Francisco, los pobres y la economía

Por Daniel V. González

PAPA INVITA A UN PÁRROCO ARGENTINO A QUE SUBA A SU COCHE ANTES DE AUDIENCIALa Iglesia Católica ha ido afinando sus puntos de vista a tono con los cambios sociales, políticos y económicos de la sociedad. Esta ha sido una actitud valiente y a la vez renovadora, vivificante. Saber interpretar el tiempo que se vive es decisivo para quienes destinan capítulos esenciales de su vida y proyección al rescate de las existencias más postergadas y padecientes.

Si bien la Iglesia considera que no le corresponde a ella proponer soluciones técnicas a los problemas que plantea, es indudable que con los años su visión se ha ido acercando al reconocimiento objetivo de los beneficios de una economía de mercado.

Quizá el núcleo más claro y decisivo de ese pensamiento esté encerrado en esta frase de la Encíclica Caritas in Veritate, de Benedicto XVI:



 “(…) se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor”.

Se trata de una afirmación clave que toma distancia de los postulados de un marxismo esquemático y elemental, ya superado por los hechos. En efecto, en los inicios del capitalismo, hacia mediados del siglo XIX, a medida que la sociedad avanzaba hacia el progreso, las ciudades desbordaban de pobres, gente miserable que trabajaba 14 o 16 horas por día y vivían en condiciones paupérrimas. A ellos se sumaba el espectáculo de los niños harapientos que también trabajaban en las fábricas, en condiciones infrahumanas. Es el mundo que nos pintó Dickens y sobre el que teorizó Marx. Luego, Lenin amplió esta visión y la extendió a la situación de las naciones. Para él, el atraso de los países pobres tenía como causa decisiva la opresión de las naciones ricas. Era la principal división del mundo según su enfoque. Pues bien, esto es lo que queda sepultado por la reformulación que realiza la Iglesia en la Caritas in Veritate.

 Reforzando ese punto de vista, ahí se afirma:

 “La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas”.

La palabra de Francisco

Jorge Bergoglio ha hecho de su genuina preocupación por los pobres, el signo más característico de su papado, desde el día mismo de su asunción. Y esta preocupación se nota nítidamente en su Exhortación Apostólica de noviembre pasado.

En el documento afirma que “No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una ‘siempre vigilante capacidad para estudiar el signo de los tiempos’”. Y para eso recomienda la lectura y el estudio de la “Síntesis de la doctrina social de la Iglesia”, que ya comentáramos.

Sin embargo, en su desarrollo, el nuevo documento papal pone el énfasis en puntos distintos a los que la doctrina social de la Iglesia había arribado a lo largo de todos estos años.

Se queja de lo que considera algunos excesos de la economía de mercado y abunda en apelaciones morales acerca del valor de la solidaridad, condenas al consumismo, al desperdicio de comida, a la marginación social, al fetichismo del dinero, a la corrupción, a la evasión fiscal, etcétera.

Pero sus puntos de vista sobre la economía parecen una revisión de las conclusiones alcanzadas a lo largo del tiempo por la Iglesia y un regreso a conceptos y énfasis que nos recuerdan más bien a Medellín y la Populorum Progressio, ambas pensadas en el marco social, económico e ideológico de los años sesenta, con una realidad social distinta de la actual.

El documento papal se pronuncia contra la “teoría del derrame”, que define como la creencia de que “todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”. También cuestiona lo que considera “mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.

Llama la atención, en comparación con el punto de arribo de Benedicto, el énfasis puesto en la condena a la economía de mercado. Traza una línea entre la ética y Dios por un lado y demanda una “respuesta comprometida” (solidaria) que considera “está fuera de las categorías del mercado”.

Más adelante, Francisco fija su punto de vista sobre la violencia. Dice:

“Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Este enfoque, tal como está planteado, desalienta a la lucha contra la violencia y acerca una argumentación genérica, distante de ser una observación contextual o condicionante. Adjudica la violencia al hecho de que “el sistema social y económico es injusto en su raíz”. Pese a que lleva su crítica hasta ese nivel, el documento no propone otro sistema en sustitución del vigente.

