Esnobismo manifiesto

Por J.C. Maraddón
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ilustra sicosisEn estos tiempos de intercambios virtuales sin fin, bien vale recordar esa época en la que, por ejemplo, para ver una película no quedaba otra que ir al cine. Y para volverla a ver, había que esperar una reposición que, tal vez, no ocurriera nunca. Porque cabía la posibilidad de que un filme nunca volviera a proyectarse, por lo menos en la salas ubicadas en la ciudad de Córdoba.
Con suerte, si el título en cuestión tenía algún valor artístico, tal vez la lata donde residía la cinta fuese recuperada por algún programador de cineclub. Y con mucha suerte, se podía verla hasta una tercera vez. Pero eran casos extraordinarios, excepcionales, que no estaban al alcance de cualquiera. La mayoría de la gente veía un largometraje por única vez y a llorar al campito. A otra cosa, mariposa.
Después vino la tele a reciclar viejas filmotecas para llenar horas de programación y entonces volvieron al ruedo las películas que fueron éxito alguna vez… y las otras también. La audiencia tuvo así la oportunidad de reencontrarse con aquellas escenas que la emocionaron a su paso por la pantalla grande y que ahora repetían su efecto gracias a la pantalla chica. Horas y más horas de material audiovisual pretérito que cantaba el presente e ingresaba en los hogares a través del artefacto que amenazaba con revolucionar las comunicaciones.
También serían los televisores los que, conectados al videorreproductor, posibilitarían al público disponer de los filmes a gusto y placer. Las cintas de VHS podían ser pausadas, rebobinadas y adelantadas; y también se dejaban ver en el horario que cada uno dispusiera para disfrutarlas. Ventajas que nadie soñaba en los años en que las matinés congregaban a la familia en las salas de proyección.
Al observar las películas con el detenimiento que los nuevos aparatos permitían, empezaron a detectarse detalles que antes pasaban inadvertidos. Errores de encuadre y hasta incluso de coherencia narrativa, que no parecían tan evidentes ante el primer vistazo, se tornaban obvios al dar nuevamente play a la videocasetera. Y quienes detectaban estas fallas no podían contener las ganas de contárselo a todo el mundo, como una manera de corroborar que nadie es perfecto.
Ahora que sabemos que la verdadera revolución de las comunicaciones iba a llegar con Internet, asistimos de manera cotidiana a un regodeo por parte de los portales de noticias, que nos atosigan con títulos como “los diez errores imperdonables de los clásicos de la cinematografía” o “las escenas en las que fallaron los mejores directores de Hollywood”. Hacer leña del árbol caído es algo que, según se advierte, bate récords de clicks en la web.
Y es que el repertorio de productos audiovisuales que se almacena online es inabarcable y otorga la chance de mirar un video todas las veces que sea necesario, hasta que el defecto aparezca y, con él, la noticia que llame la atención de los usuarios. Ese límite natural que imponía la escasez de funciones de exhibición de una película, se ha derrumbado para siempre y ha arrastrado en su caída el pudor con el que la industria cinematográfica disimulaba sus pasos en falso.
Al referirse a las incongruencia que los expertos le encontraron a “Madame Bovary”, el protagonista de “El loro de Flaubert”, de Julian Barnes, señala que no lo sorprende ese descubrimiento, sino más bien “lo escasos que son los errores cometidos por los escritores”. Ante la magnificencia de ciertas obras fílmicas, detenerse en la sombra de aquel micrófono que aparece por allá o en el zapato que estaba desatado y ahora aparece con nudo, no deja de ser un acto de esnobismo manifiesto.