Evocando la vitalidad de la memoria

Por Santiago Pfleiderer
[email protected]

1620681_670645276331346_1026140595_nEnero del año 2006. Había ido al Festival Nacional de Folklore de Cosquín junto a mi primo, el charanguista rosarino Damián Verdún. Él iba a recorrer las peñas con su instrumento y yo iba a acompañarlo en su derrotero nocturno. Parábamos en un “camping” que era el patio de una casa con un quinchito al fondo. En el patio había, por lo menos, ochenta carpas. Al salir de nuestro iglú, o al llegar de madrugada, había que caminar en silencio y con el cuidado de no enredarse los pies con los vientos de las carpas vecinas para no correr el riesgo de desarmar alguna, y había que esquivar obstáculos escuchando los ronquidos de todos los inquilinos mientras otros, al igual que nosotros, llegaban machaditos de las peñas trasnochadas.
Caminar por las calles de Cosquín era como caminar por Tel Aviv o por Estambul. Cientos de personas por metro cuadrado mirando negocios, ubicándose en los bares y chusmeando las peñas. Nosotros íbamos con el mate al río, volvíamos despacio al atardecer a bañarnos al “camping”, y salíamos a las calles céntricas a buscar algunas empanadas y una botellita de vino que nos impulsara a seguir la noche. Si la propuesta nos convencía de entrada, nos metíamos sin dudar a la plaza Próspero Molina, y si no, rondábamos entre la Peña de Los Copla o La Fisura, buscando amigos y amores en la multitud.
Pero una tarde, volviendo del río con un grupo de gente que habíamos conocido compartiendo unos mates y una tortilla de grasa, decidimos entrar a una escuela donde se desarrollaba un taller de música peruana. A partir de ahí cambió nuestra percepción y nuestra misión en ese viaje de primos en vacaciones.
Al taller de música peruana lo dictaba el maestro Marco Antonio Esqueche Castañeda. Marco se convirtió en una especie de chamán para mí. Su concepción de la música y de la poesía negra del Perú me remitió a vidas pasadas de alturas, mares y de fuegos; de sufrimientos y de sabidurías indelebles. Tuve una conexión vital intrínseca con la madera y el pulso de la tierra, con los latidos de nuestra madre universal, con sus frutos y los derivados, esos néctares que nos ponen siempre un poquito más cerca de los dioses. Aprender a conectar la cabeza con la tierra utilizando la plena conciencia del cuerpo y de todas nuestras extremidades, entender el baile como una forma de descifrar las pulsaciones que corre entre el universo, la tierra y nosotros, nuestro cuerpo.
Después de ese primer encuentro, la mística nos llevó por la feria de artesanos de la plaza de Cosquín, bares y más peñas. Pero luego de haber ido algunas veces más al taller de música peruana, Marco Esqueche nos convidó a ir a un evento que se iba a realizar en la escuela Julio A. Roca, justo en diagonal a la plaza. Era un encuentro de poetas, y Marco había sido invitado a leer algunas palabras y a cantar las voces de su Perú. Así, entre aplausos y la atención desmesurada, pudimos escuchar recitados y obras poéticas bellísimas de la boca de muchos de sus autores y de otros, como Marco, que nos deleitó con palabras de Nicomedes Santa Cruz y de José Carlos Mariátegui, mientras golpeaba a el cajón con sus manos duras.
Desde ahí, cada ida a Cosquín durante la época del Festival, implica una visita obligatoria al Encuentro Nacional de Poetas con la Gente, un espacio hermoso y necesario para reencontrarnos con las delicias de aquellos alquimistas de las palabras que han dedicado su trabajo a preservar la sabiduría de la tierra, de las costumbres, de las historias contadas, de la memoria, del amor y de los dolores.
El 13° Encuentro Nacional de Poetas con la Gente está coordinado por Miguel Ángel Vera y por Hugo Francisco Rivella, y todos los años le pone a cada edición del Festival de Folklore una nueva cuota de belleza para alternar con los recorridos típicos. Desde el pasado lunes 27 de enero y hasta el domingo 2 de febrero –de 20 a 24 hs.-, el Encuentro de Poetas se realiza en el patio de la escuela Julio A. Roca, de Cosquín, ubicada en las calles San Martín y Sarmiento, esquina Jaime Dávalos, frente a la plaza de los artesanos.
Nuevamente el río, las montañas y las noches tintinean en nuevos vasos de vino. Cuando el vino y la música se acaban, entra la poesía, que es la evocación vital de la memoria.