Critica también “el fin de la historia”, frase con la que el ensayista Francis Fukuyama tituló su conocido libro de fines de los años 80, cuando el capitalismo y la democracia republicana quedaron como únicos sistemas viables hacia el futuro que se abría ante la implosión del mundo socialista.

Pobres y ricos

Uno de los aspectos más sorprendentes del documento papal quizá sea la reintroducción de la dialéctica países ricos – países pobres como núcleo explicativo de la pobreza de algunas regiones.

Dice Francisco:

“Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos”.

El último párrafo acerca de la educación, nos resulta incomprensible. Apunta a la refutación de un argumento que nos parece razonable: la educación, la generalización del aprendizaje es un camino sólido para combatir el desempleo y la marginalidad. Inopinadamente, el documento circunscribe la educación al urbanismo y los buenos modales y además la rechaza como opción pues la considera un instrumento de domesticación. Si hemos interpretado correctamente esta opinión papal, nos resulta increíble e incluso de baja densidad conceptual, al menos en comparación con el resto del documento y con anteriores pronunciamientos papales.

 Populismo irresponsable

Las críticas a la economía de mercado están presentes en todo el documento, marcando una diferencia de énfasis –cuanto menos- con anteriores materiales, sobre todo con la última encíclica de Benedicto XVI.

Veamos otro concepto:

 “Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.

 Es indudable que la promoción de los más postergados demanda políticas específicas y también es incuestionable que sin crecimiento económico no existe posibilidad alguna de que los más pobres puedan abandonar esa condición. La toma de distancia del populismo, al cual acertadamente califica de “irresponsable” es un concepto interesante y fundamental. Es lamentable que sea el único que incluye el documento en esa dirección y que esté formulado sin mayor extensión explicativa. Es probable que la intención de este rechazo haya sido la necesidad de evitar confusiones con la propia argumentación porque se percibe que ella está impregnada de demandas y cuestionamientos que a menudo son utilizados por quienes tienen una visión populista de la economía y la sociedad. En tal sentido, el calificativo de “irresponsable” no podría ser más atinado pues el populismo consiste, justamente, en un consumo negligente de los recursos con postergación de la inversión y, en consecuencia, el enderezamiento hacia situaciones de crisis que terminan por remachar la pobre condición de los más postergados.

La permanente preocupación de la Iglesia Católica por los más pobres, es un motivo de énfasis para Francisco. Y eso nos parece loable. El gran tema es cómo se logra ser más eficiente en el combate contra la pobreza, cuáles son los postulados genéricos con los que se consiguen mejores y más permanentes efectos para el logro de una sociedad con menos postergaciones.

La gran tentación histórica a esta cuestión han sido las políticas populistas y socialistas, un atajo que la historia nos ha demostrado con claridad no conduce a ningún puerto sino que siempre ha significado la consolidación de la pobreza y además la supresión de las libertades individuales más esenciales.

El contexto en el que le ha tocado reinar a Francisco no parece haber sido tenido en cuenta al momento de la redacción del documento papal. O, si se lo ha considerado, deliberadamente se lo ha colocado en un segundo plano porque se consideró más importante poner el énfasis en los pobres y excluidos del sistema.

Decimos esto porque la Iglesia, gran observadora de los cambios en la sociedad y la economía global, no puede ignorar que la última década ha sido de grandes logros para la economía y la sociedad de los países más postergados, hoy denominados emergentes. Todos ellos han registrado altas tasas de crecimiento económico y han tenido grandes logros en materia de reducción de la pobreza y la indigencia. Este siglo, como en ningún otro, los más postergados están emergiendo, por millones y millones, de su condición paupérrima y miserable.

Y la economía de mercado, el capitalismo, la libre competencia, el mundo global, la tecnología, han tenido mucho que ver en ello.