El peronismo en una nueva encrucijada histórica

Por Fernando Rosso
frossocba@gmail.com

Menem_con_banda_presidencialSi se posa la mirada en el largo plazo y más allá de los avatares de la coyuntura, surge el interrogante en torno a si la aguda crisis que atraviesa el kirchnerismo es uno de los últimos episodios de la decadencia del peronismo o simplemente otra etapa de su permanencia. Y, en consecuencia, luego del hundimiento del radicalismo en el 2001, la apertura de un periodo de fuerte crisis de representación de las grandes coaliciones políticas tradicionales.
El final del peronismo, su condena a un estado de “cadáver insepulto”, fue anunciado infinidad de veces en los últimos setenta años de historia nacional.
Muchos intelectuales peronistas se regocijaron ante el fracaso de estas profecías, al constatar su obstinada persistencia en el escenario político de la Argentina contemporánea. Atribuyeron el hecho a un estado de naturaleza de la conciencia colectiva de las clases obreras y populares que tenían en el peronismo su representación lógica. Una metafísica de la identidad ideológica y política, donde el origen social -obrero o popular- era traducible en el terreno político solo en el peronismo. Para sostener este mito, tuvieron que borrar medio siglo de historia política o en mejor de los casos reinterpretarla como fisonomías no desarrolladas, confusas, que evolucionaron y encontraron su madurez y su punto más alto en el peronismo. El estadio último del desarrollo del espíritu absoluto de nuestro ser nacional.
Jactancias intelectuales y facilismo político que evadían la trabajosa tarea de pensar la compleja trama de marchas y contramarchas, de relaciones de fuerzas, de los pasajes laberínticos que recorrió el conflicto de clases sobre el suelo de esa peculiar formación social de nuestro país.
Desde este punto de vista, la persistencia del peronismo tuvo más que ver con las imposibilidades de la clase obrera y “las izquierdas” que intentaron conducirla o representarla, para conquistar un grado máximo de independencia. Oscilaron pendularmente entre la subordinación por una u otra vía al peronismo, o a las oposiciones “gorilas” que lo enfrentaban.
Pero además, la permanencia del peronismo estuvo ligada a victorias y derrotas de luchas políticas y sociales que bloquearon una experiencia con su verdadera esencia.
El golpe de la Libertadora de 1955 derrocó a Perón y salvó al peronismo. Cuando se terminó el ciclo de expansión y el “viento de cola” que también existió en aquel tiempo, su “relato” comenzó a desmoronarse. Del aguinaldo, las vacaciones y la sindicalización estatalizada -una medida que otorgaba organización y obturaba autonomía-, se pasaba al “Congreso Nacional de la Productividad”, el fin del “nunca menos” y sus correspondientes acuerdos con los capitales internacionales (los “Chevrón-Vaca Muerta” de aquellos años). Las primeras revueltas obreras en Francia, casi en los orígenes del movimiento, se levantaban al grito de “vivir trabajando o morir combatiendo”. En su fin de ciclo, Perón invertía el lema: “es mejor morir produciendo que vivir combatiendo”. En palabras suyas al diario La Prensa afirmaba: “Nadie ha combatido más que yo a los patrones abusivos y explotadores. Yo veo, sin embargo, que ellos están en tren de colaboración. No están ya en tren de explotadores. Es decir, que ellos están en el mismo orden social y justiciero que nosotros. ¿Entonces, por qué los vamos a seguir combatiendo?”. Comenzaba una experiencia que el fracaso del Congreso de la Productividad cristalizaba institucionalmente como un momento o como una fotografía. El golpe le ahorró la tarea del ajuste, bloqueó esa experiencia y la película siguió por caminos sinuosos.
El otro intento de Pacto Social, nuevamente con el peronismo en el poder, se da en el periodo del 1973-1976. Cuando Perón volvió a prestar sus últimos servicios al orden nacional, es decir, cuando se convirtió en el último recurso, en el “hecho bendito del país burgués”. La experiencia fue más profunda y radicalizada. La muerte de líder y nuevamente un golpe militar que volteó al gobierno de Isabel, permitieron la supervivencia del mito ya más debilitado.
Vinieron las transformaciones, “del partido sindical al partido clientelista”, como lo definió un académico norteamericano. El peronismo neoliberal expresado en el menemismo en tiempos de derrota nacional y mundial. Esos cambios no fueron el producto de una capacidad adaptativa que lograba reinventar al peronismo con la fortaleza de sus orígenes. Sino las distintas manifestaciones de su senilidad como representación política de los sectores populares.
Luego de una década, puede decirse hoy que el kirchnerismo no fue lo suficientemente fuerte para crear una nueva identidad y una renovada cultura política que trascienda al peronismo, y su giro tardío de retorno hacia el mismo tampoco fue suficiente para revivir o reactualizar los lazos de los sectores populares con el movimiento creado por Perón.
Sin partido militar con capacidad de acción (por lo menos en lo inmediato), pasadas varias generaciones en estos setenta años, y con una coalición peronista-kirchnerista que se dispuso en este último tiempo hacer el “trabajo sucio”, a no tercerizar la tarea, jugada a la imposición hasta el final de un “pacto social” que, como siempre, traducido al criollo significa ajuste (hoy expresado en devaluación, inflación, “tope” a los salarios, endeudamiento).
La pregunta que surge es si el kirchnerismo en su etapa superior, será el agente que dinamitará no solo a su gobierno, sino junto con él contribuirá a la liquidación del debilitado peronismo histórico.
Junto con el radicalismo fueron los dos partidos que más se parecieron a representaciones “orgánicas” de grandes sectores de clase. Uno se hundió en el 2001, ¿pasará el kirchnerismo a la historia por dilapidar al otro? No justamente por haber construido un movimiento que lo trascienda, sino por haber permitido una experiencia completa.
En todo caso esto no es una posibilidad que solo estribe en su propia dinámica “endógena”, depende también de la experiencia y las posibilidades de la emergencia de una representación política nueva e independiente de la clase trabajadora y los sectores populares, un desafío que las crisis de hegemonía o representación de las fuerzas políticas tradicionales (el peronismo y el radicalismo), dejan planteado, aunque no resuelven. Esa tarea es parte de los combates del presente y del futuro y en la que el Frente de Izquierda comenzó a dar los primeros pasos.