No es el Dólar, es el Gasto Público

ilustra tio kicillofPor Pablo Esteban Dávila

Por estas horas, asombra el ritmo vertiginoso de la decadencia del gobierno nacional. Cuesta advertir en este deslucido amontonamiento de funcionarios las pretensiones filo revolucionarias que, apenas un año atrás, todavía mostraba el kirchnerismo tras una década en el poder.
De todos los males que aquejan al gobierno hay uno que se destaca: la inflación. El precio del dólar no es más que un epifenómeno de este problema, no obstante su aparente autonomía macroeconómica.
El Dólar sube porque hay demanda. Mucha demanda. Si por ellos fuera, los argentinos se desprenderían al instante de sus pesos y se pasarían al dólar. Esta conducta es profundamente racional, y está atada a sus expectativas. Desde los más prominentes hasta los más humildes, todos intuyen que el peso continuará derritiéndose al calor de la inflación. Huir del peso es, por lo tanto, un instinto de preservación de las economías personales.
La inflación es un fenómeno atado a la emisión monetaria espuria. Cuantos más pesos emite el Banco Central sin respaldo, mayor es la inflación. No hay que ser un genio para advertir que si existe más circulante en relación a la misma cantidad de bienes y servicios, el precio de los mismos aumentará. Con el dólar pasa algo similar.
Como cada vez es más difícil conseguirlos, su precio aumenta. El exceso de pesos en el mercado hace que su cotización se mantenga siempre en alza, por más malabarismos dialécticos que intente hacer Jorge Capitanich.
Podría suponerse que la escasez de dólares es una ilusión, porque los precios de las exportaciones argentinas siguen siendo, en términos relativos, muy buenos. Pero ocurre que, al igual que en otras épocas, el Estado nacional se comporta como una gran aspiradora de divisas. Para advertir las dimensiones de este hecho, debe recordarse que sólo el año pasado tuvo que desembolsar más de doce mil millones de dólares para adquirir energía (gas, petróleo, kilovatios) porque, desde 2007, la Argentina perdió su autoabastecimiento. Esto explica el cepo cambiario, los recargos a las tarjetas de crédito y las restricciones a las compras por Internet.
El Banco Central emite billetes porque el gobierno le pide que lo haga. La cuestión es por qué le pide que haga tal cosa. La razón es bastante sencilla: porque el Estado gasta más de lo que le ingresa. Debido a esta simple cuenta de almacenero, el Ministerio de Economía debe cubrir el bache con créditos o con emisión. Pero la primera posibilidad se encuentra hoy clausurada. La Argentina está técnicamente en default desde el 2001, con juicios de acreedores externos en la Corte Suprema de los EEUU, expropiaciones impagas (YPF la más notoria) y con una deuda de casi 10.000 millones de dólares con el Club de París. Por esta razón, si decidiera recurrir a los mercados externos debería pagar tasas sensiblemente más altas que las que logran algunos de sus vecinos, caso Uruguay o Bolivia. Por lo tanto, a la Casa Rosada sólo le queda la maquinita de imprimir papeles para no caer también ella en el default ante la sociedad.
Y esta es la madre del borrego: el Estado nacional gasta mucho, y gasta mal. Ha llenado a sus ciudadanos con impuestos y exacciones, pero nada parece alcanzarle. Durante diez años el kirchnerismo hubo de perseguir utopías ininteligibles a fuerza de billetera, estatizaciones delirantes y subsidios inexplicables. Dijo defender a los más pobres congelando tarifas e intentando acuerdos de precios que jamás funcionaron. Hizo de la pelea con el mundo una auténtica política internacional, seguida consecuentemente por cancilleres, ministros y militantes. El resultado es un país con graves problemas de caja, sin inversiones externas y con una inflación galopante que asfixia, precisamente, a los sectores populares que el gobierno dice defender con sus políticas.
El diagnóstico es muy claro pero, inexplicablemente, nadie parece entenderlo. O, si lo entienden, no lo dicen. Ni el gobierno, ni la oposición (con un par de excepciones) se animan a llamar las cosas por su nombre, que no es otra cosa que la urgente necesidad de bajar el gasto público. Sin atacar esta causa, ninguna de las medidas que se tomen será otra cosa que un parche. Claro que bajar el gasto supone caer en conceptos que tanto kirchneristas como socialistas, radicales, lilistas o pinosolanistas – la lista no es definitiva – se han cansado de criticar desde el 2002, como lo es la eficiencia del Estado, la necesidad de privatizar lo que no funciona o la desregulación de los mercados para que vuelvan a ser más eficientes. Para la generalidad de la clase política argentina esto es “neoliberalismo” y, por lo tanto, sujeto a anatema.
Pero, llámese como quieran llamarlo, algo debe hacerse. Muchos en el gobierno lo intuyen, inclusive el propio Axel Kiciloff. Su visita al Club de París fue un intento de destrabar potenciales créditos del exterior para que lo releven de la tarea crecientemente desagradable de continuar imprimiendo billetes que nadie quiere. Lamentablemente no le fue bien. El Club no aceptó sus propuestas, limitándose a una promesa de “estudiarlas”. La superestrella de Cristina Fernández parece no brillar más allá de Ezeiza.
En definitiva, y parafraseando la trillada – pero no por ello menos exacta – frase de Bill Clinton, no se trata del Dólar, sino del gasto. Es el gasto público, estúpido. Y, en este caso, la filípica va dirigida tanto a los integrantes del gobierno como los dirigentes de la oposición que no se animan a pronunciar palabras que, quince años atrás, hasta permitían ganar elecciones.
No obstante, cabe al funcionariado nacional la mayor cuota de responsabilidad por lo que está pasando. La mala praxis que, en materia económica, exhibe la Casa Rosada es proverbial y, lejos de intentar corregirla, sus responsables se ufanan de su heterodoxia como si fuese una virtud, ignorando por completo los penosos resultados que produce. Algunos los acusan de neokeynesianos berretas o, en el caso de Kiciloff, de “cesarismo económico”, deduciendo de tales defectos los actuales padecimientos del país. Pero no es solamente esto. El gran problema no es que sean de izquierda, setentistas o estatistas (en rigor, el exitoso Pepe Mujica podría ser definido de esta forma), sino que están equivocados. Profundamente equivocados.
Esta no es una opinión apasionada. La evidencia delata lo tremendamente improvisados que son en materia económica. Diez años después de precios de commodities récord, abundancia de divisas, tasas de interés internacionales cercanas a cero y el voraz apetito de china por su producción agrícola, el país se encamina inexorablemente hacia una nueva crisis, esta vez, de la mano de quienes prometieron la redención eterna de los tremendos males de la década del ‘90. Continuar echando la culpa de estos nuevos problemas al neoliberalismo y tantas otras chapucerías no sirven ni siquiera como excusa y, por más que quisieran seguir negándolo, se avecinan los momentos en que tendrán que tomar decisiones exactamente opuestas al paraíso populista que creyeron construir a lo largo de esta década.