Argentina y el síndrome de Doña Flor

Por Daniel V. González

2014-01-30MACRISHace algunos días, Franco Macri manifestó sus deseos de que el próximo presidente provenga de La Cámpora. Esta afirmación ha de haber producido en muchos de nosotros un sudor helado, de sólo imaginarnos a algún personaje de esa agrupación asumiendo las más altas responsabilidades en el país.
En el mismo reportaje añadió una frase sumamente interesante, que pega de lleno en la posibilidad de consolidar una oposición al peronismo, como opción de gobierno no sólo para los comicios de 2015 sino en general, como alternativa de poder. Dijo Franco Macri, en referencia a su hijo Mauricio: “tiene la mente de un presidente pero no el corazón”. Esta observación encierra –y no sólo respecto de Mauricio Macri- uno de los debates y dilemas más importantes de la política nacional, vinculado a la pasión y la razón.

Combatiendo al capital
La visión instalada por el peronismo acerca de la naturaleza de los problemas argentinos supone la existencia de un puñado de ideas que, aunque instaladas y consolidadas en un tiempo preciso, ha ido sobreviviendo a lo largo de décadas hasta llegar a nuestros días con sus parámetros esenciales incólumes. El GOU (el grupo de militares que fue el germen del peronismo) abrevó en la visión de varios militares nacionalistas, también en el nacionalismo aristocrático argentino anti británico y en el grupo FORJA, que integraba entre otros Arturo Jauretche. Luego, este enfoque impregnó el resto de las fuerzas políticas argentinas. Hacia la izquierda y hacia la derecha. Con los Kirchner, esta seducción alcanza incluso al progresismo, el hueso más duro de roer pues siempre mantuvo una cierta aversión hacia el peronismo, salvo en su modo terrorista.
El famoso chiste acerca de que “peronistas somos todos” refleja una realidad abrumadora sobre el espectro político argentino. Todos los partidos están impregnados de populismo, en distinta medida. Hace pocos días, la presidenta anunció un nuevo subsidio, esta vez de 600 pesos para los jóvenes que no trabajan ni estudian. Entre los respaldos que obtuvo estuvieron los de Elisa Carrió y Mauricio Macri, dos de los más severos críticos de la actual gestión. En momentos en que padecemos una alta inflación producto de un desmesurado gasto público, los opositores más duros evitan una crítica que pudiera hacerlos perder los votos de los beneficiarios de esa dádiva.
El peronismo, la versión argentina del populismo, abraza un puñado de ideas desde su fundación misma, que tiene varios pilares centrales. Entre ellos, la idea de que nuestra falta de desarrollo económico proviene de la explotación de los países imperiales, primero Inglaterra, luego los Estados Unidos. Inglaterra, objeto principal del despliegue del ideario nacionalista de los años 30 y 40 del que se nutrió el peronismo, impidió nuestro desarrollo al incorporarnos al mercado mundial (en complicidad con los productores agrarios locales) como meros productores de alimentos, cuando reservaba para sí la industria, clave en la construcción de cualquier país poderoso. El peronismo vino a quebrar nuestro destino agrario y a desarrollar la industria a fuerza de nacionalizaciones de los servicios públicos, desarrollo del mercado interno, altos salarios, leyes sociales, apoyo estatal a los industriales pequeños y medianos, nacionalización del comercio exterior. El camino nacionalista parecía eficaz: entre 1945 y 1950 los objetivos se cumplieron y el peronismo recibía el voto popular en respaldo de su política.
Pero luego el sistema entró en crisis, que se reforzó por las sequías de comienzos de los años 50. Perón intentó rectificar el rumbo (Ley de Capitales Extranjeros, Congreso de la productividad, contrato con la California, etc.) pero no tuvo tiempo. El derrocamiento de Perón impidió que el populismo pudiera completar su propio ajuste. Ello fortaleció el mito de que las políticas nacionalistas, con centro en un estado activo y dispendioso, eran el camino hacia nuestro desarrollo. Esta idea abarca a las principales fuerzas políticas argentinas (peronismo, UCR, socialismo) y también a amplios sectores de las Fuerzas Armadas, reacias a privatizar aún en gobiernos calificados de liberales.
Si la culpa de nuestro atraso proviene de la maldad de las grandes potencias, la existencia de la pobreza interna es consecuencia de la avaricia y egoísmo de las clases altas. El énfasis está puesto en la Justicia Social y en la distribución y no tanto en la producción, fuente definitiva de la construcción verdadera de un país integrado y desarrollado.

