Con el agua al cuello

2014-01-22COLOR

Por Ricardo Cabral
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¿Cuál es el motivo que hace de Carlos Paz una de las plazas más importantes de la Argentina para vacacionar? ¿Serán sus marquesinas de teatro de revista, de variedades, la silicona de la tevé al alcance de la mano? ¿O las comodidades de una ciudad en medio de las sierras para un turista poco acostumbrado a alejarse de la gente y presto a mezclarse entre multitudes que pagan precios onerosos para comer, dormir, ir al casino y posar sus pies en un lago desvalido?
Vamos, en comparación, todos sabemos que hay cientos de balnearios en la provincia con ríos y arroyos que superan en atractivo y belleza a los de la Villa. Pero no a su historia, a la recurrencia de las visitas estivales a lo largo del siglo pasado, con mucha porteñidad al palo. Igual, cada loquito con su palito y todos contentos. Su cercanía con la ciudad de Córdoba no es menos ponderable: uno puede escaparse en unos minutos y adentrarse en el calor del pozo y regresar a sorber el aire serrano otra vez.
Es inevitable parangonar a Carlos Paz con Mar del Plata. Aunque equidistantes, las dos son capitales de la exhibición de voluptuosidades y risa fácil, del dudoso gusto de la media, de quien desea adentrarse en el neón y marquesinas con guiones dignos de los peores escribas, pero siempre efectivos en taquilla. Y mar y lago van plagados de sombrillas, bronceador, mate dulce y profesionales en esquivar más gente.
Así como MDQ tiene la ‘Bristol’ -la histórica playa que evoca el tiempo pasado que fue mejor-, la Villa tiene su correlato en el balneario ‘El Fantasio’. Por su proximidad con el centro de la ciudad y accesibilidad en 10 minutos, es sin duda la más visitada.
Hay asadores, mesas, sanitarios, proveeduría, zonas de acampe, árboles y arena. Digamos, todo lo que habitualmente posee un balneario.
Divididos tiene un tema llamado ‘El Fantasio’ que data de 1998, incluido en el disco “Gol de mujer”: “No hay ñañas de ayer / no esperes por el pompón / de aquel reptil. / No hay paso del rey / ni micros hacia El Fantasio / siglo de ayer. / No hay, no hay mi amor / la sensación a nada / desolación”. Y las interpretaciones pueden ser múltiples, con Mollo nunca se sabe, siempre jugando a ser tan críptico y rebuscado como el Indio Solari.
Hay historias más bonitas sobre los míticos lugares de encuentro veraniego. Una de ellas está en fílmico y pertenece a Mariano Llinás. Se llama simplemente “Balnearios” y el canal I-Sat la exhibía en las temporadas de gran calor. Concebida como un ejercicio oral y visual de un tiempo remoto, articula tres historias independientes entre sí, donde muestra los espacios fuera de temporada acompañados de una voz omnipresente y agradable. La introducción es tentadora:
“Este es un film sobre los balnearios. Hace años, en la época de los grandes transatlánticos, de los grandes hipódromos, de los grandes casinos, los hombres inventaron los balnearios. Fue una idea alucinada y festiva, una idea inocente. Creían que el paraíso era algo posible, inmediato y fácil. Tomaban un pedazo de la costa marina y la llenaban de palacios, ramblas y palmeras. Para después desvestirse y pasar horas y horas en el agua o en el sol. Los balnearios nacieron como un juego, los inventó un siglo que todavía jugaba, que todavía era un niño…”.
Al margen pero no al costado, Carlos Paz tiene un singular atractivo para los pibes, con cientos de juegos y sitios de esparcimiento.
Ha sido un clásico de despedida de la primaria, con esos planes traicioneros de las empresas de turismo que ofrecen el oro y el moro, donde casi siempre aparece el moro y chácate, se queda con el vuelto y no-hay-tu-tía. Las aerosillas, Peko’s y su laberinto de espejos, el serpentario, la casa llena de fantasmas, los piletones…todo un ensueño.
Los que la pasan rebien en los balnearios de la Villa son los adolescentes, que con voz quebrada, balan como cabritos a punto de ser degollados para tomar la atención de las chicas en bikini, les tocan el pelo como en el boliche, chupados como babosas. Dénse si no una vuelta para verlos correr en las arenas de ‘La Olla’, ‘Playa del Sol’, ‘Del Ciervo’ y ‘Amarras’. Un espectáculo que sirve a algunos para rememorar la líbido de la juventud, y a otros para advertirlo como un número vivo que por fortuna jamás vivieron.