Las consecuencias económicas de Kicillof

DYN001.JPGPor Gonzalo Neidal

No son pocos los observadores y economistas que señalan la existencia de un bajo nivel de solvencia técnica y una precaria formación en temas de economía real por parte de la cúspide del ministerio de economía. Apuntan que Kicillof es un joven muy formado en historia económica (muy especialmente en las teorías y escritos de Lord Keynes) pero carente de conocimientos sólidos en temas que resultan más cruciales y decisivos para el cargo que desempeña.
Es que, ciertamente, algunas de las afirmaciones del ministro llaman la atención y sorprenden incluso al lector más avisado y con la mente más abierta a nuevos enfoques, a teorías innovadoras e incluso a descubrimientos revolucionarios.

Todo es conspiración
Algo que sorprende es la existencia de una contradicción inexplicable. Kicillof, por su formación, abreva en teorías (el marxismo, el keynesianismo) que otorgan a la economía un papel central en la configuración de la estructura política, jurídica y cultural de la sociedad. El marxismo tiende a explicar los fenómenos por designios ineluctables, un curso histórico inmodificable en el cual las personas juegan apenas un rol marginal, un simple matiz en un transcurrir que reconoce determinantes profundas y severas.
Sin embargo, Kicillof siempre está muy lejos de explicar la evolución de la economía mediante mecanismos objetivos. Él apela frecuentemente a denunciar conspiraciones de los “grupos financieros” o de los “sectores concentrados”, es decir de las grandes empresas que se pasan la vida hostigando al gobierno popular. De este modo, cuando una variable económica evoluciona en dirección contraria a sus deseos y pronósticos, esto ocurre porque los malignos grandes empresarios conspiran para que el gobierno popular fracase.
Por este camino se anula toda posibilidad de discusión ya que los resultados adversos a las políticas implementadas no resultan de errores de diagnóstico o de apreciación, ni de la selección de las políticas sino de puras conspiraciones maquiavélicas que tuercen los resultados previsibles. Claro que estas explicaciones van fatigando y saturando las líneas argumentales oficialistas y, poco a poco, deslizan hacia el grotesco.
La inflación, por ejemplo, es explicada casi exclusivamente por la mala intención de los grandes empresarios. Son éstos los que alientan las subas de precios. Son “formadores de precios” y ellos determinan cuánto suben en la economía. Esta curiosa teoría subjetivista no explica cómo es que la inflación ha sido menor en la Argentina en otros períodos y cómo es que en otros países de la región, la suba de precios es insignificante en relación con el nuestro.
El reciente aumento del precio de las divisas (devaluación del peso) también ha sido explicado, en gran parte, por la maldad de los empresarios. En este caso, habría sido el presidente de Shell, Juan José Aranguren quien hizo subir el tipo de cambio mediante compras que, luego se supo, fueron insignificantes y además estuvieron autorizadas por el Banco Central.

Voluntarismo
Kicillof es un ministro adecuado para un gobierno que ha ignorado olímpicamente el peso favorable que el contexto internacional ha tenido durante todos estos años en la política argentina. Es razonable que, a los fines propagandísticos, el gobierno atribuya el crecimiento económico de la última década a su propio programa. Cualquier gobierno lo haría. Pero otra cosa distinta es creer realmente en ese relato.
Esa visión voluntarista se transforma en un obstáculo formidable al momento de encontrar soluciones al enredo económico al cual se ha llegado. En menos de dos meses, el gobierno ha devaluado el 32,5% la moneda nacional. Y esto no ha sido una imposición de los “poderes concentrados” sino una obediencia a las presiones objetivas de la economía. Las producciones regionales necesitaban un tipo de cambio más ventajoso al igual que el resto de los exportadores. Especialmente los industriales que han venido pagando ajustes salariales del 25/30% anual mientras la moneda extranjera subía a un ritmo mucho menor.
Lo que resulta extraordinario en este contexto es que Kicillof se atreva a decir que en la Argentina los precios no están atados al dólar. Cierto es que lo dijo en forma relativa, amortiguada: “El efecto de un cambio del valor de la divisa sobre los bienes producidos en el país no es ciento por ciento. Nadie puede esperar que un cambio en el valor de la divisa impacte linealmente en los precios internos”. Y agregó: “ni los precios en la Argentina son en dólares ni los salarios son en dólares”.
En realidad, toda devaluación pega de lleno en el nivel de precios internos. Y por todos lados. En el caso de la Argentina impacta en el precio de los alimentos ya que nuestra principal fuente de divisas son las exportaciones de esos productos. Es por esta razón que muchas devaluaciones de magnitud, en el pasado remoto y reciente, se hicieron con retenciones compensatorias con la intención de alivianar su efecto sobre el nivel de precios interno.
Pero una devaluación –y esto es el ABC de la economía- también impacta por el lado de las importaciones. El grueso de los productos que importa nuestro país son insumos industriales, que se incluirán en los costos de nuestros propios fabricantes. Del mismo modo ocurrirá con las maquinarias, los productos terminados (la electrónica, por ejemplo) y los combustibles, que desde hace un par de años se lleva una parte importante de nuestras divisas.
De tal modo, toda devaluación tiene una influencia directa sobre los precios locales de la economía. Claro que a Kicillof esto le resulta sumamente ominoso. Porque lo que menos necesita hoy el gobierno es un impulso inflacionario como el que naturalmente se vendrá a partir de la devaluación y que no se podrá explicar por ninguna conspiración pues será una derivación lógica de la pérdida de valor del peso.
El escenario hacia el futuro se complica, además, por la inminencia de las paritarias. La discusión salarial tendrá en cuenta el deterioro creciente de la moneda nacional y también las expectativas sobre la evolución del nivel de precios. Seguramente los gremios pedirán que los sueldos y salarios comiencen a discutirse en forma trimestral pues en tiempos de incertidumbre e inflación elevada, un año es una eternidad.
Como sea, la economía ha entrado en un territorio incierto. La inflación ha llegado de pleno y el dato nuevo es que el gobierno ha tenido que reconocerlo y lo ha hecho mediante una devaluación importante. Y esto realimenta el círculo de la inflación con perspectivas complicadas por donde se lo mire.