La simpatía K se esfuma cuando mejoran los pronósticos

Por Pablo Esteban Dávila

DYN03.JPGNo fue casual que, durante el pasado enero, las relaciones entre la provincia y la Nación dieran muestras de descongelamiento. A inicio de aquel mes y en forma reservada, Jorge Capitanich acordó con José Manuel de la Sota un impecable despliegue de fuerzas nacionales. El objetivo era prevenir otra algarada policial ante una inminente ola de detenciones por el acuartelamiento de diciembre. Por primera vez en mucho tiempo la coordinación entre ambas jurisdicciones fue total. A finales de mes se reunieron nuevamente y el ministro Jorge Lawson aseguró que ambos “se encontraban en comunicación permanente”. Todas buenas ondas. Los que creían en el ejercicio civilizado de la política consideraron esta sintonía como el renacer de la cultura del acuerdo, más allá de las respectivas condiciones de oficialista y opositor. Pero, en realidad, había razones poderosas que impulsaron aquellas muestras de cortesía que, como se verá, nada tenían que ver con la concordia.
Déjense de lado los problemas que el gobernador tenía hacia finales de 2013 y hágase foco en los que azotaban la Casa Rosada. Eran, por cierto, muchos y de variada intensidad. El país acababa de vivir una feroz temporada de saqueos para la que, claramente, la presidente y su equipo no tenían estrategia alguna. Al principio, cuando las primeras escenas de vandalismo se transmitieron desde Córdoba, los halcones nacionales se restregaron las manos: allí estaba la oportunidad de deshacerse del molesto De la Sota.
Le negaron el auxilio de la Gendarmería y lo acusaron de imprevisión. Si las cosas hubieran quedado allí, aquél ejercicio de miseria política tal vez hubiera dado resultados. Pero las cosas se salieron de madre. Gran cantidad de provincias se incendiaron por efecto contagio y, para desasosiego de la presidente, las causas que invocaron los analistas para explicar el descontrol fueron –más allá de los reclamos de las policías– el incremento de la pobreza, la inflación y la falta de perspectivas de progreso social para grandes sectores de la población. Justamente lo opuesto a lo que el relato dice haber conseguido en los últimos diez años.
Casi en paralelo con aquellos sucesos, el dólar blue comenzó a subir en forma imparable, un efecto de la inundación de pesos emitidos por el Banco Central para sufragar el cada vez más abultado déficit fiscal. Axel Kiciloff viajaba y naufragaba frente al Club de París y los fondos buitres llegaban a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Venezuela, un aliado ideológico del régimen kirchnerista, comenzaba a emitir las señales que, semanas después, terminarían en un espiral de violencia, con muertos en las calles y presos políticos incluidos. Desde este diario se preguntó (con una convicción que todavía se mantiene) si aquel país no era, precisamente, el espejo en el que Argentina debía mirarse.
En este contexto, el ala moderada del oficialismo nacional advirtió que el gobierno tenía demasiados frentes abiertos y cada vez menos respuestas para ofrecer. Era, pues, necesario tomar algunas decisiones que demostraran capacidad de gestión y cierta apertura política. Convocar a los gobernadores opositores fue, en consecuencia, una derivación natural de aquel talante. Una invitación a la oficina del jefe de gabinete, agenda abierta y una foto para la prensa era un precio bastante módico a pagar por un símbolo tan importante de diálogo y entendimiento.
Por supuesto, el resto de las medidas no fueron tan simpáticas. Se devaluó la moneda en más del 30% en apenas 60 días y se anunció la reducción de los subsidios que favorecen, básicamente, a la Capital Federal y el gran Buenos Aires. El Banco Central, fuera del control de diletantes y ahora conducido por un experto, se largó a esterilizar los pesos en plaza y subió la tasa de interés a niveles que no se veían desde la crisis de 2002. Resultó llamativo que, no obstante la ley económica que señala que tasas más altas equivalen a menor inversión, los defensores del “Modelo de Acumulación de Matriz Diversificada con Inclusión Social” decidieran tragarse este sapo financiero antes que inmolarse en el mar de una stanflación. Para los politólogos, fue una conducta realista y, por lo tanto, responsable; para los economistas, simplemente un ajuste ortodoxo.
