La Tablada, último round de los “jóvenes idealistas”

Por Gonzalo Neidal

DYN12.JPGAquellos que no tienen una idea clara de cómo fue la década de los años setenta, los que dudan sobre el rol de la guerrilla y el nivel del apoyo popular que ella tenía, cuentan con un episodio más cercano si es que buscan atisbar la verdad de aquellos años. Hablamos del intento de copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizado 3, con asiento en La Tablada, Pcia. de Buenos Aires, ocurrido en las primeras horas del 23 de enero de 1989, hace hoy 25 años exactos.
Recordemos brevemente el contexto político de aquel año decisivo. El gobierno de Alfonsín era un espectro sin futuro. Su estrella comenzó a declinar hacia 1986, cuando el Plan Austral, que había completado algunos meses de éxito antiinflacionario, comenzó a declinar hasta disolverse en el aire. Luego, en 1987, llegó la rebelión de los “carapintada” que obligaron al gobierno a la promulgación de una ley de “punto final” y otra de “obediencia debida”, ambas con intención pacificadora.
A mediados de 1988 ocurrió un hecho político inesperado: la interna del Partido Justicialista fue ganada, contra todos los pronósticos, por el binomio Carlos Menem – Eduardo Duhalde, que derrotó a los favoritos Antonio Cafiero – José Manuel de la Sota. En enero de 1989 la economía seguía mal, con una inflación desbocada, con gremios movilizados y con la perspectiva cierta de un cambio de gobierno inexorable. Todas las encuestas y la percepción popular, anticipaban un cambio de guardia: nadie dudaba de que el próximo presidente sería Carlos Menem. La crisis del gobierno de Alfonsín condenaba de antemano al candidato radical Eduardo Angeloz.
Es en ese contexto que un grupo de terroristas irrumpe a sangre y fuego en el cuartel de La Tablada, arrasando con todo lo que encuentra a su paso y matando a conscriptos y oficiales. Las primeras informaciones sobre lo sucedido son muy confusas. No se sabía quiénes habían copado el cuartel. Es que los volantes distribuidos por los atacantes atribuían el hecho a un grupo denominado “Nuevo Ejército Argentino”, con la intención de que la población creyera que el ataque era una batalla perteneciente a una disputa interna de las Fuerzas Armadas.
Con el paso de las horas, se fue conociendo la verdad: un grupo de guerrilleros acaudillado por Enrique Gorriarán Merlo y organizados por el Movimiento Todos por la Patria (MTP) eran los responsables del atentado con el fin de complicar el camino hacia el relevo institucional que significaría -como luego ocurrió- la asunción de Carlos Menem a la presidencia. La intención confesada de los terroristas consistía en tomar el cuartel, apoderarse de tanques y otros vehículos y dirigirse a Plaza de Mayo para imponer condiciones al gobierno de Alfonsín. Pensaban –al menos así lo expresaron- que en ese trayecto, el pueblo argentino se volcaría a las calles y se sumaría a esta suerte de revolución.
Argumentaron que se estaba preparando un golpe contra la democracia con la intención de restablecer un gobierno militar. Le adjudicaban esa intención a Carlos Menem y a un grupo de oficiales “carapintada” encabezados por Seineldín, un oficial con prestigio en los mandos medios del ejército. Era todo completamente descabellado, por cierto. Era impensable que Menem, que tenía allanado el camino hacia el poder, pudiera participar de un intento de desestabilización. Era también desopilante pensar que una parte estimable de los argentinos pudieran apoyar semejante locura homicida.
El resultado no podía haber resultado peor para los terroristas: 32 muertos y una derrota completa. Las fuerzas de seguridad tuvieron 11 bajas. Lo de La Tablada fue una muestra “in vitro” de los años setenta en los que la guerrilla atacó y asesinó en tiempos de gobiernos de facto y también en años de gobiernos elegidos por el voto popular. También en los setenta los terroristas sobreestimaban el apoyo popular con el que contaban, que siempre fue mínimo y marginal. Y también como en aquellos años, la guerrilla mostró un desprecio por la vida de propios y ajenos.

La prensa y La Tablada
Con el paso de los años se ha ido completando la información sobre aquel episodio horrendo. Quienes lo vivimos recordamos con claridad las denuncias realizadas, en los días previos, por integrantes del Movimiento Todos por la Patria, acerca de la inminencia de un golpe. Jorge Baños, muerto en los enfrentamientos, encabezaba las denuncias. El diario Página 12 (dirigido en esos momentos por Jorge Lanata), le daba amplia difusión a la especie.
Luego se supo, a través de la autobiografía de Gorriarán Merlo y del libro biográfico de Luis Majul sobre Lanata, que en aquellos momentos el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), protagonista destacado de la violencia y la sangre de los setenta, tenía gran influencia en Página 12 ya que había contribuido con un millón de dólares en su creación y sostenimiento. En ese tiempo y por ese motivo, Página 12 respondía y obedecía las instrucciones que impartían los restos del ERP y, a la sazón, organizadores del ataque a La Tablada.
Luego de la victoria militar, sucedió algo insólito: la izquierda comenzó a reprochar al gobierno de Alfonsín y a los propios militares, que la represión había sido dura y desmedida, que presuntamente había desaparecidos, que algunos terroristas habían sido detenidos con vida y fusilados, que los detenidos no contaron con suficientes garantía en el juicio, que los atacantes se sacrificaron en defensa de la democracia pues estaban impidiendo un golpe de estado contra Alfonsín, etcétera.
Así, un hecho criminal, un ataque homicida realizado en tiempos de democracia, con el paso de los años se va transformando en un incidente confuso, en el cual la razón puede estar de uno y otro lado, en partes más o menos iguales. Al cronicarlo, aún hoy muchos exaltan la dureza de la represión policial y militar y otros aspectos, con los que se intenta dejar a los terroristas atacantes como víctimas de las desalmadas fuerzas de la represión.
El ataque a La Tablada, es el acto final y significativo del terrorismo de los grupos armados que asolaron la política nacional durante los setenta. No por más cercano y grotesco es menos representativo de las acciones guerrilleras de los años de plomo y sangre. Apostamos que para hechos como éste también tenga plena vigencia el Nunca Más.