de repudiar? Es que Cristina no pone el énfasis del alineamiento argentino en la ocupación de Rusia sino en su cuestionamiento a las potencias occidentales por el manido “doble estándar”.
Entonces su posición pasa a ser confusa. ¿Está alineada con las potencias occidentales contra Rusia porque ésta se queda con Crimea? Su voto en la ONU lo indica así pero los énfasis declarativos están puestos en otro lado: la intención de dejar en claro que Argentina, en realidad, simpatiza con todo aquel que desafíe a los Estados Unidos como lo hace Rusia en esta ocasión, apropiándose de Crimea.
En realidad, si Cristina quisiera respaldar con hechos (porque las palabras, sobre todo en diplomacia, son hechos) sus cuestionamientos a Occidente por el doble estándar, entonces debería transformarse en una enérgica crítica de Rusia. Pero no: cuestiona a los Estados Unidos. Cristina compara a Rusia con Inglaterra pero no desarrolla esta posición que enuncia. Rápidamente recoge el barrilete y llena de humo la escena volviéndose contra aquellos a quienes acompañó con su voto en la ONU.
En realidad ahí cae su máscara y se revela su auténtica posición anti Occidente, que es donde pone todas las pilas y sus más enérgicas palabras. Es cuanto menos confuso cuestionar a Inglaterra y a los Estados Unidos en el momento en que es Rusia quien se apropia de un territorio ajeno. Da la sensación que Cristina, al igual que todos sus escribas periodistas, simpatizan con esta ocupación pero no se bancan tener que explicar su incursión –ellos sí- en un doble estándar pues aceptan regocijados la apropiación de Crimea pero rechazan la de Malvinas.
En su obsesión anti estadounidense, Cristina ha formulado un verdadero mamarracho: equipara a Putin con Inglaterra y lo cuestiona. Pero lo hace casi con un susurro inaudible. Lo hace de tal modo que el presidente de Rusia… ¡la llama para agradecerle! Al parecer el énfasis de la presidenta no ha sido demasiado creíble pues, lejos de estar ofendido por ser comparado con una potencia colonialista, Putin está muy agradecido. Es insólito.

La obsesión anti norteamericana
Toda la política exterior argentina está teñida de anti norteamericanismo. Así lo muestran varios hechos simbólicos que, en diplomacia, tienen un fuerte significado.
Recordamos en una rápida enumeración:
a) La organización de un acto con el entonces presidente venezolano Hugo Chávez y Maradona, en 2005, para repudiar a George W. Bush, quien participaba de una reunión en el país y de quien éramos anfitriones.



b) La presencia y los discursos provocadores de Cristina en Cuba, al momento que Obama asumía su primera presidencia.

c) El acuerdo con Irán por lo atentados de AMIA y Embajada de Israel.

d) La estupidez perpetrada contra los asesores en seguridad enviados por Estados Unidos a pedido de Argentina, con retención de equipaje.
En fin, una política exterior “fubista”, que busca efectos en la tribuna y abreva en la tradición de la izquierda argentina, carente de realismo político. Su ratificación en momentos en que Argentina espera un fallo favorable de la Corte de los EEUU respecto de los holdouts, que necesita arreglar con el Club de París y con el Fondo Monetario Internacional, no parece excesivamente inteligente.
Se procuran inversiones y financiamiento pero se dan pasos diplomáticos que ratifican nuestra condición de país imprevisible y caprichoso. Los resultados que obtengamos seguramente se corresponderán con nuestros actos.