Sin retorno

Por J.C. Maraddón
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ilustra bill haley¿Pensaba el gordito Bill Haley cuando lanzaba su versión de “Rock Around The Clock” que 60 años después íbamos a estar acá, hablando de él? Vaya a saber uno si el tipo era conciente de que su grabación iba a ser el puntapié inicial de una empresa que amasaría fortunas y cambiaría para siempre el ritmo de la sociedad occidental. Lo concreto es que lo hizo, que sacudió la alfombra de las estructuras hasta derruir todo lo que anidaba sobre ellas. Y su nombre se perdió entre los créditos de una película que todavía no ha llegado al The End.
En 1954, los chicos nacidos durante la Segunda Guerra Mundial –los famosos baby boomers- estaban entrando en la adolescencia y apenas si podían contener la ansiedad por subirse al tren de la diversión. La economía estadounidense se expandía como nunca y había que buscar la manera de que esos jovencitos se sumaran al circo del consumo lo antes posible. Había que enseñarles a desear determinado tipo de ropa, de películas, de medios de transporte, de fast-food- de gaseosas y, por supuesto- de música.
Fue en esas circunstancias que el rocanrol hizo su arribo, para quedarse. Nacido al amparo de síncopas bluseras que solo a los negros les estaban permitidas, el género entró como patada en el circuito de los teenagers blancos que buscaban desafiar la moralina de sus padres. Escuchar la música cantada por intérpretes afroamericanos formaba parte de ese cuadro de rebeldía que los afectaba al tomar conciencia de su potencial.
De a poco, pero con entusiasmo, cantantes de piel blanca y sueños de gloria se atrevieron a grabar esas canciones, aplicando sobre ellas sus naturales influencias de country & western. Así, como quien no quiere la cosa, estaban fundando el imperio del rock & roll, que este año celebrará seis décadas de existencia, sin que haya aparecido hasta el momento ningún rival que esté dispuesto a hacerle sombra.
En el mundo anterior a 1954, los niños se hacían hombres (y mujeres) al momento de dejar los pantalones cortos. En un tris, pasaban de ser hijos a ser padres, de jugar a trabajar, de depender de las órdenes de otros a ser responsables de una familia. Dentro de ese panorama, el entretenimiento se dividía entre los pasatiempos infantiles y la juerga de los adultos. Y no había nada en el medio.
Después de “Rock Around The Clock”, esa quietud se tornó insostenible. La adolescencia se abrió paso para, en pocos años, pasar a ser considerada como la edad ideal, la etapa dorada en la que somos felices, antes de que las obligaciones y la rutina nos conminen a sentar cabeza. De no existir, los teens comenzaron a agrupar multitudes, masas chillonas de chicos con dinero en sus bolsillos y muchas ganas de pasarla bien.
Ellos fueron los que ensayaron las cabriolas para bailar el rock, verdaderos ejercicios gimnásticos que hasta no mucho antes hubiesen sido catalogados como lascivos y despreciables. Ellas fueron las que iniciaron el proceso de acortamiento del largo de las faldas, para luego plegarse al uso de los pantalones que habían sido símbolo de masculinidad. Ellos buscaron refugio en las camperas de cuero y, para desafiar al viento que se empeñaba en despeinarlos cuando transitaban sobre sus motos, se preocuparon por cubrirse el pelo con fijador.
Nunca podremos averiguar, porque murió en 1981, si el gordito Bill Haley sabía que al incorporar a “Rock Around The Clock” al repertorio de su orquesta estaba alterando el eje de rotación del planeta tierra. Lo único que sabemos, y vaya si lo sabemos, es que el suceso acontecido 60 años atrás engendró un fenómeno revolucionario (en el sentido cultural de la palabra), del que ha sido imposible regresar.