Minorías pro-rusas potencian el conflicto en la ex URSS

Por Rosendo Fraga
para nuevamayoria.com

Crimean referendum on joining RussiaLa secesión de Crimea es un hecho de fuerte impacto internacional que puede tener consecuencias imprevistas. La historia muestra que las crisis suelen escalar por errores de cálculo -ambas guerras mundiales del siglo XX tuvieron como desencadenante este tipo de error- y esto puede estar sucediendo. La aceptación por parte de Rusia de la secesión de Crimea, aceptándola como una república de la Federación Rusa, es un hecho con pocos precedentes desde la caída del muro. El estallido de la ex Yugoslavia, la secesión de Kosovo en Serbia y la división de Montenegro en dicho país, junto a la separación entre Eslovaquia y la República Checa, fueron procesos en los cuales diversos pueblos buscaron convertirse en nuevos estados nacionales pero sin incorporarse a otro, como sucede ahora. Lo mismo ha sucedido con procesos de secesión conflictiva como el de Timor Oriental en Indonesia o Sudán del Sur en Sudán. Los ejemplos muestran que la minoría de un país que escinde una región del mismo en la cual es mayoría, no lo hace para incorporarse a otro país. Lo mismo sucedió con la disolución de la URSS: las catorce ex repúblicas soviéticas que se independizaron de Rusia lo hicieron para formar nuevas entidades nacionales y no para sumarse a otra. Desde esta perspectiva, lo que ha sucedido en Ucrania se parece más al proceso de anexiones que llevó adelante Alemania en el período previo a la Segunda Guerra Mundial, tomando primero los Sudetes, después Checoslovaquia y finalmente Austria. En los tres casos había un partido germano-hablante que apoyaba la anexión a Alemania. En 2008, en la guerra contra Georgia para apoyar la independencia de Osetia del Sur y Abjasia -dos enclaves rusos en territorio georgiano-, Rusia mostró su decisión de usar la fuerza en este tipo de conflicto.
La cuestión inmediata es ahora lo que pueda suceder con las minorías de habla rusa en las ex repúblicas de la URSS. El transplante forzado de poblaciones entre las distintas repúblicas fue una política deliberada destinada a quebrar su unidad nacional y evitar movimientos nacionalistas en ellas. El ejemplo es Crimea: en la posguerra, población tártara de Crimea de religión musulmana que vivía en la región desde el siglo XV, fue trasladada en forma forzada hasta repúblicas remotas como Uzbekistán. Al mismo tiempo, contingentes de rusos fueron desplazados hacia Ucrania para suplantar a los tártaros, que pasaron a ser minoría. En mayor o menor medida, procesos similares se dieron en todo el imperio soviético durante el mando de Stalin. En primera instancia, han surgido movimientos de secesión en regiones del sur y el este de Ucrania con predominio ruso, lo cual ha generado enfrentamientos violentos en varias ciudades. Esto puede ser el inicio de un proceso hacia la partición del país en dos. Al mismo tiempo, Putin ha dado claras señales de querer recomponer la URSS. La Comunidad de Estados Independientes (CEI), creada por Rusia tras la caída del muro con las ex repúblicas soviéticas, no logró entidad política ni coordinación económica. Pero Putin, en esta segunda década del siglo XXI, ha iniciado la reconstitución de la URSS a través de un acuerdo de unión comercial con implicancias estratégicas, en el que ha sumado a Bielorrusia en su frontera occidental, a Kazajstán en la oriental y buscaría extenderlo a otros países que fueron del área soviética. Pero ha sido en Moldavia -ex república de la URSS fronteriza con Ucrania- donde ha resurgido el reclamo de la minoría pro-rusa en forma inmediata a la secesión de Crimea. Mientras tanto, Ucrania está evacuando sus tropas de Crimea, donde sus principales bases han sido tomadas por los pro-rusos.
Las potencias occidentales en el corto plazo tienen poca decisión y limitada capacidad de respuesta frente al juego estratégico de hecho que está imponiendo Putin. Las sanciones impuestas por EEUU y la UE por la anexión de Crimea alcanzan a 13 funcionarios y ex funcionarios ucranianos y a 8 rusos. Implican no poder viajar a los países occidentales y limitar sus movimientos financieros. Pero la sanción políticamente más relevante sería si Rusia es expulsada del G8, integrado por los siete países más desarrollados y Rusia, que lo integra desde la disolución de la URSS por su importancia en lo estratégico y militar. La próxima cumbre del grupo se realiza en Socchi (Rusia) durante junio y hasta el momento los países occidentales no han decidido ni siquiera si se suspenderá. En lo militar, la OTAN suspendió la cooperación militar con Rusia y ésta amenaza con suspender el tratado de desarme Start II, con lo cual dejaría de aceptar inspectores nucleares. EEUU ha desplegado medios militares en Rumania, Bulgaria, Polonia y los tres países bálticos -todos países de la OTAN-, dando señales de que en caso de que Rusia avance militarmente está dispuesto a responder. Pero el mensaje tiene un efecto disuasivo relativo. Algo similar sucedió seis años atrás en Georgia, cuando señales similares sólo tuvieron valor de advertencia diplomática. Fuera de Rusia, los movimientos independentistas o secesioncitas ven lo sucedido en Crimea como un antecedente favorable, aunque no sea un caso trasladable a convictos como el de Cataluña o Escocia. Rusia vetó una resolución del Consejo de Seguridad contra el referéndum en Crimea, pero China no lo acompañó, temiendo que lo sucedido en esta región pueda sentar precedentes para conflictos como los que enfrenta en Tíbet y Xinjiang. Por su parte, el gobierno ucraniano ha denunciado que un soldado propio fue muerto en Crimea en la primera acción militar cruenta y una multitud pro-rusa armada ha tomado la principal base naval de Ucrania en Crimea, todo lo cual ha hecho escalar peligrosamente el conflicto. El suministro de gas ruso a Europa condiciona la reacción de la UE.
En conclusión: la anexión de Crimea a Rusia es un hecho que puede tener consecuencias imprevistas, dado que la historia muestra que las crisis suelen escalar por error de cálculo; en lo inmediato toman impulso movimientos pro-rusos en otros lugares de Ucrania y en diferentes países de la ex URSS, donde existen minorías de esta lengua; quizás lo más peligroso es lo que pueda suceda en los países bálticos que pertenecen a la OTAN, y en consecuencia sus miembros están obligados a defenderlos si son atacados militarmente; por último, las potencias occidentales tienen poca capacidad de respuesta en el corto plazo y ello permite a Putin imponerse de hecho en el juego estratégico.