Entre soldados y vigilantes

Por Víctor Ramés
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Vigilante fractalPublicada en el diario La Libertad de enero 13 de 1904 bajo el título Ecos Policiales, la crónica es en realidad un parte del jefe de la comisaría primera. Vale decir que el relato ya trae puesto el sello, el sesgo, y seguramente no de objetividad.
Pero no demoremos el centenario texto: “Un verdadero combate se libró anoche a las 12 en la esquina Boulevard Guzmán y Lima entre soldados del 8 de Infantería de Línea y vigilantes de policía.”
“A la hora expresada se encontraban en el punto referido los soldados del batallón 8 José Carrizo, Juan Muñoz, Bibiano Luque, Juan A. Cabral, José González y Justo Vázquez. El agente Melitón Arregui número 176, de facción próxima, fue objeto de burlas y provocaciones de parte de los militares, razón por la cual el vigilante les intimó orden de arresto, que estos desacataron, agrediéndolo.”
Ponemos pausa para algunas precisiones. En primer lugar, la desproporción entre los ofensores (seis) y el solitario agente humillado. Humillado, mas orgulloso, a juzgar por su reacción. Cualquiera sin uniforme probablemente habría seguido de largo, pero aquí hay un conflicto de poderes. Y queda–para el incógnito- el cariz de las burlas y provocaciones, pero no imaginemos nada alambicado. Por último, es muy probable que los “militares” fuesen simples conscriptos (ya que el Servicio Militar Obligatorio había sido instituido tres años antes) empeñados en perder el tiempo en una esquina vana.
“Arregui tocó auxilio, llegando momentos después el agente 141, que andaba franco y con traje particular. Luego acudieron al lugar del hecho el cabo 1° Mercedes Quinteros y dos agentes de la comisaría central.” El espíritu de cuerpo nace del silbato de Melitón Arregui, y lo embocan, salidos quién sabe de dónde, un vigilante de franco y otros tres policías, que equilibran un poco la contienda. Tómese nota de que nunca se ceja en el objetivo de llevar detenidos a los soldados. Demos paso al clímax de la acción: “Debido a la tenaz resistencia que oponían los soldados, se trabó entre ellos y los agentes una encarnizada lucha. En la refriega resultaron heridos el vigilante Romualdo Ponce (141) con un tajo en el pómulo izquierdo, lesión algo grave al parecer; el soldado José Carrizo, con un hachazo en el parietal izquierdo, y también lesionado Bibiano Luque. Con la intervención del sargento David Moreno y después de grandes esfuerzos, fueron conducidos los soldados a la comisaría primera.”
La breve epopeya está prácticamente completa, con la intervención pitagórica del sargento Moreno, aunque aún faltan protagonistas por nombrar. Y están esos luctuosos hachazos dados en la refriega, el toque sangriento del relato, que le hace agregar al jefe de la comisaría primera: “Se supone que las heridas que ostentan los mencionados soldados son ocasionadas por el machete de alguno de los agentes que intervinieron en el hecho, aunque todos estos niegan haber hecho uso del arma”, completando la lista final de los contendientes: “Intervinieron al final del incidente los vigilantes Jesús Aparicio, Gabino Argüello y Tomás Suárez”. Se niegan los machetazos, pero allí están los tajos, y los tres vigilantes colgados al final del parte desequilibran la riña a un nueve contra seis. Así concluye la declaración: “Los heridos fueron transportados al hospital San Roque, donde permanecen.”
Imaginamos, por puro afán de hacer rimar dos episodios dispares, que el enfrentamiento entre soldados y policías tendrá su revancha un año más tarde, cuando durante la revolución de 1905 los radicales rebeldes, apoyados por un arco de cuarteles militares sublevados, ataquen las comisarías de la ciudad. Para poner en diálogo las dos resonancias, cedemos la palabra a Roberto Ferrero, quien así refiere un cuadro de la revolución, éste mucho más sangriento y simbólico que el incidente arriba mencionado.
“La que ofreció resistencia más encarnizada fue la comisaría de la seccional 1ª, ubicada frente al río Primero sobre el Boulevard Guzmán, entre San Martín y Rivadavia. Se hallaba defendida por el comisario Félix Aramburu y los vigilantes de la VI, quienes fortificaron el edificio de la comisaría y organizaron cantones en las manzanas vecinas. Estos fueron los primeros en caer; luego cayó la propia comisaría. Los soldados del 8° de Infantería se deslizaron por la orilla del río, fuera de la vista de los defensores y la atacaron reciamente de frente hasta rendirla. Perecieron en este combate el propio comisario Aramburu, el cabo Luis Salas y los agentes Loyola, Campos, E. Ferreyra, Amaya, Salguero y A. Pereyra”.
Como en los cuentos de Borges, los contendientes son otros, así como son otras las causas del choque, pero todo eso es accesorio para una riña que acecha paciente su oportunidad.