El corazón y la cabeza
De esta visión acerca de los problemas argentinos, es inevitable deslizarse hacia el discurso épico y apasionado. Hacia una lucha de los buenos contra los malos. Los que aman al pueblo y los que intentan someterlo. Los pobres y los ricos.
El progreso individual no proviene principalmente del esfuerzo personal sino de la benevolencia de los políticos y los gobiernos que a través del estado imparten “justicia social” como si la distribución de la riqueza careciera de límites objetivos dictados por el nivel de desarrollo, la estructura productiva, la productividad.
De este concepto derivan otros. Uno de ellos, fundamental, cuyos resultados estamos padeciendo en estos momentos: la inflación es causada por los empresarios y no por razones objetivas, provenientes de leyes económicas inviolables. El estado puede gastar todo lo que desee siempre que lo haga en bien de los pobres. El exceso de gasto público y de déficit fiscal no genera inflación.
Ideas tales van de maravillas con el voluntarismo: no existen razones objetivas ni leyes económicas, todo proviene de la decisión de los salvadores del pueblo y de los pobres. Quien realiza observaciones sobre el rumbo adoptado, es un agente de oscuros intereses contrarios a los de la Patria. La política manda sobre la economía. Todo puede hacerse siempre y cuando se tenga la voluntad suficiente.
El pueblo, nosotros, adoramos esta versión de la historia y esta visión de la política. La del corazón. Nos sentimos parte de una lucha mundial, que proviene desde el origen de los tiempos. Además, esta línea argumental también provee los argumentos para explicar los fracasos: ellos son producto de una conspiración. Nunca suceden por un error en la adopción de las políticas. Nunca por desmanejos ignorantes de realidades básicas. Siempre ocurren porque alguien, malvado, quiere hacernos daño.
En este contexto, la observación de Macri padre es atinada: quien intente construir una opción política distinta a la existente, está en dificultades. Tener “la cabeza”, apelar a la razón, no alcanza. Es necesario “el corazón”, es decir la apelación mentirosa a soluciones mágicas, cuyo fracaso la historia se ha cansado de demostrar una y otra vez. En la Argentina y en todo el mundo.
¿Quién puede conmoverse con la promesa de estabilidad económica, libertad comercial, crecimiento ordenado o eliminación del déficit fiscal? ¿Quién puede escuchar con pasión y esperanza a quien se plantee eliminar subsidios en búsqueda de la estabilidad de precios? ¿Quién está dispuesto a movilizarse para lograr la existencia de reglas económicas que convoquen la inversión de capital para que, a partir de ahí, el país crezca, genere producción y trabajo e incorpore tecnología de punta para aumentar su productividad?
Es como si Argentina padeciera de una suerte de síndrome de Doña Flor, el personaje de Jorge Amado. Ella, trabajadora y responsable, vibraba ante la presencia de Vadinho, su marido muerto que se le aparecía como espíritu. Ese vago irremediable, juerguista, de vida disipada, amante del casino y las fiestas, era el que la erizaba y llegaba a su piel y a su corazón. Doña Flor era quien lo sostenía con su esfuerzo redoblado. Su segundo marido, Teodoro, que la amaba y cuidaba, que apoyaba su trabajo y la respetaba, no provocaba en Doña Flor ni una pizca del cimbronazo que la abrazaba cuando se trataba de Vadinho, aunque percibiera que éste la arrastraba hacia una vida desventajosa en lo económico y humillante en lo personal.
Entre la pasión y la razón, los argentinos somos propensos a elegir lo que apela al corazón, aunque sepamos que nos lleva a la perdición. Cambiar esto es el gran desafío para el futuro inmediato.