Falta la hoja de ruta

Por Gabriela Origlia

Algunos referentes del kirchnerismo aseguran que al movimiento no le gusta hablar de plan, que prefieren no usar ese término. Es atendible; como también lo es que los trabajadores, empresarios, inversores, estudiantes, amas de casa, jubilados y toda persona que vive en el país quiera saber hacia dónde va el Gobierno. No se trata de una curiosidad mal sana ni de un interrogante académico; es una cuestión que simplemente apunta a organizarse, prever, planificar. El sábado último la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tuvo la posibilidad, ante la Asamblea Legislativa, de dar algunos indicios. Nada. No hubo nada de nada.
O sí, hubo más de lo mismo: cierto autismo en el discurso, la reiteración de comparaciones de los últimos años con los peores de la década pasada (obviamente los saltos son significativos), la insistencia sobre que el mundo se cae pedazos e impacta sobre la Argentina (ni una mención a que cuando era todo pum para arriba también afecta al país) y la eliminación del vocabulario de conceptos incómodos como el de inflación.
Más allá de que la palabra no se diga está claro que la suba de precios (“reacomodamiento” dicen los funcionarios) inquieta al Gobierno que sabe –aunque tampoco lo reconozca- que si no logra frenarla la devaluación de enero quedará licuada en pocos meses. La Presidenta y su equipo siguen con interés (e intervienen) en las paritarias; buscan que las recomposiciones salariales no superen el 25% para no generar más presiones inflacionarias. En ese marco sería aconsejable mostrar una hoja de ruta, ofrecerles a los empresarios y trabajadores un GPS sobre qué deberían esperar. Ese esquema permitiría moderar demandas.
La paz en el mercado cambiario –lograda a fuerza de devaluación, suba de tasas de interés y la medida administrativa de obligar a los bancos a desprenderse de dólares- no es suficiente. El último febrero fue el primer mes de los últimos 23 que el dólar no subió. Es decir, el puente sirvió, pero hay que acompañarlo. Hay problemas que siguen, como es el fiscal. El gasto público continúa creciendo entre cuatro y cinco puntos por encima de la inflación y el Central sigue emitiendo para tapar el hueco, aunque después absorba pesos para que no vayan al dólar. La suba de tasas tiene un costo para las empresas por eso el BCRA determinó que los bancos redireccionen créditos aliviar a las Pymes. De esa manera busca que la actividad no termine de enfriarse en un escenario donde los importadores prácticamente no tienen acceso al mercado de cambio con lo que implica eso en un país con una industria altamente dependiente de los insumos importados.
Las expectativas de los expertos –en función de lo actuado hasta acá por el Gobierno y de la intuición respecto de sus próximos pasos- es que el país ya tiene su actividad frenada y una inflación anualizada de alrededor del 35%. La creación de empleo en ese marco es utópica y si las paritarias cierran, en promedio, con una mejora anual del 25% la pérdida real del salario será de entre siete y 10 puntos en pesos y de 35 en dólares. Si los gremios aceptan moderar sus reclamos es por temor a más crisis (es decir, a la destrucción de puestos).
Una hoja de ruta colaboraría a encaminar expectativas. Claro que la pérdida de confianza y de credibilidad en el equipo de Gobierno pesa. Los funcionarios tienen más que redoblar esfuerzos para que sus palabras generen impacto positivo. Además, es clave que el accionar de todos vaya en la misma línea porque sino sólo hay más confusión.