El ajuste populista en marcha

2 slidePor Daniel V. González

Al final de cuentas, los pronósticos sobre el destino del “modelo” y la economía K, formulados por numerosos economistas y observadores políticos, no resultaron tan desacertados. Ya es harto evidente la existencia de serios desajustes y diversas tensiones macroeconómicas que resulta complicado ordenar sin algunos sacudones como el que estamos viviendo. Todo indica que el gobierno no tenía razón y que estuvieron acertados los que advertían sobre el rumbo emprendido hace ya varios años. Repasemos algunos hechos para encontrar el sentido secuencial de lo que está pasando ahora.
Ayer el dólar libre quebró la barrera de los 13 pesos y el oficial llegó a 8.30, cerrando a 7.79. El dato nuevo es que el gobierno ha decidido acentuar el ritmo de devaluación del peso. Para que podamos tener una idea más ajustada de las magnitudes, recordemos, por ejemplo, que el dólar oficial tenía un precio de $4.97 hace exactamente un año. Esto significa un aumento del 57% en ese período de tiempo. En los días que han transcurrido de este año, el aumento es del 19%.
Desde que asumió este equipo económico el 20 de noviembre pasado, el incremento del precio de la divisa extranjera ha sido del 29%. Las señales entonces son inequívocas acerca de la intención del gobierno de sancionar un fuerte incremento del tipo de cambio pese a que a lo largo de estos años ha estado sosteniendo con firmeza la inexistencia de un retraso cambiario.

Un mundo feliz
Hasta 2008 los políticos kirchneristas y los teóricos y publicistas del modelo se jactaban de varios parámetros decisivos. Los superávit gemelos, que significaban la concurrencia del superávit fiscal y el superávit comercial. Claro que no se trataba de una determinación de la política económica sino de las especiales condiciones del mercado mundial que había catapultado los precios de nuestros productos de exportación, lo que permitía al estado –vía retenciones- acomodar las cuentas públicas con ingresos extraordinarios.
Pero además, todos los teóricos del modelo consideraban al tipo de cambio alto, llamado eufemísticamente “competitivo”, como uno de los pilares esenciales del programa económico en marcha. Como se sabe, un tipo de cambio elevado encarece los productos importados y favorece nuestras exportaciones, todo ello muy a tono con la política proteccionista que forma parte del ideario Nac&Pop.
Pero el tipo de cambio alto tampoco fue una decisión del gobierno sino que fue la consecuencia del estallido de la convertibilidad, a fines del 2001. Con lo cual, este gobierno heredó un tipo de cambio alto y una situación internacional altamente favorable, con precios de los alimentos que se triplicaron, lo que significó altos ingresos para el país y para el estado. Por supuesto que, desde el oficialismo, todo fue adjudicado al “modelo” implementado pero en realidad, las variables esenciales estuvieron acomodadas por factores exógenos a la política económica.

