De aquél granero del mundo a este trigo en libertad condicional

Por Pablo Esteban Dávila

p07-1Los mitos de la Argentina potencia señalan que el país, alguna vez, fue el granero del mundo. Era cuando todavía no se sospechaba la existencia de la soja transgénica – en realidad, de cualquier clase de soja – ni se conocía la agricultura de precisión, los agroquímicos o los aviones fumigadores. En aquellos tiempos, el país producía grandes cantidades de trigo que exportaba a muchos países sin preocuparse del “mercado interno”, convenientemente abastecido por las existencias del cereal. Los textos escolares mostraban procelosos dibujos de campos dorados, llenos de mieses ondeando al compás de las brisas de septiembre, un didáctico recordatorio sobre por dónde pasaba el meridiano de la riqueza nacional. De hecho, hacia 1909 había seis millones de hectáreas cultivadas, una superficie que permitía que, en 1910, la Argentina participase con un 15% en el mercado mundial del trigo.
Estas imágenes se han perdido en el pasado. A pesar de todos los récords de producción del sector agrícola (las antaño inalcanzables 100 millones de toneladas anuales se han superado con creces en las últimas campañas) el trigo es cada vez más escaso. Sencillamente, los productores han optado por abandonar este cereal bíblico y dedicarse al más redituable cultivo de la soja. Aunque esta oleaginosa no tenga el glamour de la historia ni evoque los valores del pan recién horneado sobre la mesa familiar, tampoco conlleva el conjunto de trabas, regulaciones y afectaciones al comercio que, en la actualidad, caracterizan al mercado del trigo.
En términos relativos, el país produce menos trigo porque el kirchnerismo se ha ocupado, en los últimos diez años, de meter mano al mercado de este cereal. Esta intromisión generó una distorsión en los precios que desincentivó su producción, la cual luce estancada y, en ciertos períodos, en decidida caída. La explicación no tiene nada de misteriosa: debido a que el gobierno pretende mantener los precios de los consumos populares artificialmente bajos (es sabido que la Casa Rosada ignora que exista la inflación) necesita imponer precios máximos – o de “referencia” o “acordados” – a determinados productos, entre los que se incluye el pan. Como el “con el trigo se hace la harina y con la harina, se hace el pan”, conforme la esclarecida definición de Jorge Capitanich, el gobierno necesita limitar de algún modo el precio del trigo para mantener a raya sus derivados.
¿Cómo lo hace? Pues limitando sus exportaciones. Como en estos momentos el mundo está dispuesto a comprar una tonelada de trigo a un precio mayor que el que puede pagar el mercado interno, la solución para forzar su baja consiste en prohibir su venta fronteras afuera. El resultado es bastante predecible: en las hectáreas que antes se sembraba trigo ahora se cultiva otra cosa con menos intervención estatal. A nadie le gusta vender por debajo de los que podría obtenerse en un mercado libre. Por ignorar esta regla tan sencilla hay menos producción que hace una década atrás, se exporta mucho menos y existe riesgo cierto de no poder “defender la mesa de los argentinos”, la analogía berreta utilizada por el gobierno para privilegiar el mercado interno. Lo que se dice, un verdadero caso de éxito.
Como este círculo perverso se repite casi todos los años, cada vez son más los productores que deciden abandonar la siembra de trigo, con lo cual la oferta se retrae y el precio se incrementa. Como se advierte, las restricciones gubernamentales que pretenden bajar el precio del pan sólo logran encarecerlo al corto y al mediano plazo, pues no hay bien más caro que aquél que no existe. Al rumbo que vamos, el trigo puede transformarse en algo así como una planta exótica dentro de la feraz geografía de la pampa húmeda.
Aunque pretendidamente keynesianos, los responsables del ministerio de economía observan este comportamiento tan “neoliberal” con preocupación. Por más que ellos reprueben que los productores decidan maximizar sus inversiones pasándose a la soja, la realidad es que, de continuar por la actual senda, el pan se transformará en un artículo suntuario. Además, existe el riesgo de perder históricos mercados internacionales ante el paroxismo de la política comercial del país, que abre y cierra sus exportaciones como si viviera en un mundo al que no le importara estas inconductas. El caso de Brasil, por ejemplo, es paradigmático. Hartos de no saber si la Casa Rosada autorizará o no exportaciones del cereal, sus importadores han decidido adquirirlo en Rusia, un antiguo cliente argentino que, gracias a su transformación al capitalismo en los ‘90, es ahora una de las grandes potencias trigueras.
Es por esta razón que el ministro Axel Kicillof anunció que el gobierno liberará exportaciones este año por un millón y medio de toneladas “de manera gradual y secuencial”, para evitar que siga cayendo la producción nacional. Eso sí, lo hará conforme el mercado doméstico se encuentre convenientemente abastecido y los precios no suban por la escasez del grano, extremos que la Secretaría de Comercio Interior constatará con su acostumbrada eficiencia.
El brulote es evidente. Por un lado, Kicillof autoriza exportaciones a modo de zanahoria delante del burro pero, por el otro, deja bien en claro que la decisión de autorizar los cupos dependerá del abastecimiento interno, un criterio fijado ¡por el propio Estado! El razonamiento es tautológico y circular, y sólo generará mayor reticencia para volcar nuevas hectáreas a la producción del cereal. Es un trigo con libertad condicional, incapaz de soñar con nuevos rumbos porque, en cualquier momento, puede volver a la cárcel gubernamental.