Llámeselo como quiera, realismo o ajuste, lo cierto es que la presidente consiguió un poco de aire. El dólar se calmó y la inflación de los dos primeros meses del año (aunque sigue siendo muy alta) será, sin embargo, la mitad de la tasa de devaluación. La naturaleza también puso su granito de arena: gracias a las inéditas lluvias de febrero, el campo terminará aportando una cantidad de dólares que, si bien probablemente no sean muy superiores a las del año pasado, tampoco serán menores. Es paradójico que el gobierno nacional y popular continúe siendo salvado por el sector agropecuario, exactamente igual a como lo hacía con la rancia oligarquía de principios del Siglo XX.
Sin embargo, y como si fuera una tenaz ley física, las buenas noticias para el gobierno pueden que terminen convirtiéndose en una pesadilla para sus opositores, especialmente para De la Sota. Por estos días, el gobernador advierte que la urbanidad política de Capitanich tal vez haya sido una vulgar maniobra para comprar algo de tiempo. El rumor –que parece que tiene asideros– sobre que la Tasa Vial terminará siendo declarada inconstitucional por la Corte, no es consistente con las promesas de cooperación brindadas en enero. Además, los veinticinco millones de dólares para la reparación del canal Los Molinos – Córdoba, comprometidos también por la jefatura de gabinete, continúan sin desembolsarse, así como el aval que necesita la provincia del Banco Nación para conseguir financiamiento internacional para la construcción de 1.700 kilómetros de gasoductos. Todo parece señalar que la simpatía K se esfuma cuando mejoran sus pronósticos.
Esta relación, por supuesto, no tiene en cuenta la controversia por los fondos que la Casa Rosada adeuda por la Caja de Jubilaciones. En su reciente informe al Congreso, Capitanich recitó la misma letanía de siempre: “Eso es materia de una controversia judicial porque la Anses a la vez reclama el no cumplimiento de los convenios de armonización”. Nada parece haberse alterado desde los tiempos del grisáceo Juan Manuel Abal Medina sobre el particular. De la Sota tendría derecho a preguntarse (seguramente lo hace) para qué tanta foto y gestos de amistad si, al final, el actual ministro parece articular un eco retardado del que se fue.
Estos comportamientos tan impredecibles tienen, sin embargo, cierta lógica. No es, como puede imaginarse, una razón agradable, benevolente, sino la que se deriva de la perversión inherente al propio kirchnerismo. Su comportamiento político se asemeja a esos ventajeros engreídos que les gusta golpear a los caídos pero que, cuando ellos tropiezan, ofrecen recompensas a quienes se abstengan de devolverles el golpe. Quién guste de los gráficos cartesianos podrá apreciar fácilmente el funcionamiento de este estilo. Póngase en el eje de las Y las dificultades y en el de las X los modales. Se advertirá que, cuando hay muchos problemas, los modales del gobierno mejoran pero que, cuando aquellos son menores, estos se deterioran ostensiblemente.
Los optimistas dirán que esto es un avance respecto al anterior carácter kirchnerista, de aquel que hizo de la intolerancia y el agravio un sello inconfundible, independientemente de lo bien o mal que marcharan sus asuntos. Es una opinión. Pero no debe olvidarse que aquella versión destemplada tenía el viento de cola de la soja y, fundamentalmente, la posibilidad de reelección, ventajas que ahora han desaparecido. Los K son más vulnerables que nunca y, probablemente por el comportamiento que ha sido señalado, muchas de sus víctimas actuales comiencen a incoar la idea que no hay posibilidad de ningún arreglo con esta gente, ni durante su gestión ni en el futuro próximo, cuando tengan que marcharse al llano y, finalmente, las cuentas sean saldadas.