El fin del comienzo
La crisis con el campo significó un cambio de escenario. Ya se anunciaba la ambición del gobierno de redoblar la presión impositiva, algo que luego ocurrió. Pero además, la crisis de comienzos de 2008 llevó a la derrota electoral de 2009 y ella a un reforzamiento de los estímulos económicos sostenidos en la expansión del gasto público a fines de recuperar los votos perdidos. La estrategia fue exitosa pues el kirchnerismo triunfó con gran amplitud en los comicios presidenciales de 2011 pero se abrió la puerta a numerosos problemas que recién ahora están saliendo a luz.
Y en todos está el ADN populista: el direccionamiento de la economía hacia el gasto con fines electorales. Subsidios al transporte, a la energía, planes sociales, subsidios directos a los necesitados y toda una gama de gastos pretendidamente redistribucionistas que con el tiempo fueron generando las condiciones para que la inflación se descontrolara como hacía largos años no ocurría. Y tras la inflación y los ajustes que sobrevienen, es dudoso que la situación de los más pobres resulte mejor, a la postre.
Pero el gobierno estaba preparado para dar una respuesta en el nivel que más le interesa: el del discurso. A la inflación creciente, se la combatió con una intervención en el INDEC. Los índices de precios comenzaron a inventarse. Pero, claro, eso no alteraba la realidad de las cosas. Los precios continuaban subiendo, las demandas salariales reflejaban ese aumento. La espiral inflacionaria se alimentaba cada día.
Pero el tipo de cambio permanecía quieto, clavado.
Hubo quienes comenzaban a advertirlo, por supuesto. Los exportadores, por ejemplo. Especialmente los que no contaban con precios de venta privilegiados como el campo. Apareció Cristiano Ratazzi, de la FIAT y anunció que se avecinaban problemas con el tipo de cambio. Más dramático fue el caso de Nucete, un empresario exportador de aceitunas de La Rioja, quien directamente anunció que con el dólar vigente, debía cesar en sus exportaciones. Incluso el economista oficialista Aldo Ferrer, antes de partir a su destino diplomático parisino, advertía diariamente sobre la necesidad de que el tipo de cambio recuperara competitividad.
Pero el gobierno no se daba por enterado. Y el coro de periodistas y medios sostenidos por el presupuesto contribuía a explicar al país que el nivel del tipo de cambio era el correcto, que toda demanda de devaluación era producto de la ambición empresaria, siempre desmedida.
El público (o sea, el mercado) percibió claramente lo que pasaba: el dólar era el producto más barato del mercado. Con gran racionalidad, la gente comenzó a comprar y a ahorrar dólares. Entonces llegó el cepo cambiario. La presidenta bromeaba. Se reía del abuelito amarrete que no podía comprar 10 dólares para regalar a sus nietos, se reía del amigo de Máximo Kirchner que aconsejaba comprar dólares a 4.65. Moreno pensó que todo se iba a calmar con un par de amenazas a operadores de la City. Aníbal Fernández anunció que el lunes por la mañana el dólar abriría a 5.10. Tanta estupidez de unos y otros ahora queda en evidencia.



El principio del fin
Con la puesta en evidencia de los problemas, el discurso K ha comenzado a dispersarse. Son habituales las diferencias de criterio entre miembros del gabinete nacional.
El Jefe de Gabinete adjudica la suba del precio del dólar al libre juego de la oferta y la demanda, según anunció con cierta amargura por haber tenido que resignarse a la vigencia de las leyes del mercado. Pero resulta inevitable que, en los próximos días el discurso vaya unificándose en torno a una explicación que exima de responsabilidad al gobierno y vuelque las culpas hacia un difuso “golpe de mercado”, explicación que refleja toda la impotencia y la inepcia del elenco gobernante.
Hacía más de diez años que los empresarios no actuaban como ayer: se consultan entre ellos, estaban pegados a la computadora buscando información de último momento, se negaban a dar precios de los productos que venden, algunos hasta estudian la posibilidad de cerrar “por balance” durante un par de días hasta que todo se vaya aclarando.
Es preciso entender que la economía no ha llegado a ningún lugar inesperado sino al puerto correcto a donde la lleva siempre el populismo: una situación de crisis de la que no se hace responsable. El populismo descree de la existencia de leyes económicas inexorables. Cree en la supremacía de la política sobre la economía pero da a este lema un sentido chabacano y elemental pues piensa que de él se deduce que puede hacerse cualquier cosa, violar cualquier ley económica, administrar los recursos de cualquier modo pues la voluntad política luego puede arreglar todos los problemas y limitaciones que pueda plantear la economía. Pues bien, ahí están los resultados.
Hasta ayer el gobierno cuestionaba a quienes demandaban un ajuste cambiario. Argumentaba que provocaría inflación y transferencia de ingresos en contra de los más pobres.
Y es, efectivamente, así.
Pero resulta inevitable. No hay opciones buenas en una situación como la actual. El ajuste ha llegado. Pero que se note lo menos posible. Quizá sea obedeciendo esta consigna que hace un par de días la presidenta reapareció para informar sobre la creación de un nuevo subsidio. Esta vez para quienes no trabajan ni estudian. Con una mano, se entrega un subsidio, con la otra se promueve la inflación que perjudica a todos y, además, termina bajando el nivel de actividad económica.
El populismo ha comenzado a mostrar su rostro más ominoso. Pero este tramo final recién empieza.