Radio pasión

Por J.C. Maraddón
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ilustra el oyenteEntrar en los viejos estudios de radio, de una dimensión hoy impensada, provocaba cuanto menos una urgencia de respeto hacia todas las historias que habían transcurrido –y se habían transmitido- entre esas cuatro paredes. Era como ingresar en templos donde aquellas voces que uno escuchaba en su casa, se transformaban en personas de carne y hueso, con una apariencia quizá distinta a la que los oyentes se imaginaban, pero con ese tono para decir las cosas que nos paralizaba junto al pequeño artefacto a transistores.
Tuve la posibilidad de conocer desde adentro esa etapa de la radiofonía. De recorrer los pasillos de las antiguas LV2, LV3, Radio Universidad y Radio Nacional. De compartir jornadas en esas redacciones percudidas por el humo de los cigarrillos y arrulladas por el tipeo de las máquinas de escribir. De husmear en las discotecas hasta encontrar ese vinilo que tanto estaba buscando. De atender llamadas de oyentes que mitigaban su soledad con la única compañía de un receptor de radio.
Al familiarizarme con esa rutina, aquellos nombres que tanto se repetían al aire pasaron a habitar mi entorno laboral, y relajaron esa formalidad que esgrimían al micrófono, para conversar como cualquiera del resto de los mortales. Cuando se apagaba la luz roja, las figuras a las que la gente idolatraba se permitían decir guarangadas, ir al baño, comerse un sándwich, sostener opiniones políticamente incorrectas, hacerles bromas pesadas a sus compañeros, aflojarse el nudo de la corbata.
En esa comunidad tan particular, pocos eran los que ostentaban títulos universitarios. La mayoría eran idóneos, había llegado hasta allí de casualidad, por alguna circunstancia extraña de la vida. Pero lo que los unía era una pasión absoluta por lo que estaban haciendo, un sentimiento que se percibía en el producto que elaboraban y que contagiaba su entusiasmo a la audiencia, hasta que conseguía que el público se distrajera de sus tareas cotidianas para prestar oídos a lo que salía del parlante.
Con el tiempo, aquellas antiguas AM debieron acostumbrarse a compartir cartel con la frecuencia modulada. El acartonamiento de las viejas épocas dio paso a nuevos estilos, en los que el micrófono se mantenía encendido aunque lo que se esparciese en las ondas electromagnéticas fuesen insultos o charlas informales. Los grandes estudios redujeron sus dimensiones porque ya no hacía falta tanto espacio. Las discotecas también fueron jibarizadas con la irrupción del disco compacto. Y la mayoría de las estrellas de la radio empezó a ser convocada para programas de TV, con lo que su imagen dejaba de ser una incógnita.
Se produjo el fin de un largo periodo en el que se mantuvieron ciertos códigos y ciertas ingenuidades. No fue la radio la que desapareció, sino una manera de hacerla. Para sostenerse a flote en un mundo que amenazaba con hundirla, la industria radiofónica afrontó una mutación que le ha permitido sobrevivir hasta la actualidad y reconvertirse incluso a través formatos digitales que cada día se nos vuelven más imprescindibles. Contra todos los pronósticos, los jóvenes siguen respetando el casi centenario ritual sonoro, aunque lo hagan bajo pautas necesariamente distintas a las de antaño.
Pero si, como dice un personaje de la película “La grande belleza”, la nostalgia “es la última distracción de quien ha perdido la esperanza en el futuro”, nos podemos dar el lujo de caer por un rato en el escepticismo y evocar aquellos lejanos días de radio en amplitud modulada, sobre todo ante la noticia de la muerte de Jorge “Galleta” Kelly, ocurrida ayer. Porque pertenecía a la última generación de comunicadores que poblaron el éter de una ciudad que todavía era aldea y que seguía prefiriendo imaginarse lo que ahora se nos revela con lujo de detalles.